Adiós, señor Chips: más allá de las armas

Por Anahí García Jáquez

Brookfield, Inglaterra. 1934. El señor Chipping se encuentra en un periodo de reflexión, por lo que está echando un vistazo al pasado y, por lo tanto, su mente viaja a un momento muy particular de su vida, el cual le trajo grandes satisfacciones.

Adiós, señor Chips es un trabajo del escritor inglés naturalizado estadounidense James Hilton quien, a través de un narrador omnisciente en tercera persona, nos presenta a su protagonista, un profesor de griego clásico y latín que desde muy joven ha trabajado en el internado Brookfield para varones en la ficticia localidad de igual nombre. 

El señor Chipping recibe el apodo de ‘Señor Chips’ por parte del alumnado, quienes resienten sus formas estrictas, pero reconocen su efectividad en la enseñanza.

El autor sitúa el texto en varios periodos históricos, tales como fines del siglo XIX (más en específico en 1870, año en que se suscita la Guerra Franco Prusiana), que es cuando entra a trabajar a esta escuela, y a lo largo de la trama nos encontraremos con sucesos tales como el fin de la era Victoriana y la Primera Guerra Mundial, entre otras. 

Es en el marco de los mismos que el lector se va encontrando con un personaje en constante evolución, pues al principio se muestra temeroso e incapaz de imponerse a sus alumnos pero, una vez que se va aclimatando, su carrera en el campo de la docencia agarra rumbo hasta convertirse en uno de los profesores más queridos y respetados de la institución. 

Y es a partir de esta anécdota que se les homenajea a todos aquellos profesores que han hecho una diferencia por demás significativa en las vidas de sus alumnos y, por ende, terminan siendo recordados con el paso de los años por generaciones enteras, pues su entrega y sus métodos de enseñanza dejan huellas difíciles de borrar. 

Asimismo, el protagonista, a pesar de ser todo un personaje importante en esta escuela, es en realidad un hombre sencillo que trató de tener una vida propia, pero alejada de su profesión, para la que siempre manejó ideas conservadoras que rayaban en lo anticuado, además de ser muy medido con sus ambiciones. 

Se nos habla también de la enseñanza y la respectiva responsabilidad que esta conlleva, la necesidad de tener la vocación de enseñar, el amor por lo que uno hace, la buena voluntad, la humanidad que se le imprime a cada uno de nuestros actos, la dedicación, la transformación persona y la educación como agente transformador de vidas.

Adiós, señor Chips es un texto corto (apenas 100 páginas divididas en 18 capítulos), pero no por ello menos entrañable y ameno, por lo que el lector lo disfrutará plenamente y se quedará con ganas de más. 

Sin duda alguna, el personaje del ‘Señor Chips’ conecta de inmediato con las audiencias pues, aunque no es perfecto y por momentos raya en lo anodino, es capaz de cautivar y encantar con su simpatía y su cordialidad, la cual le granjea el afecto de sus pupilos y demás personal del internado. 

Es este un clásico literario que nos recuerda la importancia de no sólo amar lo que uno hace, sino hacer lo que uno ama. 

El lector no podrá evitar recordar a alguno que otro profesor que haya significado mucho para él, lo cual es sólo una muestra de que hay muchos señores Chips en este mundo, que con esfuerzo, entrega y con todo su ser, cosechan respeto, admiración y hasta pueden llegar a ser un refugio para sus alumnos, quienes terminarán agradeciendo y reconociendo tan bella labor.

Adiós, señor Chips. James Hilton. 1934. Editorial Trotalibros.

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