México, país de chacales y de traiciones

(El asesinato de Madero y Pino Suárez)

 

Por Camila Montserrat Ayala Espinosa

“¡Baje usted! ¡Carajo!”, dijo el conductor. En respuesta, el usuario se negó. Ambos eran tocayos, pero no por eso iguales. Poseían cultura, ideologías y posiciones de poder diferentes. Francisco vio al otro Francisco. De repente, un sonido, un trueno se escuchó.

Una línea de sangre dibujada por un pincel, por una bala, separaba para siempre el destino de ambos.

***

Manos apretadas, sudor en la frente y un dolor agudo en el estómago, causado por una colitis nerviosa, eran los signos, los elementos que bailaban en ese momento dentro del ser de Francisco Ignacio Madero González.

–¡Te dije que no firmaras nada! ¡Vamos a morir!– le gritó angustiado José María Pino Suarez.

Madero le volteó a ver y no le contestó. Él sabía que Pino Suarez tenía razón. Él sabía que había sido traicionado por el general José Victoriano Huerta Márquez.

La historia del hombre, si se recuerda, si se tiene presente, mostraría que no era la primera vez que ocurría un acto así.

Es en La divina comedia que el italiano Dante Alighieri describió a la traición como el peor de los pecados, de las fallas; por ello, quienes la cometieran debían encontrarse en el último círculo del infierno. La gravedad de esto recaía en que antes de cometerla se tenía la confianza, el cariño y el amor de la víctima.

Efialtes de Tesalia fue uno de los primeros grandes traidores en el hilo de historicidad. Ayudó a las tropas del soberano persa Jerjes I a pasar por el desfiladero de las Termópilas y así emboscar al rey espartano Leónidas. El romano Marco Junio Brutus, a pesar de que sabía que contaba con el respeto y admiración de su padre político, Julio Cesar, le asesinó, le derrocó.

Benedict Arnold también cultivó las semillas de la traición, al sentirse menospreciado en el movimiento de independencia de Estados Unidos, por ello decidió vender su fuerte, la zona que protegía a los británicos.

Para Nicolás Maquiavelo, la traición es un elemento fundamental para hacer y estar en la política. Es en su obra El Príncipe donde detalla que quién no esté dispuesto a cometer y asumir este acto, entonces no tiene lugar en el mundo del poder.

***

–Ya casi entraremos a La Ciudadela señor presidente, es cuestión de días, es más, de horas.

–Vamos señor Madero, firme usted, le doy mi palabra de militar y mexicano que podrá irse a Cuba. Nadie la hará daño. Nadie lastimará a su familia.

Esas palabras las repetía una y otra vez Madero, quien estaba solo en medio de una habitación, esperando otro interrogatorio. Él había confiado en Huerta porque le pareció un buen tipo. Más aún porque confiaba en las instituciones militares.

Ya entrada la noche Madero fue conducido a otro anexo de Palacio Nacional, su soledad daría fin…

***

Madero observó a Pino Suarez, ambos habían dejado atrás su humanidad. Ahora era dos bultos sin alma, dos masas inertes. Los ojos vidriosos de ambos, sus ojeras, su delgadez, mostraban que solo era cuestión de horas para esperar el fin próximo.

Madero comenzó a escribir. Poco a poco detalló cómo su madre la noche anterior le visito…

– Victoriano fue a comer con tu hermano… Gustavo ahora está muerto.

Esas tristes palabras habían roto en Madero sus sueños, sus anhelos y provocaron una sed de venganza, de muerte.

El diario de quien fuera un soñador estaba hecho de hojas acumuladas. Era una libreta improvisada. En ella garabateó ideas sueltas que, en conjunto, indicaban que había sido un error confiar en el ejército, en mantener intactos a sus líderes, los cuales había sido fieles a Porfirio Díaz.

–Vamos a volver Pino Suarez, nada más llegamos a Cuba y volveremos…– dijo Madero.

–A la chingada con volver– le respondió Pino Suarez, y continuó –esté país ya está jodido, bien jodido–.

La habitación era sencilla, pero no por ello humilde. Los pisos y la gran puerta de madera pulida, junto con las verdes paredes, daban un clima de extraña calidez y evocaban a una novohispana, un colonialismo pasado. Entre este paisaje un hombre en las sombras permanecía sereno. Era el General Felipe de Jesús Ángeles Ramírez.

–Vamos a dormir, la mente debe descansar. Si no le tuvieron miedo a la vida, no le teman a la muerte– les dijo el general a sus compañeros.

Los tres hombres se recostaron.

***

–No se llevaron a Ángeles. Él sí va a vivir. Entre militares se medio respetan, pero a nosotros no, es el fin Madero, es el fin– dijo Pino Suarez

–Recuérdalo, es el fin– reiteró.

Con esas palabras, quien fungía como segundo al mando, se despidió de Madero. Ambos viajaban de manera separada hacia el Palacio de Lecumberri. Madero se encontraba en un automóvil negro. Por medio de una pregunta supo cuál era el nombre de su chofer: Francisco Cárdenas. Era un hombre de ojos rasgados y cejas muy escazas.

–Vamos a entrar por la puerta trasera del Palacio, me dispensa verdad…–dijo Cárdenas de manera sonriente.

–No hay puerta trasera en el Palacio– le respondió el portador del lema Sufragio efectivo no reelección.

–¡Baje usted! ¡Carajo!– gritó el conductor mientras le apuntaba con un arma.

Como último acto de valor Madero se negó. En consecuencia, sus sesos y sangre se encontraron regados por todo el asiento.

A lo lejos del cadáver de Madero, Pino Suarez salió despavorido del automóvil en el que viajaba. Mientras corría de manera frenética aullaba:

–¡Me matan!, ¡Me matan!, ¡Me matan!

 

Madero

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