Carlos Alonso Chimal Ortiz
Foto: Mónica Loya Ramírez
Un barrendero es la persona que tiene como profesión
barrer las calles y recoger todo tipo de basura y desechos,
así como también, recoger lágrimas, sudor, sangre
y emociones regadas por todas las calles de la ciudad.
Hace muchos años tuve la oportunidad de conocer al barrendero de la colonia. Él siempre iba acompañado de unos tres o cuatro perros, barría las calles y sus amigos lo esperaban en una esquina mientras se acurrucaban en alguna esquina o tomaban el sol, depende de la temporada.
Cuando llovía, él ponía un plástico del bote a varios palos de sus escobas improvisadas, esas que hacen con ramas secas de los arboles viejos. Debajo de ese plástico se resguardaban de la lluvia sus perros y él en algún techo de alguna casa o edificio vecino.
Le decíamos “Mario Bros.” porque usaba su overol naranja y una gorra naranja del servicio de limpia de la ciudad. A veces andaba barriendo y cantando porque estaba borracho, después se sentaba en la banqueta tambaleándose con un trago en la mano y su cajetilla de Delicados sin filtro. Murmuraba cosas. Al otro día muy temprano ya estaba barriendo.
“Mario Bros.” conocía a todos los vecinos y nos saludaba amablemente. Sabía algunas historias que él veía, o al menos se imaginaba, y se hacía una historia, como la vez que me golpearon una madrugada, cuando llegué a casa. Él me miró y volteó a todos lados, como cerciorándose de que nadie me siguiera. Sacó un machete y se puso en guardia por si era necesario utilizarlo.
Le tocó ver al novio que iba a visitar a chica en las noches. Cuando discutían, cuando le llevó mariachi o «gallo», cuando se fue a vivir con él y, después, cuando iban a visitar a sus familiares. Ellos ya casados y con hijos, él solo miraba. No hablaba mucho.
Sabía los nombres de los vecinos, qué les gustaba comer o tomar, si tenían algún aparato eléctrico nuevo, si había un bebé en casa. Se puede saber mucho de una familia echando un ojo en su basura. En las tardes se sentaba en la banqueta y sacaba sus envases de helado o crema y dentro de ellos había frijoles, arroz, huevo con longaniza, o no sé, gran variedad de guisados.
Con diez pesos de tortillas y una coca cola fría se hacía tacos, uno para él y otros para sus canes. Yo pensaba que no tenía casa, porque muchas veces después de comer tomaba una siesta y luego seguía trabajando y siempre estaba en la calle limpiándola.
“Mario Bros.” tenía un secreto que no era tan secreto. Así como él sabía muchas cosas de nosotros, también todos sabíamos una que otra cosa de él.
Algunas tardes salía del brazo de una señora que vivía cerca de ahí. Platicaban largas horas y él sonreía. Era raro verlo sonreír, pero cuando estaba con ella le cambiaba su rostro, cambiaba la gorra naranja por un sombrero vaquero de paja y, debajo de su largo bigote, se esbozaba una sonrisa.
Muchos años estuvo con ella paseando por las calles de la colonia Narvarte. La mayoría de los días él dormía en la casa de ella y era el barrendero más feliz de México. Cuando se enojaba con su querer nos dábamos cuenta porque agarraba la jarra varios días hasta que ella lo perdonaba y volvía a ser “Mario Bros.” vaquero.
Un día nos enteramos que él había fallecido. La señora que pasó sus últimos años junto a él nos platicó que tuvo problemas en el hígado y no se pudo hacer nada hasta que lo venció la muerte. También nos platicó que a su funeral no pudo asistir porque iría su esposa y sus hijos. Le dejó muchos años de felicidad y cuatro perros.
Hay veces que llego a casa de mis padres muy temprano, cuando está saliendo el sol, ese momento en el que sólo se ven siluetas envueltas por una luz rojiza, y me parece ver que “Mario Bros.” cruza la calle con su carrito y sus cuatro perros. Esa calle que fue testigo de todas sus historias y la que lo acogió por muchos años.
Me imagino y me gusta pensar que, por la edad que tenían sus perros y que además ya pasaron como 20 años de esta historia, que sus canes ya están con él siguiéndolo a todos lados y esperando la hora de la comida para sentarse alrededor de él y compartir esos guisados que se tenían bien merecidos después de un arduo día de trabajo.
Por cierto, años más tarde, me enteré que no se llamaba “Mario Bros.”, sino Cruz… “Don Cruz”.