El mirrey contra el norteño en la Roma-Condesa II

Por Manuel Caballero
Fotos: Eréndida Negrete

González y Ochoa compartían –casualmente- muchos atributos. Los dos eran policías. Los dos llevaban 10 años en la corporación. Los dos eran casados con hijos. Los dos eran obesos. Los dos tenían 36 años. Los dos odiaban a sus esposas. Los dos sufrían de eyaculación precoz. Pero la similitud sobresaliente, y también la más cierta, era que eran un par de pendejos.

A González lo alentó la tradición familiar. Su bisabuelo fue gendarme en los tiempos de Porfirio Díaz. Esto daba motivo a que lo mencionara de manera presumida entre sus colegas. Su abuelo fue “Judas” (judicial) en la década de los sesenta y participó en la matanza del 68, “quebrándose” –como a él le gustaba decir- a nada menos que 17 estudiantes. Su papá se acababa de jubilar de la Federal de Caminos y tenía una trayectoria distinguida en lo que a “mordidas” se refiere. Relata que en una ocasión acumuló 50 mil pesos en un mes. No aceptaba menos de mil varos. Le apodaban “El muelotas”.

Ochoa llegó por accidente. Provenía de la clase media. Tuvo educación privada. Creció en la San Rafael. Antes de caer en la madriguera manejaba un auto deportivo y le gustaba ir a los antros con tubo. Su obsesión eran las mujeres. “Me gustan las putas ¿y qué?”, dice con la cara deformada y los ojos inyectados en sangre. Digo que llegó por accidente ya que el día de su cumpleaños número 25 encontró bañándose a su ex mujer con su ex vecino. Les pegó tal madriza a los dos, que fue a parar un año al tanque. Ella lo demandó y lo dejó en la ruina. Allí conoció al señor González, quien lo alentó a vengarse: “Éntrale a la corporación y desde aquí nos los cogemos”. Llevaba 10 años tragando una fracasada hiel de talión.

Era una noche tranquila. Veían una película de ficheras en la patrulla. Mientras se carcajeaba, González escupía precipitadamente los trozos de flauta de pollo con crema que comía en ese momento. Encendieron la torreta. Activaron la sirena. Se dirigían, rebasando y pasándose los altos, a las Tortas “El Medallón”, en la calle de Sonora. Eran las cuatro de la mañana y a Ochoa le había entrado el hambre.
Circulaban por el carril del Metrobús cuando se escuchó una explosión cercana.

“Escuchaste eso”, dijo Ochoa. “Si, un plomazo”, replicó González. “¡Vamos!”, sentenciaron al unísono. Cuando daban vuelta hacia Álvaro Obregón, Ochoa alcanzó a ver una camioneta en la que un joven daba un trago a pico de botella a un Chivas Regal. Pensó en detenerse, pero supuso que era un junior borracho y no le dio importancia. “Vamos, se escuchó por allá”. El rechinar de llantas había dejado la flecha para seguir al presunto culpable. “Es llanta ancha, debe ser una troca”, dijo González y se pasó el alto.

***
“Vamos a ir al motel. Te voy a coger bien recio”, dijo Álvaro acariciándole ásperamente el muslo a una Angélica aterrorizada mientras doblaba hacia Orizaba. Cerca del cruce con Colima está el “Real Roma”, un hotelito de medio pelo, del mismo dueño del hotel donde le dieron la putiza (y pitiza) de su vida al “Fabiruchis”. Álvaro había entablado amistad con él, después de varios meses como cliente frecuente.

***

–Doblamos ahí en Orizaba, seguro que bajó por esa calle. Es la más fácil para escapar– exclamó confiado González.

–¿Y cómo vamos a saber quién es?

–Tú tranquilo. Aparece porque aparece. Ese tipo de cabrones siempre se delatan. Siempre cometen un error. Aunque sea muy pequeño. Un detalle. Siempre se delatan. Y yo soy una verga para eso. Me lo dijo mi papá desde niño.

–Sí tú lo dices.

