¿Leer te puede volver pendejo?

¿Leer te puede volver pendejo?

 

Por Josué Mendoza Arango

 

El otro día estaba en el mercado haciendo las compras para mi despensa y, mientras examinaba la consistencia de unos aguacates, escuché que alguien a mis espaldas pronunciaba la siguiente sentencia: “Ya NO LEAS. Te vas volver pendejo.” Se me cayeron los aguacates al piso, literalmente. El tono con el que el individuo profirió su dicho era tan airado que, no había duda, en verdad le parecía ofensivo que alguien leyera frente a él; en su alocución no había ironía o sarcasmo sino franca desaprobación.

 

 

Inmediatamente volteé para ver quién sostenía semejante idea. Era un hombre de aproximadamente veinte años, atlético, de rostro vivaz y mirada inteligente. Conducía un pesado diablito cargado de manzanas. Se había detenido frente a uno de los puestos precisamente para increpar a otro muchacho que, ciertamente leía sentado junto a las verduras y legumbres que vendía. Éste apenas le dirigió una mirada desdeñosa, con cierto automatismo perezoso le hizo una señal obscena y continuó con su lectura tranquilamente. El fornido diablero al ver que no recibió una respuesta satisfactoria —supongo que esperaba bronca— se marchó con su carga negando enérgicamente con la cabeza.

 

 

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Nunca había escuchado algo así. Debo confesar que en ese momento me sentí escandalizado. ¿Cómo era posible que alguien pensara de esa manera? ¿Qué nivel ha alcanzado la educación en este país que alguien sea capaz de sostener que, leer atenta contra la inteligencia de las personas? ¿Por qué? ¿Cómo? No entiendo. Y mientras recogía mis aguacates del suelo, estas preguntas me rondaban la cabeza, acompañadas de una extraña mezcla de sentimientos que oscilaban entre el enojo, la indignación y la tristeza.
Sin embargo, cuando caminaba hacia mi casa se me pasó el susto y comencé a reflexionar en el asunto de una manera menos visceral.

A mí en lo particular, desde que era niño, la lectura se me presentó como sinónimo de conocimiento, aprendizaje, entretenimiento y en algunos casos extremos hasta de sabiduría. Mis maestros de primaria y la serie de televisión “El Tesoro del Saber”1, me vendieron exitosamente esa idea (“En los libros hallarás / el tesoro del saber / para ti TODO SERÁ / si aprendes a leer…”).
Efectivamente, en principio uno aprende a leer para SABER, es decir para obtener información y luego hacer cosas con esa información, lo que da como resultado lo que llamamos conocimiento. Aunque dicho de esta manera tan simple y reducida parecería que leer es una actividad bastante árida. Pero no es así. Leer es algo un poco más complejo y muchísimo más divertido. Cuando uno lee, ocurren en la mente una cantidad extraordinaria de operaciones del pensamiento que se van relacionando y reforzando unas con otras en un proceso continuo que además —y esto es lo1 Esta serie de televisión se transmitió desde 1982 a 1987 (Según Wikipedia)mejor— tiene la facultad de generar emociones de manera particularmente intensa, las cuales a su vez —en un círculo— refuerzan a dichas operaciones. Por lo tanto se puede decir que, cuando se lee, se expanden la mente y el espíritu, el mundo crece en todas sus dimensiones. Es decir que, efectivamente, la lectura ayuda a construir y fortalecer la inteligencia de las personas que lo hacen.

 

 

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Por supuesto que, la brevísima descripción que acabo de hacer de la lectura, corresponde a un ideal y, en todo caso a un prejuicio. Sin embargo hay que reconocer que la lectura no tiene por qué estar siempre orientada en esa dirección. Ni tiene por qué siempre estar buscando el conocimiento o la expansión de la mente y el espíritu. Es más, no debe ser así. Leer por puro solaz y entretenimiento es tan importante como lo anterior. Y aun leyendo con este fin, el de pasar el rato muy a gusto sin tener que pensar, razonar o resolver problemas, ocurren en la mente los procesos que acabo de describir y, por lo tanto, aun sin querer, sin tener esa intención deliberada, se adquiere algún conocimiento y la mente y el espíritu algo crecen. ¿Cómo puede entonces la lectura volver pendejo a alguien?

