Fede, la historia de una fuga hospitalaria para no morir intubado

Por Rivelino Rueda 

El escape fue perfecto. Desde que Federico entró al baño para disfrazarse de doctor hasta que subió al automóvil de su hermana Carolina, que lo esperaba justo frente al Hospital Covid, en Morelia, Michoacán, sólo pasaron quince minutos. Cinco días después Federico murió en casa, como era su deseo. 

La idea fue de Fede. Luego de que los médicos informaron a la familia que la carga viral era muy alta, que su caso se había agravado, pero sobre todo que tenía que ser intubado en las próximas horas, el hombre de 33 años suplicó a sus familiares que se concretara su plan. 

Todos estuvieron de acuerdo. Amanda, la esposa de Fede, corrió inmediatamente a su casa a empacar en una bolsa deportiva un pantalón de vestir, calcetines negros, zapatos formales, una corbata roja y una camisa blanca.  

Carolina, su hermana mayor (38 años), fue la encargada de comprar, en esa zona de hospitales, una bata blanca de médico, un cubrebocas y un estetoscopio. Víctor, el hermano menor (29 años), acondicionó un cuarto para que Fede pasara ahí sus últimas horas. Marco Antonio y Lourdes, los padres del enfermo, avalaron el escape a regañadientes. 

Ese mismo día, previo a la intubación, programada para las ocho de la noche, se concretó el plan de fuga. Amanda fue la encargada de entregar el maletín. Estaba citada a la una de la tarde para una “visita familiar extraordinaria” con Federico. Era prácticamente el encuentro de la despedida. Saludó a su esposo y colocó la mochila debajo de la cama. 

“Te vemos acá afuera. No tardes. Caro te va a estar esperando en su coche en la entrada principal”.  

Fede le guiñó el ojo.  

La historia de Federico –todos los nombres fueron modificados, ya que los personajes reales pidieron el anonimato a Reversos por motivos de seguridad—es sólo una de las 126 historias de pacientes contagiados por coronavirus que, de marzo a agosto de 2020, optaron por la fugarse de un hospital, de acuerdo con datos del Sistema de Información de la Secretaría de Salud. 

El estado que presentó el mayor número de fugas hospitalarias de pacientes con Covid-19 el año pasado fue Nuevo León, con 26 casos, seguido de Michoacán, con 21 reportes de escape; Baja California, con 13 casos; Yucatán, con 13 fugas, y Jalisco, con nueve escapes. 

Con siete casos está Sonora; con cinco fugas aparece Coahuila y Quintana Roo; Chihuahua y Nayarit con cuatro cada uno; Chiapas y Guerrero con tres cada uno; Campeche, Durango, Tabasco y Tlaxcala con dos casos cada uno, y Baja California Sur, Ciudad de México, Guanajuato, Morelos y Veracruz, con un caso cada uno. 

Carolina narra que cuando determinaron hospitalizar a Federico, en junio, por las complicaciones respiratorias derivadas de la infección de coronavirus, aunado a su hábito de quince años de fumador, su hermano le recordó la promesa que se hicieron en abril, cuando se comenzaron a ventilar los espeluznantes procedimientos médicos de intubación para enfermos graves de Covid-19. 

“Si llega a pasar, no lo permitas. Sácame del hospital. Llévame una pastilla con cianuro o una navaja para cortarme las venas, pero nunca dejes que eso ocurra”. 

Caro sonríe con timidez. Ella también le pidió lo mismo a Fede, pero hoy la que está aquí es ella y su hermano no.  

La reconforta que cumplió su promesa, que Federico le agradeció llorando desde que pisó el acelerador de su automóvil para completar la última fase del plan de fuga, pero sobre todo que “se fue tranquilo, rodeado de los suyos, con un rostro que reflejaba mucha paz”. 

En los tres días que siguieron, que fueron los últimos en la vida de Federico, contaba –como podía y con la expresión de un niño travieso– los pormenores de la fuga, a pesar de lo azulado de su semblante, a pesar del agotamiento mortal al hablar.  

Contó que primero se despojó de la mascarilla de oxígeno, luego del oxímetro y luego del aparato para medir el pulso cardiovascular. Contó que deslizó el maletín sigilosamente. Contó que se ajustó la bata de enfermo color verde turquesa. Contó que, camino al baño, se desamarró de nuevo la bata y sintió el aire puro de verano en sus nalgas y espalda. Contó que sintió una mezcla de vergüenza y exhibicionismo premeditado. Contó que se carcajeó en silencio. Contó que alcanzó el baño y que en ese momento pensó que ya nadie lo iba a detener. 

