Día 77: Cuando el hambre aprieta en la cresta de la pandemia

Por Rivelino Rueda

Como los indios no sabían

el remedio para las viruelas,

antes como tienen muy de costumbre,

sanos y enfermos,

el bañarse a menudo,

y como no lo dejasen de hacer

morían como chinches a montones.

Murieron también mucho de hambre,

porque como todos enfermaron de golpe,

no se podían curar los unos a los otros,

ni habían quien les diese

pan ni otra cosa ninguna.

Tzvetan Todorov/

La Conquista de América, el problema del otro

Han sido ochenta días con el mismo alimento. Ochenta días de fenecer cada mañana en la búsqueda de algo que calme el hambre. Atole de fresa y un bolillo. No hay de otra. Y no la habrá hasta que comience a cicatrizar el cráter epidémico. Amado opta mejor por tirar el pan y empujarse el licuado de maíz rosado.

Deambula por las calles, parques, plazas, callejones, avenidas y andadores de las colonias Buenos Aires, Doctores, Obrera, Álamos, Narvarte y Atenor Sala en la búsqueda de clientes que quieran una lustrada a sus zapatos.

Retomó desde marzo, cuando inició el confinamiento por la pandemia, el arte de la boleada y del chiflidito canallesco y cábula para hacer creer que los cacles rechinan de limpios. Las cosas están peor de lo que se esperaba. Por eso el pan y el atole que le acepta a la camarada del barrio. Por eso el hastío del migajón y de la levadura, así, sin sales ni azúcares.

Amado deja palabras truncas por las constantes torceduras en las tripas hambrientas… “Mu… gracias. Tie… algún par de zapat… para bolear”. No hay clientes. Están escondidos en las entrañas de sus cuatro paredes. Pero aún están más escondidos sus zapatos, sin usarse en las últimas semanas, sin terminar los pasos que dejaron pendientes.

Carga el cajón de bolero con experiencia nata. Sabe lo que hace. No es nuevo en esto. Abandonó el oficio a los veintiséis y trabajó en un lavado de autos dos años. El negocio cerró por la crisis epidemiológica y hoy regresa a la talacha de los cacles. Le gusta. Le sabe, pero en estos tiempos esa actividad “no deja ni pa… la papa”.

El pensamiento de Amado está colmado por una inquietud definida, muy bien definida: la de que esta situación se componga pronto porque “a varios compas ya nos está cargando la chin…”.

No sólo es ya el hartazgo por el bolillo incipiente y por la inclemente plaga que “nomás no deja mov… a uno a sus anchas”, sino la mala suerte de llegar minutos después. Y es que otros compañeros tienen la fortuna de tener un teléfono celular donde los pueden localizar para un “trapazo urgente”. Y Amado dice que ahí sí “me jode todito; porque apen… tengo pa… comer”.

Traslapa los chirridos del estómago con un cigarro, con un refresco o con unas frituras. No hay de otra. Amado busca ahorrar lo más que se pueda para comprar un teléfono celular y tener más clientes, más talacha, más material de trabajo.

Porque sí, la cera está por agotarse, el tinte negro sólo alcanza ya para unos cuatro trapazos más, el cepillo es una vergüenza y los trapos para lustrar están a punto de convertirse en hilachos aceitosos.

Mientras se abre paso en medio de la plaga con su cubrebocas que algún día fue blanco, con su enorme chamarra dos tallas más grande, con su gorra azul de béisbol, con sus enormes y desvencijados zapatos tenis de barro y argamasa, y con una caja con costras de hollín apelmazado, donde a veces mete su descolorido bolillo “pa… el almuerzo, para la comi… o ya para la cena”.

Prefiere que alguien le cuente sobre el desarrollo de la peste porque no se atreve a acercarse a la zona de hospitales de la Colonia Doctores (Centro Médico, Hospital General, Hospital Infantil) porque –dice—“sí está mu… cabrón por allá”… “Que ya van más de die… mil muertos (10,637) y un ching… de infectados (16,940 casos activos). ¡Ta de la puta mier…!”

Hoy Amado está cansado del mismo bolillo de todas las mañanas. Las preocupaciones de las últimas semanas las tiene encarnadas en su piel pajiza. Hoy mejor opta, en un arranque de hartazgo, tirar ese pan al piso.

Y es que ya a estas alturas no se puede con tres cataclismos a la vez: el desempleo, el hambre y la peste… Hoy Amado optó por cargar el fardo del desempleo y la plaga, y también el de quedarse con hambre en esta jornada. De nuevo.

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