Soy fan de mi hija y ella de los youtubers

Por Karenina Díaz Menchaca

Testigo soy, desde ahora, de la locuras pre-adolescentes y el furor que están causando los youtubers en los chamaquitos. Ella me marcó a mi móvil desde dos horas antes para que llegara pronto a casa. Yo había sido la asignada de acompañarla a este evento, 20 de Mayo, fecha que tachó con una cruz en el calendario que cuelgo en la cocina, ¡contaba los días!, desde hacía semanas.

A mí se me ocurrió ese día ir al salón de belleza a hacerme unas “mechas” – y sí, el estilista se emocionó dejando mi pobres pelitos como un cerillo prendido, rojos cobrizos por aquí y por allá- según yo, todo estaba aparentemente controlado, pero la hora se acercaba y ella estaba desesperada por llegar todo lo antes posible que se pudiera.

Una semana antes, justo el día en que fui  a cambiar unas prendas en un centro comercial, ella me dijo de botepronto: “acompáñame a Mix Up”. – ¿A qué?, -A comprar la playera de los ‘Polinesios’.  – ¿Con qué dinero? – De mis ahorros.

Llegué a casa derrapando. Su carita molesta, los camarones al ajillo que preparó mi marido recién hechos, ya no los pude comer. Era tarde o no tan tarde, estamos a 15 minutos en coche del teatro, pero yo le prometí irnos “con tiempo”. Listas para salir, yo con mi cabello incendiario; ella natural y apuesto que con mariposas en el estómago. Vistió su playera, seguramente con el pensamiento de que las demás niñas vieran que ya llevaba su camiseta bien puesta.

Quienes  somos papás sabemos que damos la vida por ser los primeros en presenciar momentos que creemos no son aptos para nosotros. En el fondo sabemos que nuestros chicos apartan esos instantes de descontrol para los amigos o cuando están a solas.

Pues este será, sin duda, uno de los recuerdos que tendré, simplemente según el adjetivo más común: ‘Inolvidable’. Uno conoce a sus hijos, siempre presumimos de eso ¿mmmm?, eso creía, hasta que estás en un escenario completamente diferente y  llegas a ese punto en que descubres a tu hijo o hija que es fan de ¿un youtuber? La transformación despegó. Yo sólo fui expectante y su espectáculo fue el mío. A mí no me importaron esos sujetos arriba de un escenario, discretamente y ella sin saberlo, ella me dio el show.

Ella, una nena tan reservada estaba eufórica en ese teatro, emocionadísima al borde de la ronquera, con la camiseta de una tal Karen estampada y que había sido su pijama tres noches antes; luego preocupadísima para que no se le arrugara. ¡Dios!, pues ¿quiénes son esos intrusos que tienen así a mi pequeña? Se levantó varias veces de su butaca para gritar como esas mujeres cuando veían a Elvis, nunca le importo que yo estuviera ahí, yo prácticamente desaparecí de la faz de la tierra, sólo me pedía agua porque su garganta se secaba.

Yo nunca grité así en un concierto. ¡Vaya emociones contenidas!, pero sí llegué al extremo de ser una groupie con alguien, un tal Peter Greenaway, quien me alucinó mientras desayunaba en un hotel de la ciudad de México, allá por el año 2000. Estaba loca por él, verdaderamente alucinada, pero no crean que por su guapura y percha inglesa, ¡nada que ver!, sabemos que ni guapo es el señorito. Por aquellos años era una soñadora cinéfila empedernida insoportable con el llamado cine de autor, él me inspiró para determinar – al fin- mi tema de tesis para titularme.

Como no atendió a mi llamado en aquella ocasión, la que quería aprovechar para hacerla unas preguntitas que incluiría en mi tesis, pues lo perseguí hasta el Cervantino en la ciudad de Guanajuato, en donde fue la estrella invitada. ¡La cara que puso cuando me vio ahí!, me logré acreditar como prensa y ahí lo apañé, minutitos después de qué el señorito inglés mandara por un tubo al conductor del canal 22, un jovenzuelo güero, quien en su perfecto inglés olímpicamente no preparó su entrevista y Greenaway con su ‘gran carisma’ y ‘buen humor que lo caracteriza’ le dijo que  no quería continuar la entrevista con alguien que ni siquiera sabía quién era él (¡para el tamaño de su ego!). ¡Sopas!, ahí en ese momento me le acerqué. Le hice preguntas, fueron pocas, el tipo seguía molesto, pero se le fue pasando. ¡Lástima que no se usaban aún las selfies! Ha sido la única vez que perseguí a un “rockstar”. Pasó rápidamente mi ímpetu, afortunadamente, porque uno parece mosca. Como que me estaba pasando lo mismo con otro tal Coetzee, pero pues mejor ‘ahí muere’.

Además, para mi suerte ¿o la suerte de ella?  Nos acompañó por dos semanas el escaparate de Los Polinesios enfrente, justo enfrente de nuestra ventana de la sala. No es broma. Cuando terminó el extraño espectáculo de tres hermanos llamados Los Polinesios –quienes celebraron los 20 millones de suscriptores de todas sus redes sociales y los viajes que han hecho por todo el mundo gracias a las copiosas visitas a sus videos por Youtube y seguramente ganando una buena lana por ello-  mi hija se desbordó en llanto,  igual que el niño a lado mío quien lloró desde el principio, de la misma edad de mi hija. Su mamá y yo compartimos el mismo sentimiento: ¡Mucha emoción para tan pocos años!

La abracé mucho y di las gracias por haber estado ahí, en su momento pre-adolescente.

Los Polinesios, entiendo, llevan el estandarte de ser los ‘youtubers’  chicos buenos, de lenguaje blanco y promotores de valores familiares, bromas, retos y tutoriales sanos. Son los ñoños de las redes, pues. Por ahí me enteré que otros youtubers no los quieren justo por eso. Pero pues yo soy una mamá ñoña, así que…

Y un par de días después, en Manchester un atentado que nos sorprendió a todos, en donde murieron niños y adolescentes. Como leí en un tuitazo que compartí: “Que hay que ser muy hijo de puta para atentar en un local lleno de adolescentes y niños.”. Mi hija también es fan de Ariana Grande y díganme ¿Cómo le explicas esto a tus hijos?, ¿Cómo?, por más, no encuentro razones. En un concierto, exponer a tus hijos cuando se supone que van a disfrutar y conocer a sus ídolos.  ¿Cómo?

@kareninadiaz

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