Maestría en falta de curiosidad

Por Astrid Perellón

 

En esta semana estaremos llenos de historias maravillosas sobre maestros loables. Yo quiero hacer un regalo a todos aquellos que se preguntan <<por qué mi trabajo docente no sobresale en Youtube, o por qué a mí no me premian aquí y allá>>. No es que seas mal maestro… es que te falta curiosidad.

 

Naciste con ella. ¡Es más! Podría decirse que aplicabas el método científico mucho antes de hablar. Todo gracias a tu curiosidad; el deseo de explorar y comprobar los fenómenos por ti mismo. Muy pronto desviaron tu curiosidad hacia el único modo de obtener información sin ponerte en riesgo. Te presentaron los libros y el sistema te premiaba por pasar horas embebido en ellos y menos picando, tocando, saltando, degustando. Sin embargo, la retroalimentación que tiene el cerebro por medio de la acción es fundamental, según se ha comprobado. Es decir, no forma las mismas conexiones neuronales al probar tierra que escuchar que eso se llama <<tierra>> y que no se come.

 

Por supuesto que, como maestro o adulto debes evitar el daño en los niños, pero no tendrías por qué evitar tu curiosidad que contagia la curiosidad del niño. No está mal tener preguntas, hipótesis, comprobar, fallar y reintentar. Al contrario, se ha puesto el rol adulto (y del maestro) en un pedestal, tratando de mantener la fachada frente a los niños de infalibilidad y hasta omnisciencia.

 

¿Por qué algunos maestros se les hacen reportajes, entrevistas y reciben millones de Likes? Porque tienen aún curiosidad. Se preguntan cómo podrían lograr esto o lo otro; desean comprobar, fallan y reintentan en su laboratorio que es su aula o su escuela (o su comunidad). No es que sean rebeldes, insubordinados, simplemente son curiosos y desean saber con la misma insistencia de un niño: <<¿Cómo puedo hacer de este mundo uno mejor?>>

 

No a ellos, sino a ti te dedico esta fábula del aquí y el ahora donde un par de frijoles tomaron diferentes caminos. Uno fue a dar a terreno silvestre y otro cayó en una maceta. Los dos crecieron. Uno por los cuidados del jardinero, otro por los cuidados de la naturaleza. Los dos crecieron igual de bien pero, el que estuvo en la maceta, sirvió de alimento para toda una familia.

 

–¡Fui más provechoso! –dijo el frijol restante en la maceta.

 

–Pero el jardinero no habría sabido sacar provecho de ti si no hubiera observado cómo crecen los frijoles como yo –dijo desde su rincón salvaje el frijol criado por la naturaleza.

 

Observa más, experimenta más, juega más. ¡Sé feliz, maestro!

 

Related posts