Frino, un poeta cuyo oficio es ser “palabrero” y juglar

El oficio del juglar es un poco como las marismas,

uno no sabe si es tierra o agua: Frino

 

“Tengo mucho cuidado de no ser panfletario y tampoco pretendo modificar desde los versos la realidad material. Sé que para ello hace falta muchísimo más que escribir; pero algo que sí me ha quedado claro es que la palabra debe tener un sentido”: Antonio Rodríguez

 

Por Angélica Ruiz

 

Antonio Rodríguez mejor conocido como Frino es un joven con alma vieja.  Originario de Torreón, Coahuila, creció en un mundo rodeado de libros e innumerables lecturas que, sin saberlo, le dieron la clave de su pasión en la vida: La palabra, pero también la música.

Durante 13 años recibió la educación de los sacerdotes jesuitas, a  los 14 años armó su primera banda de rock, tocando a Nirvana y a otros grupos de la época;  y aunque después estudió año y medio música clásica en Monterrey, lo suyo, lo suyo es el oficio de “palabrero” y juglar, como él mismo lo dice.

En una charla con Reversos.mx este joven letrista, músico, compositor  y dramaturgo habló de su pasión por la vida,  pero también de su trabajo y sus proyectos. En ella, Frino no sólo nos deja conocer a un hombre, cuya versatilidad es inagotable, sino a un ciudadano también muy atento al acontecer diario en una realidad social que duele y lastima por donde quiera que se le vea.

No en balde desde hace dos años publica todos los martes en el diario Milenio de La Laguna, su columna de crítica social titulada Cortando Rábanos, la cual es un eco de su participación también en la revista El Chamuco.

Hace unos días, publicó su más reciente libro que lleva por título el mismo de su columna: Cortando Rábanos y no es casual. La columna de Frino está escrita en distintas formas líricas, un ochenta por ciento en décima espinela y el otro veinte por ciento en soneto, sextilla y copla.

En el libro, Frino publica sus décimas, este “oficio de la versificación que consiste en lograr aleaciones equilibradas entre verso, sintaxis y sentido, una tarea que parece fácil y no lo es… El desafío es que las frases y los versos no siempre coinciden en extensión silábica y prosodia…”, dice el prólogo de Cortando Rábanos, escrito por Pedro Miguel, quien  asegura que “se topó con un hablante que tiene el verso por idioma materno”.

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Pero además, el libro no sólo es eso, complementa también a esta obra, un disco con 15 décimas como temas, interpretadas por diversos invitados de la talla de Betsy Pecanins, Caña Dulce Caña Brava, Gorrión Serrano, La Mula de Sietes (el proyecto musical de Frino), Verónica Valerio y Danger Alto Kalibre, entre muchos más invitados.

En cada tema se deja escuchar el grito de la conciencia por la serie de injusticias que vivimos en el día a día, pero también el folclor y el colorido de la palabra de un pueblo que no se agota de cantar a la vida.

Cortando rábanos no es su primer libro, su acervo ya deja de qué hablar, pues  aunque en realidad nunca planeó ser escritor, la vida ha llevado a Frino por esos caminos. Es autor del poemario ¡Buen viaje! Décimas, sonetos octavas y liras para niños en el metro, y de las obras El primer sueño de Inés y Diagonal 17. Ha editado los discos Rolas, De vuelta a la madera y Mula de Sietes. Además, fue ganador del Premio Nacional de Literatura del INBA por su obra de teatro infantil “El vuelo de Cliserio”, pero también del Premio Obra para Títeres en dos ocasiones y ha sido becario del Fecac  y del Fonca en el área de dramaturgia

 

La vocación de Frino por los temas sociales y la música han sido, sin duda, el hilo conductor de su obra. Esto es lo que platicamos con él:

 

  • ¿Cómo descubres tu gusto por la palabra?

Fue crucial estudiar con los jesuitas porque ellos promueven una educación humanista. Con ellos leí marxismo, teología de la liberación y otras filosofías, incluso poesía, literatura, en fin.. entonces creo que desde ahí tuve una cercanía con lo lírico.

El oficio del juglar es un poco como las marismas, uno no sabe si es tierra o agua. Esa frontera como los manglares… el barco ya no avanza. Deja de ser agua porque en un manglar el barco se empantana, pero no puedes caminar tampoco… y la lírica es un poco eso. Sí es palabra, es letra, pero es palabra para ser verbalizada. El poema sólo existe cuando suena. En la hoja es una partitura y en la época juglaresca no había registro porque sólo guardaban por un lado las letras, las tonadas que  quedaban como memoria colectiva, y por otro lado las particularidades de cada canción, poema quedaban aparte. De hecho, el término ”canción” nace de la lírica, son las instancias libres que hacían los poetas.

Entonces desde muy joven me metí por esos pantanos, aunque estaba en terreno cohauilense.

