Don Lauro, el adulto mayor que espera eternamente

Por Rivelino Rueda

Foto: Rivelino Rueda

La vida se da ahora 

por dolor y espanto, 

y todo eso es un engaño. 

Ahora el hombre no es 

todavía ese otro hombre. 

Surgirá un hombre nuevo, 

feliz y orgulloso. 

Al cual le dará lo mismo 

vivir que no vivir: 

¡ése será el hombre nuevo! 

Quien suprima el dolor 

y el espanto, 

ese será un dios. 

Y el otro Dios dejará de ser.

Fiodor Dostoyevski/Demonios

Lauro consiguió hace unas semanas su quinto trabajo en los últimos nueve meses. En tres le regatearon la paga de a cincuenta pesos al día y en el cuarto de plano le dijeron que era “un pinche anciano mugroso que no servía para nada”.  

Después de ir de aquí para allá, con sus años y su desesperación a cuestas, Lauro encontró chamba de chalán en un taller mecánico. Ahora, lo que más hace en ese nuevo trabajo, es esperar.

A veces Lauro se desespera desde las nueve de la mañana y camina intranquilo por toda la calle para espantar el hambre. A veces regresa al taller mecánico por ahí de las once, sin nada en el estómago, y el local todavía está cerrado. 

A veces tiene suerte y come a hurtadillas un paquete de galletas Marías. A veces tiene más suerte y se empuja el desayuno con una coca cola. 

A veces se tiene que tragar las ventiscas heladas de la mañana, las tardes sofocantes de calor, los ocasos de diluvios bíblicos y las noches tiritando de frío, a ver si el maestro Arturo se le ocurre pararse por ahí para un trabajo urgente.

Los días pasan y nadie sabe de dónde es ese viejecillo de unos setenta y siete, delgadísimo como vara y de piel extremadamente curtida por millones de soles, cobriza, y saturada de arrugas milenarias de mareas y vientos inmemoriales. 

Todo lo suyo, todo lo que tenga que ver con su pasado, Don Lauro se lo atraganta como si fueran esas galletas Marías o esa coca cola de a diez pesos. Camina aprisa, vaya que camina aprisa para no dejar rastro de su destino, de huellas que delaten su paso por esta vida.

***

Primero se le vio cerca de la construcción del edificio de departamentos en la calle Concepción Méndez, en la colonia Narvarte; bueno, una de las obras más recientes porque, en los últimos cuatro años, el alcalde panista, Santiago Taboada –nomás se olvidó un poco de la memoria colectiva el terremoto de 2017–, le dio más vuelo que nunca al negocio inmobiliario en la alcaldía Benito Juárez y a la cesión de espacios públicos a particulares.

En esa construcción Don Lauro la hacía de corre-ve-y-tráeme, de corre-ve-y-dile, pero también de jálate-esos-ladrillos-para-acá o límpiate-ese-tiradero-de-allá. 

De a cincuenta pesitos era la paga en un trabajo que cada día exigía más esfuerzo. El anciano se presentó puntual un día de la semana, dio las gracias, pidió su paga del día anterior y lo mandaron derechito a la tiznada. Luego vino otra desesperada búsqueda. Luego la desesperación se hizo amalgama con el hambre, con la espera.

Un día apareció sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas, casi esquina con Viaducto, frente al Hotel Oslo, esquivando trolebuses, bicicletas y automovilistas imprudentes, en ese ritual de decenas de hombres jóvenes y adultos de la colonia Buenos Aires que se dedican a vender autopartes de vehículos (la mayoría todavía “calientitas”) a conductores despistados que muchas veces compran lo que les acaban de robar el día anterior.

Y ahí estaba Lauro, como esas mareas insípidas que, aletargadas, van y vienen, entre ñeros colmilludos que aplican todas las mañas y artilugios que aprendieron desde chicos en este ancestral barrio. Lauro pescaba un cliente y ahí le caían tres o cuatro chómpiras para bajarle el negocio. 

Tampoco aguantó el ritmo, pero sobre todo la gandallez en ese lugar.

No se fue muy lejos. Frente al sitio donde correteaba autos, los albañiles de una construcción le dieron el visto bueno. Otra vez a los mandados. Otra vez a las horas y horas de espera. Otra vez un billete de Morelos de paga al día. Otra vez la angustia. Otra vez el hambre. Otra vez a dar las gracias.

A un lado de la obra, en el consultorio de medicina homeopática, las cosas no mejoraron. Barrer. hacer mandados y estar ahí “para lo que se ofrezca”, también por cincuenta pesos al día, quebrantaron sus ánimos. Dos días sin paga. El justo reclamo y el vainazo en la espalda, la discriminación, el odio y la ignorancia como recurso: “¡Qué dos días ni qué la chingada!” “¡Usted es sólo un pinche anciano mugroso que no sirve para nada!” “¡Órale!” “¡A chingar a su madre!”

***

De nuevo cruzar el Viaducto, el Río de la Piedad. De nuevo la espera y la desesperación. De nuevo el hambre y la incertidumbre. Los tobillos de Lauro (sólo usa unos viejos zapatos tenis y nunca usa calcetines) ya tienen el aspecto de piedras lunares. 

Las caminatas vergonzantes. Los rechazos acumulados. El semblante de angustia. Ojos sin ningún tipo de luminosidad. Pujidos (o quizá estertores) detrás del inservible cubrebocas.

Arturo, el mecánico, le da una oportunidad. Ese mismo día se queda y está atento al primer encargo. Nunca llega. El maestro sólo le entrega veinte pesos por las horas de trabajo. “Mañana nos vemos”, es la única indicación.

A las nueve, puntual todo el tiempo, Lauro llega al taller a esperar el inicio de la jornada. Arturo no llega en todo el día. A la mañana siguiente lo mismo. El mecánico llega por ahí de las tres de la tarde. Pide a Lauro barrer la banqueta y la hojarasca acumulada alrededor de los coches que hay que arreglar.

Y luego la espera. Por ahí a veces el maestro le pide que le alcance una herramienta o un aceite. Y luego a esperar dos, tres, cuatro horas. “Nos vemos mañana”.

Lauro llega a las nueve y nada. Y así es la rutina laboral de las últimas semanas. Lo que alivia a Lauro es la quesadilla o el sope que le regalan cuando cae la noche y el taller mecánico se transforma en tienda de garnachas. 

“Ahí nos vemos mañana”, le dijo Arturo a Don Lauro el sábado, cuando entregó su plato y se despidió en silencio, como siempre acostumbra. El domingo llegó puntual. Arturo ni sus luces. 

Por allá comenta la señora de la tienda de la esquina, la propietaria del local, que el maestro Arturo ha de andar festejando las fiestas del Santo Cristo Obrero, como todos los años, allá en la colonia Buenos Aires. 

“Pero mejor pásele. Ya se viene el aguacero”.

Lauro ingresa al local cabizbajo, con las manos metidas en los bolsillos traseros de su pantalón de mezclilla. 

Y de nuevo a esperar. Y de nuevo a esperar.

@RivelinoRueda

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