Ya en mi casa mientras preparaba el guacamole, no dejaba de hacerme las mismas preguntas: ¿Qué pudo haber llevado a aquel muchacho a tener tal concepto de la lectura? Y la que más me inquietaba: ¿Habrá efectivamente algún caso en que la lectura vuelva idiotas a las personas? La famosa sentencia «Los libros cultivan y hacen del lector una mejor persona» ¿podrá ser no más que un cliché por demás sacralizado?

 

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Para responder la segunda pregunta —ya que intentar responder la primera resultaría harto complejo y absolutamente inútil— en primer lugar tendríamos que desmenuzar la cuestión de manera más o menos esquemática.

En la primera parte de nuestro modelo colocamos los siguientes interrogativos: Qué, para qué y cómo se lee. En la segunda parte el calificativo pendejo y sus posibles definiciones y alcances. La articulación de estas dos partes del esquema nos permite esbozar algunos casos tipo en los que, en efecto, la lectura puede causar pendejez. Yo no soy psicólogo, ni sociólogo, ni antropólogo, así que los argumentos que propongo y las conclusiones a las que llego en el presente articulito, bien pueden ser discutidas y refutadas por las personas doctas que quieran venir a mi casa a probar mi guacamole.
A continuación propongo algunos casos en los que, que de manera genérica y acaso simplista, pueden ayudar ilustrar la cuestión:

a. Cuando alguien lee un solo libro de manera que este único libro se vuelve verdad absoluta. Y cuando pendejo tiene las siguientes acepciones: Enajenado, fanático, lobotomizado.

Leer un solo libro únicamente y tomarle gusto, en principio no representa ningún peligro. En el más inofensivo de los casos no pasa de que las personas que leen un solo libro, tengan experiencias de lectura si no pobres, sí limitadas; y anden por la vida disfrutando de su libro tan
contentas sin alterar significativamente el transcurso de sus vidas ni el de los demás. No pasa de que este lector monotemático se vuelva molesto insistiendo todo el tiempo en que debes leer su libro porque es lo máximo y te va a cambiar la vida y hasta te va a salvar.

 

 

Generalmente el contenido del libro —que en muchos casos es interpretado de manera errónea, sin el conocimiento de los contextos históricos, sociales y lingüísticos en los que se escribió—, y sobre todo si este libro resulta ser fundamento de doctrinas o es una doctrina en sí mismo, puede ser causa —aunque no necesariamente la única— de fundamentalismos verdaderamente atroces y, obviamente puede volver a las personas pendejas (y no solo a las personas sino a sociedades enteras).

Sabemos que, cuando el conocimiento de este libro único y el de las ideas y actitudes que propone y defiende, se vuelven un absoluto en la vida de las personas o algunos sectores de las sociedades, puede volverlas intolerantes en el menor de los casos, y sumamente violentas en el peor. Si no estás de acuerdo con su libro o, mejor dicho, con la interpretación que hacen de éste, pues sencillamente puede que te encarcelen, te humillen públicamente, te hagan decir de ti mismo que eres un imbécil, un traidor, un cerdo capitalista, un hereje o un infiel e incluso puede que te condenen a tortura y a muerte.