 

  • ¿La palabra es tu arma en el discurso que manejas en cada una de tus obras?

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Esto me remite a las lecturas de mi juventud, donde el discurso de las armas y las letras (se da) con Cervantes o con Ignacio de Loyola, hombres provenientes del ejército; hombres de armas que se decantan después por las letras, y el discurso de Cervantes es justo eso: ¿Qué conviene más para cambiar al mundo, las armas o las letras?

Sería muy ambicioso decir que el mundo cambia solo porque uno haga un verso, sin embargo, creo que la necesidad de que la lírica esté conectada a nuestro entorno tiene que ver con algo más allá que las expresiones utópicas propias del siglo XX, es decir, el socialismo, la construcción del comunismo científico, la experiencia de la URSS… creo  que desde tiempos muy remotos la voz del poeta lírico, era la voz de la colectividad.

Yo tengo mucho cuidado de no ser panfletario, me preocupa y trato de no echar rollos demagógicos y que mis versos no sólo sean  bien intencionados y quizás una brújula de escape para quien lo lee; no pretendo modificar desde los versos la realidad material. Sé que para ello hace falta muchísimo más que escribir; pero algo que sí me ha quedado claro es que la palabra debe tener un sentido, y esto lo he aprendido gracias a mi cercanía con los huapangueros de la sierra, como don Guillermo Velázquez y su hijo Vincen,   pero también de otros trovadores de la sierra gorda, como Tacho López, Tali Díaz, un poeta muy joven… Todo ellos manejan “el fundamento” y  hablan por su comunidad.

  • ¿Qué te indigna más de un país tan desigual como México?

Eso justamente: La desigualdad y la pobreza. Mi papá era maestro rural que daba clases en un ejido de la sierra de Torreón; pero además de las clases que daba, iba a los ejidos y yo iba con él. Desde ahí viví muy de cerca una realidad de pobreza muy fuerte.

La desigualdad en México está legitimada por un estado legal y se nos olvida que las leyes también fallan y no necesariamente están apegadas a lo correcto. Los encargados de hacer el marco jurídico se han dedicado a legitimar la posesión del país para unos cuantos. Eso es lo que más me indigna y me da rabia. No para hacer berrinche, pero sí es un enojo consciente en un México que son muchos y donde deliberadamente todavía hay mucho clasismo y racismo social, algo que tampoco es exclusivo de nuestro país o de América Latina.

Un ejemplo claro  de este racismo es cuando se dan estas divisiones tan arbitrarias  entre “alta cultura” y el “arte popular”. La décima es un muy buen ejemplo de ello. La décima que hace Sor Juana y la que hace Cacho López, son décimas que cumplen con esa rigurosidad, claro que no se les da el mismo uso, pero a veces se le prende incienso a la décima culterana y se menosprecia a la décima campesina y eso más que denunciar uso distintos del arte, lo que reflejan es

 

-¿ Es en las décimas donde encuentras este desahogo creativo?

A mi la décima me tomó por asalto. Yo las descubrí en un viaje de mochilazo que hice por Sudamérica en 2003. Ahí escuché las décimas de Violeta Parra que me conmovieron muchísimo porque reflejan su biografía. Es un trabajo muy congruente con su infancia y aun siendo una artista renombrada no se olvidó de su procedencia, de sus orígenes del campo, defendió siempre las estructuras líricas de su región, de su tradición.

A mi regreso descubro que en México también había décimas, entonces eso fue el golpe fatal. Y cuando me reencuentro con don Guillermo Velézquez, dije: De aquí soy. Es un ejercicio con fundamento de la voz colectiva que me gusta.

 

  • ¿Te consideras un líder de la voz colectiva?

Para nada. No. Los liderazgos se los dejo al Partido Revolucionario Institucional. Es una retórica  erosionada esta de los caudillos que guían a las masas. Más que un líder, creo que a uno lo encuentra el destino. Entonces es más un servicio en el sentido de obediencia al destino. Una vocación, es decir, asumir la condición de palabrero.  Y a uno lo que le toca es entrarle al destino que ya nos buscó.

Los liderazgos en México son fácilmente manipulables. Ojalá que todos nuestros líderes fueran como Betsy Pecanins, con ese poder de convocatoria que tiene y con la facilidad de oficiar, porque ella es una sacerdotisa conduciendo un rito.

 

  • ¿Hacia dónde va Frino con su lírica?

No tengo la más remota idea. Pero sí se una cosa (y cito otra vez a don Guillermo Velázquez):  Al que muerde la palabra, se chingó de por vida.

Frino seguirá con machete y pluma en mano abriéndose paso y quitando la maleza que encuentra a su paso.  Por lo pronto tiene mucho qué hacer con su banda de música “La Mula de Sietes”,  un proyecto cuya misión es hacer canciones con libertad y muy desapegados de la ortodoxia. Y lo mejor:  Tenemos voces como la de Frino para rato.

 

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