Con el poderoso efecto de los sedantes, con las alucinaciones por la lucha mortal entre su organismo y el letal virus, con sus ojillos desorbitados por el cada vez más escaso oxígeno en sus pulmones, Fede contaba que se encerró en el cuarto del excusado. Ahí se sentó. Primero se colocó los calcetines negros, luego la camisa. Como pudo se ajustó la corbata. No encontraba los calzoncillos ni el cubre bocas. No podía ponerse el pantalón sin ropa interior. El tiempo era un factor determinante. 

Ya no importaban los calzones. Ahora lo vital era un cubrebocas. De lo contrario sería descubierto de inmediato. Determinó quitarse un calcetín para, con los dientes, abrirlo en dos y utilizarlo de tapabocas. Sintió algo en el bolsillo de su pantalón. Ahí estaba el cubrebocas. Se lo colocó. Lo que nunca apareció fueron los calzoncillos.  

Amanda asegura que sí los metió a la maleta. Eso ya no importa. Fede se echó sobre los hombros el estetoscopio y salió del baño. Enfrentó el bloque clínico, con seis camas, y dejó el maletín a un lado de lo que hasta hace unos minutos fue su catre y próxima mortaja. 

Como pudo caminó por el pasillo central del piso hospitalario hasta los elevadores. Caro ya lo esperaba frente al hospital, con los nervios destrozados, disfrazada de escafandra submarina, con la palanca de velocidad en primera, el clutch al fondo y el pie derecho acariciando el pedal del acelerador.  

Fede descendió del cuarto piso sin novedad. Alcanzó la zona de ingresos y egresos hospitalarios, luego la sala de espera y llegó hasta la puerta principal. Aspiró profundo, como cuando se está en la cima de un monte. Desde ahí observó el auto de su hermana. Era el último trecho de la epopeya. 

Las escalinatas se convirtieron en una eternidad. Ahí, una señora lo detuvo para preguntarle si él le podía darle información sobre un familiar que estaba internado por coronavirus. Fede no habló. Con un movimiento de mano se abrió paso.  

Ya en la puerta de la calle, dos guardias de seguridad privada no dudaron en darle el pase de salida, aderezado con un “buenas tardes, Doc”. De ahí corrió casi cinco metros hasta el coche de Carolina. Ya no tenía aire en los pulmones. La hermana pisó el acelerador y concretaron la fuga. 

“En ese momento todavía no estaba el problema que vimos en diciembre y enero con lo de los cilindros de oxígeno. Yo llevaba uno portátil en el coche, de aluminio, de 244 litros, y en la casa lo esperaba uno de tres mil 450 litros. Él mismo se colocó la mascarilla. Fue cuando se quebró en llanto. Todavía faltaban unos veinte minutos para llegar a casa”. 

Fede pidió jugar el juego de los viajes para “visitar a los tíos” al puerto de Lázaro Cárdenas y a Mazanillo. Ese de cuando eran niños y en las eternas carreteras de Michoacán, de Jalisco y de Colima, ganaba el que contabilizara más autos que tuvieran la inicial de su nombre y cualquier sumatoria del día de su cumpleaños.  

Carolina ganó en esta ocasión cuatro placas a dos de Federico. Ya lo había dejado ganar mucho en esos viajes de la infancia. 

Fede se fue con ese enorme recuerdo de la fuga. Enormemente agradecido por pasar sus últimas horas a lado de los que más quería. No importó que en los siguientes días Amanda, Carolina, Víctor y Rafa, su mejor amigo, hubieran dado positivo en su prueba de Covid. El padecimiento de los cuatro fue leve. No tuvieron que recurrir a la hospitalización. 

Todavía contó, unas tres horas antes de morir, que cuando caminó por los pasillos del hospital con ese disfraz de médico, pasó por su mente el profundo deseo de ser doctor en ese momento. Contó que, de haber sido así, hubiera ayudado a mucha gente en esta pandemia.  

Y sí. Contó que también hubiera ayudado a los enfermos graves a escaparse de los hospitales, a los que tuvieran una cita con el proceso de intubación… Para que murieran en casa, con los suyos.  

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