 

 

Algo similar ocurre con las personas que, aunque sean capaces de leer muchos libros, consideren a un autor en particular algo así como un dios de la literatura, la poesía, la filosofía o la ciencia. Dios te guarde no ya de decir algo en contra de dicho ser divino, basta en algunos casos con decir que no te gusta para que, el fanático en cuestión monte en cólera, se le encienda el rostro, se le salte la vena y te arroje improperios tales que, el mismísimo autor al que defiende, se avergonzaría.

b. Cuando el contenido de lo que se lee es tan pobre que resultaría mejor no leer y el significado de la palabra pendejo es simplemente el de desnutrido mental (o cultural si se quiere).
Sabemos que si una persona se come una galleta de vez en cuando no le pasa nada; es un alimento poco nutritivo pero sabroso que le aporta un momento de placer y satisfará quizá momentáneamente su hambre. Lo malo viene cuando alguien pretende alimentarse exclusivamente de galletas, pastelitos, frituras, etcétera. Esta persona que paradójicamente se desnutre al mismo tiempo que engorda, eventualmente enfermará gravemente y quizás hasta se muera.

 

 

Con la lectura puede ocurrir algo similar. Una lectura chatarra de vez en cuando no le hace daño a nadie. Saber que a fulana de tal la vieron besarse con fulano de tal en la playa tal resulta —y sobre todo si hay fotos mal habidas de ellos en traje de baño— puede ser un buen distractor en la sala de espera de algún consultorio cinco minutos antes de entrar a que le taladren a uno la muela o le inspeccionen la próstata vía rectal.

O saber que los Fulanos y los Sutanos de la alta sociedad se casaron o se reunieron o se insultaron o lo que sea que hagan esas personas que salen en esas revistas llenas de fotos de figurines en espléndidos vestidos de noche y fracs y, cuyo único propósito es que la población sepa todas las cosas a las que, por su condición social, no puede tener acceso, puede resultar entretenido mientras se descargan los intestinos cómodamente en el excusado de la propia residencia.

 

 

Pero si eso es lo único que se lee, la personas corren el riesgo de adquirir una desnutrición cultural y espiritual tan severas que se les llega a notar hasta en la mirada.

Continuando con el símil, algunos expertos en nutrición han adoptado el lema eres lo que comes. Entonces podríamos decir que, en alguna medida, eres lo que lees. Las personas que leen chatarra corren el riesgo de que el espíritu y la inteligencia se les vuelvan frívolos, perezosos, en algunos casos murmuradores y maledicentes, inopes, repletos de información absolutamente inútil. Lo sé porque conozco de primera mano algunos casos sorprendentes de desnutrición mental causada o promovida por lecturas de este tipo, que me llenan de asombro y tristeza.

En principio podríamos pensar que este mal solamente aqueja a los particulares y “que con su pan se lo coman” “allá ellos” pero si, hacemos la sumatoria de toda la gente que, por consumir dichas lecturas —además se puede inferir que estas mismas personas también se aficiona a consumir otros productos similares en la televisión, en la radio y en la internet— nos encontramos con una enorme población que, por tener el cerebro y el espíritu en la inanición, no sirve para maldita la cosa, es decir que no se puede contar con ella para la transformación —en el sentido de mejora—, política, económica y cultural de ninguna sociedad.

 

 

Aquí podríamos mencionar fácilmente la famosa teoría de la conspiración que postula eso de: “a la gente, pan y circo”. —Aunque hay que reconocer el nivel de sofisticación que están alcanzando los ingenieros de dicha conspiración porque, últimamente están logrando tener bastante éxito en quitar el “pan” de la ecuación—. Por supuesto que a los que detentan el poder económico y político les conviene que la gente se mantenga en un estado, llamémosle zombi, y por ello nunca objetarán 2 la proliferación de este tipo de productos culturales que, en última instancia funcionan como instrumentos de control que impiden que las personas piensen más allá de lo que conviene. Uno de esos instrumentos, —que no el único, por supuesto— es la lectura chatarra.

Una vez un maestro, hablando de los alumnos, me dijo: No importa lo que lean ¡Pero que lean! Yo en lo personal no estoy de acuerdo con su postulado; si van a leer porquerías mejor que no lean nada, es más saludable.

