Por Carlos Alonso Chimal Ortiz
Foto: Edgar López (q.e.p.d.)
Desde el cielo, una hermosa mañana
Desde el cielo, una hermosa mañana
La Guadalupana, la Guadalupana
La Guadalupana bajó al Tepeyac
Qué bonitos son los convivios en el mundo Godín, los cumpleaños, por ejemplo. Esa emoción y esos sentimientos de llegar y encontrar con que todo tu lugar o escritorio está lleno de globos, confeti, ese letrero de feliz cumpleaños que ha estado pegado en todos los escritorios, serpentinas y demás chingaderas.
Todos te cantan Las Mañanitas y la hora del pastel se degusta con un vaso de plástico medio lleno de Coca-Cola. Siempre he dicho que esa mezcla algún día le va a ocasionar a alguien convulsiones. Eso les pasa a los perritos cuando comen pan y beben agua, pero nadie me hace caso.
Todos los compañeros se dividen el costo del pastel, refrescos, platos, vasos y servilletas, con la excepción de que ese día, el cumpleaños está vetado; el pastel sobrante se lo lleva el cumpleañero a su casa y tiene el poder y el derecho divino de invitar pastel a quien quiera de los demás departamentos.
Suplicante, juntaba sus manos
Suplicante, juntaba sus manos
Y eran mexicanos, y eran mexicanos
Y eran mexicanos, su porte y su faz
Cuando llega alguna compañera o compañero nuevo, se acostumbra que cuando cobra su primera quincena tiene la obligación de pagar un «derecho de piso», o sea que tiene que invitar una comida a todos los de su departamento u oficina, ya sea un guisado, carnitas, barbacoa, etc., con sus respectivas tortillas y complementos, así como sus refrescos y desechables.
Cuenta la leyenda que aquellas o aquellos trabajadores de nuevo ingreso que no pagan su “derecho de piso” se hacen acreedores a una maldición y a lo mucho dura tres meses en ese puesto. Eso dicen.
Por eso es importante pagar ese “derecho de piso”. Es tan importante como darle un golpe en el brazo a la persona que se encuentra a tu lado cuando pasa un vocho amarillo, mientras gritas:
¡Vocho amarillo!
Junto al monte, pasaba Juan Diego
Junto al monte, pasaba Juan Diego
Y acercose luego, y acercose luego
Y acercose luego al oír cantar
Ya habíamos platicado de los intercambios de Navidad y no quiero recordar eso, ni a Martita.
Juan Dieguito, la Virgen, le dijo
Juan Dieguito, la Virgen, le dijo
Este cerro elijo, este cerro elijo
Este cerro elijo para hacer mi altar
Pero de las cosas mejores que hay son las cenas de fin de año. Los últimos tres meses del año todos se reúnen en mesas de debate para exponer sus ideas de los regalos que habrá en la rifa, qué darán de cenar y sobre todo si habrá alcohol.
En caso de que no, algunos comentan: «dicen que cada quien puede llevar lo que quiera consumir». Mientras más se acerca la fecha, algunos rumores dicen que no se permitirá el alcohol en el magno evento, «pues en el camino nos echamos unas cervezas en el Oxxo, para no estar aburridos, agarramos calor y le damos cuerpo al vómito».
Las damas Godín tienen el permiso de ausentarse o irse unas dos horas antes del evento para irse a dar una manita de gato, que realmente no es tan manita de gato porque llegan irreconocibles, pero vale la pena verlas así, aunque sea una vez al año.
Pues ahí estaba yo, ese 11 de diciembre, ya con unas cervezas del Oxxo, por si las dudas, porque a la mera hora sí pudimos llevar lo que quisiéramos beber, para variar, y como buen salón de eventos, dieron de comer:
–Crema de champiñones.
–Espagueti con crema y jamón.
–Pechugas de pollo en crema de chipotle.
Y de postre…
–Pastel de tres leches o arroz con leche…
¡Mierda!
¿Nadie piensa en los que somos intolerantes a la lactosa?
Afortunadamente había desayunado pastel con Coca-Cola, esperando que no me fuera a convulsionar en medio de la pista baile. Al menos no tenía la panza tan vacía, pero, la cerveza y el güisqui pensaron que no había desayunado nada.
A las 10 de la noche ya me encontraba en un bar de no sé qué parte del Estado de México con algunos compañeros y compañeras, baile y baile.
A las 12:14 alguien me dio un raite y me aventó en avenida Mario Colín y, para mi desgracia, estaba todo oscuro. No había ningún alma. No tenía batería en mi teléfono móvil, o sea, no podía pedir ningún taxi de plataforma o sin plataforma, ni nada de nada.
La desesperación y el terror se empezó a apoderar de mi ser. Medio veía a lo lejos y yo me encomendaba a todo. Pero en ese momento el milagro ocurrió…
A lo lejos veía muchas luces y se iban acercando a mí. Empecé a escuchar a lo lejos mucho ruido. Mi rostro cambió de miedo a tranquilidad. Con mis ojos vidriosos empecé a enfocar y venía una multitud escoltada por algunas patrullas. Me uní a la peregrinación mientras abría mis manos hacía el cielo y entonaba con mucha devoción esos cánticos hacía la Morenita del Tepeyac.
Cuando me vi más cerca de mi destino me fui alejando de los fieles y llegué sano y salvo a casa.
No soy religioso, pero sí he sido partícipe de un milagro de la Virgen de Guadalupe.
Desde el cielo, una hermosa mañana
Desde el cielo, una hermosa mañana
La Guadalupana, la Guadalupana
La Guadalupana bajó al Tepeyac