El mirrey contra el norteño en la Roma-Condesa

Por Manuel Caballero

Foto: Eréndira Negrete

Fabio salió con la camisa abierta hasta el ombligo gritando: “¿Dónde están mis llaves?” Iba pedísimo. El hombre del valet parking se le acercó y, con un medroso timbre, le contesto: “Yo las tengo, pero ya le pedí su taxi joven”.

Eran las cuatro de la mañana y en la Condesa hacía un frío entumecedor, pero eso a Fabio no le importó. Tomó al sujeto y lo empujó hasta tirarlo al piso. “¡Dame mis llaves o te carga la verga!”, le amenazó.

El hombre yacía en el suelo, mientras tanto sus compañeros de trabajo sólo observaban paralizados de frío. Cuando intentó levantarse mientras pronunciaba estérilmente alguna sentencia protectora, Fabio le aventó el vaso lleno de cuba y hielos en la cara, y le arrebató las llaves que ya asomaban en la mano. Nadie, absolutamente nadie, dijo o hizo nada.

Fabio arrancó su X6 M y se salió del estacionamiento sin pagar el boleto. Nadie lo detuvo. Todo sucedía con una permisividad digna de un rey. Claro, Fabio era un rey. Como si a la suerte le gustará jugar con fuego, Fabio se encontró a su mejor amigo de la prepa, Santiago, con su novia y una amiga.

Santiago venía tan pedo que cuando lo miró y asumió que era él, lo primero que se lo ocurrió gritar fue: “¡Traigo perico y mota wey!” Nadie, ningún presente se inmutó. Todo era normal. Lo común.

“¡Súbanse!”, replicó el superhombre de 21 años. Los cuatro arriba de la camioneta, arrancaron y fugazmente se fueron de ahí.

***

A Álvaro siempre le gustó la banda. Su familia era de Zacatecas y él había llegado a la Ciudad de México hacía 5 años, a los 17 cumplidos.

Esa noche fue a un lugar en la Roma llamado “El Rodeo”. Tocaban música en vivo y las “plebitas” iban con ganas de embriagarse, de bailar y de coger, según repetía él.

Allí fue donde conoció a Angélica, una chilanga de 19 años que bailaba muy bien el pasito duranguense y el reggaetón. “Ya me cansé, vamos a otro lado”, señaló imperativamente Álvaro.

Angélica, embelesada por la hombría y el tequila a raudales que recibía de su ligue, no se lo pensó dos veces y aceptó. Los dos sudaban y bufaban asfixiantemente mientras no paraban de fajar. “A donde tú quieras mi amor”, le contestó ella, empleando una mezcla femenina que no conoce de fallas, la de ternura y sensualidad.

Salieron del lugar. Pidió Álvaro las llaves de su Raptor. Le dio 200 pesos de propina al valet, se despidió de él con un abrazo prometiendo volver la próxima semana. Arrancó de ahí con todos los vidrios abajo, encendió un cigarro y, con un corrido de los Titanes -específicamente “El Bravo”-, arrancó la troca a toda velocidad, quemando llanta.

Los testigos de la hazaña, a pesar de ser adultos todos, sólo lograron sonreír e impactarse por la escena. Era como si acabaran de ver su programa de televisión favorito, sólo que en vivo. Eran las cuatro de la mañana.

***

“Vamos a mi depa. Ahí nos ponemos hasta la madre”, dijo Fabio mientras conducía a exceso de velocidad escuchando el famoso “Sí necesita reggaetón dale”, sobre la avenida Michoacán. Las mujeres se maquillaban mientras Santi iba armando líneas y dándose unos jalones con su tarjeta de crédito y su dólar de la suerte. Todos gritaron: “¡Si, vamos!”

Álvaro y Angélica no hablaban. Él se limitaba a cantar y a acariciarle las piernas y las tetas con la mano disponible. Con la otra conducía y fumaba su Marlboro. Ella se le encimaba y lo besaba tocándole bruscamente la entrepierna. Iban sobre la calle de Monterrey. Se dirigían al motel.

***

Los semáforos son siempre lugares malditos. Siempre con una carga de malestar e incertidumbre. El cruce de Álvaro Obregón e Insurgentes a las cuatro de la mañana no es la excepción. Fabio y sus secuaces ya estaban allí cuando Álvaro llegó.

Lo primero que los vinculó fue el ruido de sus estéreos. A Fabio y a Santi les cagaba la banda y los corridos, decían que era para “gatos”, y que “esos gueyes no deberían de vivir”. A Álvaro le cagaban los “mirreyes”. Siempre que tenía la oportunidad los provocaba. Les gritaba “pinches putitos” para humillarlos y sacar su coraje.

***

“¿Qué me ves pendejo?”, señalando con el dedo a Santiago, dijo Álvaro.

“Chinga a tu madre naco”, respondió él, aún con la nariz espolvoreada.

Angélica temerosa le suplicaba que no bajara. Mucho menos que sacara el fierro. Lloraba para persuadirle.

La novia de Santi y su amiga los alentaban a bajar. “¡Pártanle su madre al pinche indio!”, decían.

Fabio y Santi bajaron de inmediato.

No se pudo ni acercar a la puerta cuando se escuchó el primer cañonazo que atravesaba el muslo de su amigo. Fabio se quedó paralizado. Intentó dar un paso más, pero la pistola apuntaba a su cara.

“¡Sí te mueves te quiebro puto!”, gritó sereno y con confianza Álvaro, como sí no fuera la primera vez que tiraba para herir al cuerpo de alguien.

Fabio levantó las manos y retrocedió lentamente. Se quedó inmóvil a lado de su amigo que lloraba con los ojos desorbitados. No se lo podían creer.

Álvaro arrancó la Raptor y huyó del lugar a toda prisa. No parecía nervioso ni arrepentido. Conducía serio. Su rostro reflejaba una conformidad, como si la satisfacción lo invadiera de pies a cabeza. Lanzó un guipe al aire: “¡Ajúa!”.

Angélica, aterrada, intentó aventarse de la camioneta en movimiento, a lo que Álvaro respondió cerrando todos los seguros: “¡Ni se te ocurra mija!”

“Un rey nunca pierde. Más valdría morir que abdicar”. Fabio lo sabía, su padre se lo repetía desde niño. A pesar de que las mujeres le gritaban que fuera de inmediato a un hospital, él no hizo caso.

Puso su camiseta como torniquete en la pierna de Santiago, le dio una botella de Wiski y le preguntó si se encontraba bien. “¿Aguantas?”, le preguntó.

Santiago increíblemente dijo que sí.  Comenzaba una persecución.

Continuará…

El mirrey contra el norteño en la Roma-Condesa II

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