Rimbaud: El rebelde de Charleville

Por Jessica Ivette Calderón Martínez

 

Soplaba un helado viento matutino, pues el invierno estaba próximo y la figura  oscura de un hombre se avecinaba pausadamente hacia el lugar de encuentro: la calle Napoleón, en Charleville, Francia. Era el joven poeta Arthur Rimbaud, enfrascando en la apreciación del panorama.

 

Sus finos rasgos faciales, su chaqueta de un color sobrio y su corbatín, denotaban una personalidad elegante; tan elegante e intimidante se dirigió hacia mí para darme un cálido saludo y estrechar nuestras frías manos escarchadas por la brisa. Sugiere dar un paseo por su antiguo barrio para así emprender una amena charla y recordar algunos de los episodios que vivió en ese lugar.

 

Comenzamos a recordar su infancia y mencionó que “no convivía” mucho con su padre, un capitán de infantería muy ocupado que volvía  a casa en “raras ocasiones” o en fechas de suma importancia.

 

–¿Mejoró la relación con su padre a lo largo del tiempo?

“Después de el nacimiento de mi última hermana, papá nos abandonó… no volvió nunca más a Charleville y mamá quedó viuda, entonces decidió que lo mejor era mudarnos… nos fuimos a vivir al número 73 en la calle Bourbon. Antes vivía en esta calle en donde ahora caminamos”.

 

Mientras seguimos con la caminata, menciona que ese mismo año ingresó al colegio Rossat, donde obtuvo sus “primeros reconocimientos”pero al poco tiempo volvieron a mudarse, está vez en la calle Cours d’Orléans en un barrio burgués;  así que tuvo que cambiarse al colegio municipal a los once años y reconoce que ahí destacó como un alumno “prodigio”.

 

–¿Qué fue lo que le hizo destacar en el colegio?

 

“Obtuve premios en literatura, lenguas y otras asignaturas que no recuerdo en este momento; a pesar de mi buen rendimiento académico era todo un rebelde… mi familia era muy católica y yo me burlaba de su Dios, llevaba carteles por la calle que decían: ‘Muera Dios; mi madre se enfurecía’ ”.

Rimbaud expresa que su madre se volvió obsesiva con la responsabilidad de que él y sus hermanos siguieran con ese gran aprovechamiento académico y eso convirtió su entorno familiar en una cosa espantosa, en un mundo asfixiante.

 

–¿Cuál fue la respuesta que tuvo de su madre, cuando usted comenzó a escribir poesía?

 

“Mi madre… primero me alentaba y después hubo un cambio muy drástico,  pues de pronto tuve que leer algunos libros a escondidas como ‘Los miserables’ de Víctor Hugo.”

 

Afirma que gracias a ese libro fue que “editó” su primer poema llamado ‘Los aguinaldos de los huérfanos’, que por cierto recuerda con alegría que fue publicado por la revista Revue pour Tous en enero de 1870, y tan solo tenía “quince años” de edad.

 

Con una sonrisa burlona y llena de melancolía en su rostro, declara que a esa edad huyó de casa debido a su rebeldía adolescente y que se sentía liberado de su madre, así que se fue directamente a París en donde al llegar a la estación de trenes en la capital, descubrieron que no tenía boleto y terminó detenido en la prisión de Mazas. “Después de eso quise convertirme en reportero local para el periódico Journal de Charleroi, pero no tuve éxito”, agregó. Luego salió de la cárcel y volvió a casa.

 

Con los pies cansados y fríos, seguíamos andando por las calles de Charleville mientras me contaba que quería llegar más allá con sus escritos, así que decidió enviar algunos de ellos a casas editoriales de su barrio y a poetas autodidactas parisinos.

 

Como no tuvo mucho éxito, comenzó a criticar poesía romántica y parnasiana. Empezó a evolucionar con estas actitudes y también a admirar a Charles Baudelaire, a quien llamaba “el rey de los poetas”. Fue así que decidió enviarle una carta al también poeta y simbolista, Paul Verlaine, después de no haber obtenido respuesta con otros poetas.

 

Arthur comenta que Verlaine quedó realmente fascinado con su talento, tanto que le contestó la carta diciéndole “Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos”, junto con un boleto de tren a París…

 

“Me siento en verdad halagado, espero que la situación mejore ahora que emprenda un nuevo viaje  a París para poder compartir con el mundo mi poesía y todos mis escritos. Mis sentimientos están plasmados en el papel y eso es lo que quiero transmitirle a la gente”,  aseguró Rimbaud al saber que contaba ya con un gran apoyo.

 

Según Arthur, Verlaine, se dirigió a él como “un joven con la cabeza de niño, con cuerpo adolescente aún en crecimiento y cuya voz tenía altos y bajos, cual si fuera a quebrarse”, a lo cual agregó que se sentía muy “emocionado” de que una de las personas a las que admira se exprese así de su persona.

 

Ahora, a sus cortos diecisiete años, el joven lírico se prepara para una nueva aventura con el apoyo de un gran poeta, con la felicidad a toda potencia, Rimbaud expresa que quiere llegar a ser un “verdadero poeta” para que su familia, su barrio y su país se sientan orgullosos de sus logros.

 

Después de caminar y mantener un diálogo acompañados del gélido viento, amablemente se acercó a mí una vez más para despedirse con cordialidad y agradecerme por interesarme en su poesía a pesar de no tener una fama monumental. Desde luego le deseé mucho éxito y le expresé mi admiración, pues ha logrado bastante a pesar de su corta edad. Apretamos las manos. Recibí palabras de aliento que salían con sinceridad y partimos por caminos opuestos.

 

 

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