La patrulla se volaba el enésimo semáforo. Iba a 80 kilómetros por hora. Paradójicamente, para esta noble empresa, no llevaba ni torreta, ni sirena prendidas para no anunciar su presencia. Era una estrategia de cacería.

La Raptor también se volaba el enésimo semáforo. Iba a 90 kilómetros por hora. Como no había donde parquearse cerca del hotel (al parecer había muchos cojelones esa noche) llevaba 5 minutos dando vueltas. A pesar de tener un temple de hierro, su conductor se empezaba a inquietar. A Álvaro se le ocurrió apagar las luces y bajar la velocidad. Para no anunciar su presencia. Para volverse invisible.

***

El chingadazo fue en cámara lenta. González y Álvaro se vieron fijamente a los ojos. Se reconocieron uno al otro. Es más, hubo una micro comunicación de gestos faciales. Una ceja levantada, el temblor nervioso por reflejo de un parpado, la dilatación de las pupilas, La mordida de un labio, el ceño fruncido. Fue tal la impresión de encontrarse por parte de los dos, que ninguno recordó que existía el pedal del freno. O quizás sí. Quizás fue una lucha para ver quién era más cabrón. Valiéndoles madre sí chocaban.

La competencia admitía cualquier dolosa imprudencia. Justificaba la más inocua estupidez. Se clavaron la mirada, era como un poder sobrenatural el que los imantaba. Un cataclismo. Se analizaron. Desde el momento en que se miraron nació entre ellos un odio ciego. Ninguno cedió a bajar o desviar la mirada. Ni siquiera Álvaro, por conveniencia, por pillería, para salir rápidamente del embrollo. No. Era más fuerte su orgullo. Su valentía. Su hombría.

“¡Nunca agache la cabeza cabrón, a nadie, ni siquiera a mí, sea hombre! ¿Entendió?”, le repetía desde los 5 años su padre. Él seguía esa sentencia como una ley más que divina. González y sus grasientos y lampiños cachetes no iban a ser la excepción. No esa noche.

***

FA-ElMirrey

–Es este puto. Te lo dije. Lo agarramos.

–¿Cómo sabes?

–Oohhh chinga. Hazme caso.

–Bueno ¿Qué hacemos?

–Bájate y pídele sus papeles. Si se pone pendejo o nervioso, me hablas. Yo lo detengo.

Las botas enlodadas de mierda del polizonte se dirigían lentamente a la camioneta, sacaba su libreta y su linterna cuando ésta, sin previo aviso, arrancó a toda velocidad. Lo arrolló. Le pasó por encima de una pierna. Se la quebró.
Embarrado en el suelo mojado y frío, Ochoa gritaba de dolor. “¡No mames, mi pierna, no mames!”

González no se lo podía creer. Todo fue tan rápido. No le dio tiempo ni de preparar el arma. Ni a chiflar alcanzó. Sus ocasos ojos vieron todo. De frente. Era tan explícito. Tan descarnado. Tan sanguinario que, aunque nunca lo llegué a admitir, por un momento sintió miedo. Mucho miedo. Un miedo helado. Un miedo mojado. Como el suelo donde yacía tumbado Ochoa. Ese derribo los había herido –aunque no se notara- de igual manera a los dos.

González encendió tembloroso la patrulla. Sabiendo que en ese momento era imposible ayudar a su colega y capturar a Álvaro. Le grito a Ochoa: “Voy por él, llámale a la ambulancia”. Y arrancó. Eran las 4:20 de la madrugada. Iniciaba otra persecución.

***

“Sí lo ves, de lejos o de cerca, le disparas a la cabeza”, ordenó Fabio a Santiago mientras le entregaba una Glock 19 milímetros, marca Beretta, fabricada en Roma. En el Vaticano específicamente. Se la había robado de la caja fuerte de su papá esa misma mañana. “Por sí las dudas” se convenció.

Santiago dio un trago profundo al Chivas. Haciendo una mueca torció los ojos y asintió con la cabeza. Dieron vuelta en Orizaba. Iban a 90 kilómetros por hora y eran las 4:20 de la madrugada.

Continuará…

El mirrey contra el norteño en la Roma-Condesa

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