Por Angélica Ruiz
Fotos: Dalí García
Hay conciertos que se escuchan y otros que se habitan. El que ofreció María Sicardi el pasado 21 de julio en Casa Tabasco Carlos Pellicer perteneció a la segunda categoría.
No fue sólo un recital de canciones; fue una reunión de afectos, una conversación entre amigos y una declaración de gratitud hacia el país que la acogió durante dos décadas. Con lleno total, la cantante y compositora argentina, nacionalizada mexicana, convirtió una velada musical en una experiencia profundamente humana.
El marco resultó inmejorable. La histórica casona de la colonia Juárez, construida entre 1901 y 1903 por el arquitecto Manuel Gorozpe, aportó intimidad y elegancia a una propuesta concebida desde la cercanía.
Entre muros cargados de historia, Sicardi apareció ante su público con la misma naturalidad de quien abre las puertas de su casa para recibir a seres queridos. Amorosa, espontánea y generosa en la palabra, tejió durante hora y media un relato que transitó por recuerdos de infancia, amistades entrañables y encuentros con figuras que marcaron su formación artística.
El título del concierto, “México, por favor bésame mucho…”, sintetizó el espíritu de la noche. Cada canción, cada anécdota y cada evocación confirmaron el profundo amor que Sicardi siente por México, un país cuya riqueza cultural dejó una huella indeleble en su sensibilidad.
En ese viaje emocional aparecieron nombres esenciales de la vida artística e intelectual mexicana. La admiración por José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, Octavio Paz y Sor Juana Inés de la Cruz atravesó distintos momentos de la velada.
También resonó la influencia latinoamericana de creadoras fundamentales como Violeta Parra, cuya presencia simbólica iluminó varios pasajes del programa.
La cantante construyó un repertorio de 17 temas que funcionó como una suerte de autobiografía musical.
Desde la ranchera “Lo que dure el amor”, el público quedó atrapado por una interpretación honesta y cálida. Más adelante llegaron “Vale una pena” y “Sé que tengo tu amor”, piezas que confirmaron la afinidad de Sicardi con uno de los géneros que mejor expresan las emociones profundas y que forman parte del patrimonio sentimental de México.
Uno de los momentos más conmovedores llegó con “A veces imagino”, canción con letra de María Sicardi y música de la inolvidable Amparo Rubín, con quien compartió una estrecha amistad y colaboración creativa. El homenaje adquirió una dimensión íntima y reveladora, capaz de mostrar la profundidad de los vínculos que han acompañado su trayectoria.
La geografía emocional del concierto también se extendió hacia sus raíces argentinas. “A la abuela Emilia”, de Teresa Parodi, acercó al público a los paisajes y ritmos del litoral argentino, mientras que el tango apareció en “A mis amigos” y más adelante en “A pesar de todo”, de Eladia Blázquez.
Entre ambos extremos, la propuesta transitó por diversos géneros latinoamericanos con una coherencia admirable. Ranchera, tango, canción francesa, música folclórica y candombe dialogaron sin estridencias porque todos los caminos conducían a la misma intención narrativa: contar una vida a través de la música.
La presencia de invitados especiales enriqueció aún más la experiencia. La compositora e intérprete Nayeli Nesme aportó una de las actuaciones más celebradas de la noche. Dueña de una voz potente y expresiva, conquistó al auditorio con una energía arrolladora y una sensibilidad que encontró eco inmediato entre los asistentes.

A ello se sumó la participación del trovador Pedro Cerecedo, cuya guitarra añadió textura y profundidad al recital, así como el acompañamiento al piano del maestro Francisco Cerecedo, intérprete sensible y preciso que sostuvo con elegancia cada uno de los momentos de la velada.
Entre los numerosos pasajes memorables destacó el preámbulo de “Himno al amor”, célebre obra de Edith Piaf y música de Marguerite Monnot. Sicardi compartió entonces uno de los recuerdos más entrañables de su infancia.
Narró cómo, siendo apenas una niña, improvisaba un escenario detrás de una cortina y se anunciaba a sí misma ante un público compuesto únicamente por su madre y su abuela. “Ahora voy a presentar a la artista María Sicardi”, decía antes de interpretar, en francés, aquella canción que ya despertaba su fascinación. El relato arrancó sonrisas y emociones; después, la interpretación cerró el círculo de una historia que parecía destinada a cumplirse.
Otro segmento especialmente emotivo surgió con “Soneto a mi madre”, donde la ternura encontró una vía de expresión directa y sincera. Más adelante, “La mariposa herida” y “Corazón maldito” permitieron rendir homenaje a Violeta Parra, figura imprescindible para entender la canción latinoamericana y una influencia evidente en la dimensión poética de la propuesta artística de Sicardi.
El clímax llegó con la interpretación colectiva de “Amanecí en tus brazos”, de José Alfredo Jiménez, pieza que recordó la vigencia de uno de los compositores más importantes de la música mexicana. Después apareció la canción que dio nombre al concierto, “México, por favor… bésame mucho”, una ranchera firmada por la propia Sicardi que sintetiza su historia de amor con esta tierra.
La despedida, con “A quién doy…”, de Julio Lacarra, dejó flotando una sensación de gratitud compartida.
María Sicardi no sólo cantó aquella noche. También abrió un álbum de memorias, celebró la amistad, honró a sus maestros y reafirmó los puentes culturales entre Argentina y México. El público respondió con el mismo afecto que recibió desde el escenario.
En tiempos donde la espectacularidad suele imponerse sobre la emoción, Sicardi recordó que una canción contada desde la verdad todavía puede conmover profundamente.
Y eso, precisamente eso, fue lo que ocurrió en Casa Tabasco Carlos Pellicer: una noche de música, memoria y amor por México que difícilmente abandonará el recuerdo de quienes tuvieron el privilegio de escucharla.