El ocio y el negocio en los tiempos del Facebook

Por Pedro Bejarano

 

¿Para qué tener internet si luego no se sabe qué hacer con él? Era la pregunta que uno se hacía por los inicios de la década de los noventa, cuando recién llegaba el fenómeno de conectarse a una computadora.

 

Y es que antes de que eso de las redes existiera, la computadora era como un aparato electro doméstico más. Uno raro, que no se parecía a los tostadores o a la televisión, sino que era una cosa más, digamos, interesante.

 

La memoria de una de esas máquinas pre internet era una cosa ínfima. Se medía, primero en kilo bites, luego en kilo bytes y lo más extremo fueron los mega bytes. Tenían puertos de algo que se llamaba disco blando, o flopys y en una revolución inmensa, llegaron a tener disco duro, también en Megas.

 

Así comenzaron a circular los discos en 8 o 16 bits, cabían en uno o varios discos blandos, eran hasta cierto punto susceptibles de ser copiados y de circular entre las amistades.

 

Cuando llegó el internet la diversión era equiparable a husmear en la computadora de otra persona, pero no había nada interesante en esas máquinas. Tal vez, si tenías algún conocimiento de inglés y te conectabas al servidor de una universidad extranjera podías encontrar la letra de alguna canción o algún ensayo interesante, pero hasta allí. Pocas cosas llamaban la atención, pues para que pudieras navegar decentemente en tu Netscape, el único navegador que existía, tenías que des habilitar el bajar las imágenes, pues navegabas a 14 kbps, sí, Kilo bytes por segundo cuando hoy lo normal son Giga bytes por segundo.

Luego de varios años e intentos, como los de los buscadores que pusieron al alcance los contenidos más accesibles para los usuarios, comenzó lo que hoy se llama “redes sociales” que entonces no eran otra cosa que comunidades donde se comentaba lo que se publicaba. Se hacían amigos o enemigos virtualmente de la misma forma como uno entra a una nota hoy en día de cualquier periódico y uno dejaba su opinión y bueno, se encontraba uno con los primeros trolls de la historia.

 

Con la llegada del primer facebook, llegaron los primeros juegos. Una de las gracias de la red social era precisamente la facilidad de realizar programaciones básicas, lo que permitía que cualquiera de nosotros creara aplicaciones para compartir con otras personas.

 

De hecho, los “muros” de aquella primera versión de facebook, eran precisamente paredes como las que teníamos en nuestros departamentos de soltero donde colgabamos carteles, fotos o cosas así, por lo que el muro de cualquier persona era una especie de vitrina de gustos donde compartíamos fotos de cervezas, de portadas de comics o de artistas de nuestra preferencia. Eran tiempos ingenuos.

 

Muchas empresas comenzaron a ver allí el negocio del networking, o las redes de juegos, por lo que comenzaron a hacerlos virales. Comenzaron las granjitas interminables, los pet shops y la gente se enviciaba. Crecieron en una especie de boom, si no estabas en una aplicación así, casi eras rechazado.

 

Pero este Networking se convirtió en una molestia, porque invadían a otros ¿No recuerdan los mensajes de “no me interesa jugar Candy Crush? Y es que estas aplicaciones, mañosamente vivían de tu lista de contactos y te bloqueaban ciertos niveles si no tenías cierta cantidad de amigos compartiendo la aplicación, lo que los hizo muy impopulares al mismo tiempo que se comenzaron a bloquear amigos por ese hecho de insistir en que te inscribieras al juego de moda.

 

Hoy en día es fácil bloquear aplicaciones, pero se ha perdido esa jugabilidad en Facebook. Si no me crees, verás como hay gente que hace tests de “lo que quiere decir tu nombre” o “¿qué tipo de personaje eres?” la gente muere por jugar, pero no quiere perder su tiempo en la granja o el Candy Crush. He allí una oportunidad de negocios, si sabes hacer juegos, no te olvides que el ocio, se pasea por Facebook.

 

 

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