Por Miguel Osorio Martínez
Fotos: Eréndida Negrete
“Todo era normal cuando salí de casa. Mi licuado, un regaderazo, beso a mis niños… ¿y quién diría que en 2 años no los iba a volver a ver?”
Hace 10 años que el señor Rafael Carmona trabaja como taxista en el Estado de México. Nació y creció ahí, en el municipio de Coacalco, el cual dejó a principios de los años 90 para probar suerte en el norte del país. Tijuana, una ciudad que entonces prometía, pero que a la postre se volvería lugar común de sus angustias.
Don Rafa transportaba materia prima y productos de cartón entre la ciudad bajacaliforniana y San Ysidro. A diario cruzaba la línea fronteriza dos o hasta tres ocasiones. Se fue con su esposa y durante 4 años que trabajó allá tuvo dos hijos.
Hoy, a sus 63 años, la misma amada esposa e hijos licenciados, Don Rafa aún llora disimuladamente y se le entrecorta la voz cuando recuerda ese día que lo marcaría de por vida.
“Como que ese día andaba raro. Me mandaron hasta Playas de Rosarito por el camión (municipio aledaño a Tijuana), a una ruta que nunca me tocaba a mí, y ya de camino me dijeron que ahora descargaba en Chula Vista”
El señor Rafael comenta que, si el idioma no fue un problema, fue por lo mecánico de su trabajo: recoger el camión en México, descargarlo en Estados Unidos, repetir. Nunca pensó qué tanto se rompería su rutina ese día.
“Ya cuando andaba en la línea vi que los gringos estaban checando con perros y eso siempre lo atrasaba a uno.”
Uno de los temibles doberman entrenados por la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos fijó su atención en el camión de Don Rafa.
“La verdad yo nunca cruzaba con nervios. El que nada debe nada teme, ¿verdad? Y yo pensaba que nunca tenía nada que temer”
En un apenas masticado español, el agente fronterizo le pidió que ingresara el camión a territorio estadounidense y se detuviera en una zona indicada. Acto seguido, un pequeño escuadrón de oficiales revisaba de ‘cabo a rabo’ el vehículo. “Abra la caja. A ver la máquina, ¿trae algo en los guardafangos?” Pero no fue hasta que los agentes comenzaron a palpar las llantas que notaron algo extraño.
Con una navaja sencilla agujeraron las cuatro llantas y, cual fatal corrido de los Tigres del Norte, éstas se hallaban repletas de ‘hierba mala’.

Todo se volvió una pesadilla a partir de ese momento, los policías lo detuvieron violentamente y no pasaron 12 horas para que fuese procesado y detenido en una pequeña prisión de San Diego para esperar ser juzgado.
“Me dejaron hablarle a mi esposa, ella entendió. Del culero del patrón no supimos nunca, y la mera verdad para salir de una bronca de éstas, aun siendo inocente, se necesita billete”
La esposa de Don Rafa tuvo que regresarse con sus hijos a México, a quedarse con su mamá.
Fue detenido en la prisión del condado de Orange, en California: cuatro años por transportar estupefacientes a territorio de la Unión Americana, reducidos a dos por buen comportamiento (cabe recordar que hasta 2001 las medidas se endurecieron verdaderamente).
“No, pues la verdad, cuando me acuerdo de eso, mejor ni me acuerdo”
Sus hijos siempre creyeron que se fue a “manejar unos tráilers a Nueva York”. Últimamente su esposa y él han preferido creerlo también.
Don Rafa se cuestiona ¿quién se lo quiso “agarrar de mula?” ¿Por qué nadie le ayudó a su mujer? Pero sobre todo, si, de haber llegado a su destino, su destino hubiese sido mucho peor.