Letras extasiantes

Por Astrid Perellón

 

 En artículos anteriores se lee entrelíneas cómo mis actividades me permiten que mi beba esté conmigo casi todo el tiempo excepto cuando escribo. Para esto, aprovecho sus siestas…. Hasta que me detuve a reflexionar ¿por qué podemos estar cada una en sus asuntos excepto cuando escribo? ¿Qué tiene escribir que la hace volcar su atención en distraerme, demandando mi tiempo?

 

Los niños quieren tocar, correr, sentir, probar y, cuando hacemos cualquier otra cosa como tender la ropa, mi hija siente que compartimos esta experiencia sensorial-emocional. En cambio, al escribir me sumerjo en mi mundo mental; me aíslo en mi pasión imaginaria. Ahí no tiene acceso. Puede percibir mi entusiasmo, eso sí. <<Quiero compartir eso, mami>>, me transmiten sus jalones.

 

Redescubro cuán poderosas son las letras al punto de hacernos olvidar que, en efecto, sí existe el mundo descrito en la lectura; redescubro cuán poderosa es la mente pues ella basta para recrear, evocar aquellos estímulos o incluso imaginar los que no hemos experimentado. Sin embargo, fue la mente quien creó las letras que alimentan la mente, inspirándola a más letras. Es un círculo glorioso más imponente y duradero que cualquier maravilla del mundo.

 

Hay que declarar la mente patrimonio de la humanidad por invaluable fecundidad o, al menos, imitemos aquella fábula del aquí y el ahora donde nadie enseñaba a leer a los niños ni inculcaba el gusto por nada; únicamente los seres se extasiaban en sus intereses, causando tremenda curiosidad a los niños que ansiaban, crecían, crecían y ansiaban hasta culminar en sus propios éxtasis.

 

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