Por Anahí García Jáquez/Radio Gatell
Charlie Bucket suele recibir como regalo de cumpleaños una tableta de chocolate, puesto que su familia no puede darle más. Su suerte se ve favorecida cuando Willy Wonka, el famoso dueño de la fábrica donde hacen esos chocolates, decide abrir las puertas de la misma a cinco niños.
Charlie será uno de ellos y su vida cambiará por completo.
Charlie y la fábrica de chocolate es un trabajo del escritor inglés Roald Dahl, quien es ampliamente reconocido por sus libros, que son dirigidos hacia el público infantil y juvenil.
En esta ocasión nos cuenta la historia, a través de un narrador en tercera persona, de un niño que vive con sus padres y sus abuelos (sus dos abuelos y sus dos abuelas) en una casa pequeña, donde lo que falta de recursos económicos se compensa con amor, lo cual se refleja en la personalidad de Charlie, quien es un niño bueno y dulce.
Todo transcurre con normalidad hasta que un día, Willy Wonka, el excéntrico propietario de la fábrica de chocolate, esconde cinco boletos dorados en sus productos con la finalidad de que, quien los gane, sea acreedor a un tour guiado por este lugar, además de recibir un premio consistente en una dotación vitalicia de dulces.

Charlie se encuentra un boleto en su barra de chocolate y es así como, acompañado de su abuelo Joe, acude a la fábrica y se une a Augustus Gloop, Veruca Salt, Violet Beauregarde y Mike Teevee, los otros ganadores.
Al avanzar la lectura quedará de manifiesto la desbordada imaginación del autor, ya que crea estos ambientes fantásticos y los describe de manera tal que el lector no puede evitar sentirse maravillado, ya que conocerá este lugar que raya en lo mágico y aprenderá acerca del proceso de elaboración de los dulces y chocolates, además de conocer a los asistentes del señor Wonka, llamados Oompa-Loompas, quienes acompañan a los cinco niños durante su trayecto.
Y es en esta parte de la historia donde se percibe la crítica social que Roald Dahl hace a los adultos, pero de manera específica hacia los padres. Esto porque, conforme avanza la trama, las personalidades de los niños se nos van dando a conocer y resultan ser, casi todos ellos, mimados y malcriados a tal punto que son incapaces de apreciar lo que están viviendo, y mucho menos agradecer por ello.
El autor critica a aquellos padres que les dan todo en bandeja de plata a sus hijos, a tal punto de convertirlos en seres que creen que todo se merecen y, por lo tanto, dan las cosas por sentado sin valorarlas.
El caso opuesto es Charlie, un niño que viene de otra clase social y, por lo tanto, ha aprendido de la generosidad y la solidaridad desde temprana edad y sabe ser feliz con poco. Y a través de Willy Wonka, el autor nos presenta a esas personas cuya misantropía los lleva a juzgar de manera equivocada a los demás y a vivir la vida de manera infeliz.
Charlie y la fábrica de chocolate es un libro escrito para niños pero que, sin duda, puede ser disfrutado por los adultos por su lenguaje tan claro y el ritmo tan ágil que posee.
La edición ilustrada permite que la lectura sea más completa y que el lector pueda sumergirse de lleno en este mundo de fantasía con casas de chocolate que jamás se derriten o chicles cuyo sabor nunca se termina, todo ello producto del genio inventivo de Willy Wonka.
El texto se divide en capítulos de poca duración, así que esta travesía es corta pero verdaderamente intensa y llena de sorpresas a cada paso que se va dando por este mundo de color y dulzura en el que, la persona que entra sale transformada en toda la extensión de la palabra.
Charlie y la fábrica de chocolate. Roald Dahl. 1964. Editorial Alfaguara Juvenil.