 

 

c. Cuando se leen muchísimos libros interesantes y grandiosos pero el adjetivo pendejo tiene las acepciones de pedante, sabelotodo, soberbio e intolerante.

En una reunión cualquiera, entre cuates, alguien tuvo el tino de invitar —o a lo mejor se invitó solo o sola (porque este padecimiento no respeta sexo) — al sabihondo que quiere ser el centro gravitacional del universo entero, cuya herramienta única es el alarde de sus vastos conocimientos literarios, cinematográficos, científicos, políticos, antropológicos, etcétera. Y ahí lo tienen imponiendo su a conversación; disintiendo con todos; descalificando los comentarios de los demás, emitiendo opiniones que en realidad no son de él sino de los autores que lee; vomitando citas y datos;
2 (Por supuesto que en una sociedad democrática en la que exista el principio de libertad de expresión, el estado no tendría por qué objetar ningún tipo de producto cultural. Sin embargo yo creo que sí tendría la obligación moral de estimular en la mayor medida posible el desarrollo intelectual de sus ciudadanos. Pero esa es otra discusión) intentando hacer sentir a las demás personas que son ignorantes o, en todo caso —si está presente alguien que no le vaya a la zaga en conocimientos— que sabe más y mejor. ¿Quién entre nosotros no se ha tenido que soplar a esta especie? Un caso verdaderamente insufrible.

 

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Pero ¿Cuál es la diferencia sustancial entre un sabio y un insoportable como estos? Creo que, principalmente, el sabio adquiere sus enormes conocimientos mediante una ardua búsqueda motivada por un genuino interés y un genuino amor por las materias que estudia. Entonces su erudición resulta ser consecuencia y no fin. Erudición que, además, generalmente está orientada hacia la construcción de nuevos conocimientos; a la creación de alguna obra nueva. Uno se puede encontrar en la calle con cualquiera de estos doctores y departir tan ordinariamente como con cualquiera; discutir el marcador del clásico Pumas- Cruz Azul —por ejemplo— o la mejor receta para hacer guacamole hasta que, por alguna razón, si se toca algunos de los temas en los que son peritos, la plática se transforma en algo fascinante; en algo que instruye y entretiene simultáneamente y que, además, engendra en nuestro interior el interés —aunque sea efímero— por estudiar .

Estos maestros suelen ser desenfadados y en algunos casos poseen capacidades histriónicas extraordinarias; es decir que, resultan sumamente agradables e incluso atractivos. Si bien tienden a ser el centro de las reuniones y, aunque no estén exentos de vanidad, pueden ser la delicia en una reunión cualquiera.

 

 

En contraposición, el pendejo por lectura se reconoce fácilmente porque su erudición tiene un único fin: impresionar a los demás y, eso se nota inmediatamente. Luego entonces, las actitudes que desarrolla están en función de querer llamar constantemente la atención, lo que delata una baja autoestima. Estos individuos de intelecto supremo quizás no sospechan siquiera que pueden llegar a ser verdaderamente insoportables, y que la gente les rehúye constantemente. No son malas personas por supuesto, pero es mejor no topárselos nunca.

Ahora bien. ¿Quiénes de entre nosotros —los lectores o los que presumimos de serlo— no hemos sido nunca pedantes a causa de nuestro supuesto saber? Quienes estén libres de pecado que lancen la primera cita.

 

Bien, una vez expuestos estos casos genéricos, hemos de hacer un par de reflexiones: En qué medida nuestras lecturas y nuestras maneras de leer en verdad desarrollan nuestra mente y nuestro espíritu de manera, digamos, positiva (aunque eso de positiva es infinitamente debatible por supuesto y por lo tanto inútil). ¿No será que nos engañamos a nosotros mismos —como lectores— y lo único que hacemos en realidad es confirmar y reafirmar una serie de prejuicios con respecto a lo que es ser lector? Digo. Nada más por no dejar de ser autocríticos.

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