¿Por qué los mexicanos no vemos cine nacional?

Por Ernesto Crúor

 

Porque el cine en México aún está construyendo su identidad. En sus esfuerzos y altibajos, y por gestarse actualmente en un país cuyo sistema cubre únicamente expectativas consumistas, el cine mexicano se ha convertido en una pretensión plagada de influencias extranjeras de mucho renombre.

Cada cultura tiene sus estilos. La nuestra está repleta de variopintas manifestaciones, pero a los cineastas se les ha enseñado a retratar una realidad  que conviene a las necesidades de un aplastante y globalizador capitalismo. Finalmente hay que vender. Y las películas mexicanas, bien es sabido, “nunca” recuperan lo que invierten. Entonces, los creadores nacionales tienen de tres sopas: el camino del que no es profeta en su tierra y emigrar, el del que se traga su propia realidad para vivir eternamente  dando gusto a las marcas patrocinadoras e inversionistas, y el del salmón que a final de cuentas y aun lleno de moretones, llegará sano y salvo a su destino. Ninguno de los tres es el mejor, sólo estamos analizando el compromiso que cada uno tiene con su quehacer artístico.

Para esto, es indispensable hablar del público. El espectador. Un ser que se encuentra ahí sentado, con todo el compromiso que sus nalgas le permiten para mantenerse en la misma posición un par de horas, aproximadamente. Este ser es complejo, a veces puede ser un vendido, o a veces un monstruo de exigencia. Hablamos de la gente en general, cotidianamente no especializada. Alguien que ha pagado su boleto con el fin de ser abstraído de su aplastante mundo, un público acostumbrado además a los nuevos formatos de tiempo y ritmo, que de antemano conoce las fórmulas, pero que entra inmediatamente a la convención cuando se les ofrece un contenido auténtico.

Y a veces este es el problema. Los contenidos no son auténticos. Hay cineastas que hacen cine para los críticos, no para el público, porque el público general ¡qué va a saber de cultura! Esta escuela genera numerosas docenas de realizadores todos ellos emuladores de Tarkovsky, que se vuelven expertos en dirigir fotógrafos y trabajar con la inexpresividad en un reino desprovisto de acción. Son aplaudidos por sus maestros, al mismo tiempo que la grossa sala está dormida. A Tarkovsky le salía muy bien, pero él ya murió y somos mexicanos.

Hay otros que para salir del paso, remastican, redigieren y re-cagan tramas esquemas y fórmulas que funcionan muy bien en otros países. Que se alejan de nuestro panorama real  y nos plantean mundos grotescamente similares a las series o a las telenovelas que todo el mundo ve y que resultan ser el remedo de una idiosincracia que no es la nuestra. Pero estas pretensiones de una identidad “propia” posiblemente generen buenos dividendos si es que una que otra estrella de telenovela aparece en el cartel.

Otros miles se quedan en el camino. Entregando sus trabajos a una institución que en aras de mantener el control los enlatará sin resquemor alguno, y lo más triste: los que guardan en su cajón carpetas y carpetas de producciones que nunca llegarán a realizarse porque los elevados presupuestos no caen del cielo. Y han mamado en sus escuelas la idea de que sin “30 millones de anticipo” no se puede hacer nada.

Hay otros mecanismos para generar ficción o documental, que van mucho más allá de tener millones de dólares de presupuesto. ¿Cuándo comenzamos a ponerle precio y a cuantificar la creatividad y el ingenio? Si bien es cierto que el séptimo arte es costoso persé, ya que la industria exige el manejo de un sinnúmero de departamentos distintos; artísticos y administrativos, también es cierto que la tecnología actual permite hacer milagros en espacios reducidos de tiempo, dinero y de alcance humano. El cine digital ya no es una novedad, es un formato bien establecido, y es mucho más económico y accesible en sus mecanismos de producción. Claro que habrá románticos que aseveren que si no se trata de rollos de celuloide, no puede considerarse cine como tal a estas producciones. Habrá entonces que informarles que la mayoría de los festivales de hoy en día piden copias digitales para su exhibición, argumentando incluso ventajas ecológicas. El cine es fotografía en movimiento. Dadas sus características elementales, ésa es una de sus más viejas definiciones. La fotografía sigue siendo fotografía sea digital o no. Bajo la misma lógica el cine digital sigue siendo cine. Y si no pregúntenle a los fotógrafos. A los directores que sí dirigen a sus actores. Lo importante es lo que está fuera de cuadro. Los trucos, los emplazamientos, las artimañas para lograr cualquier cosa que haya que lograr. Esto requiere de una pasión. Por la forma, por el color, por la expresión humana, por la necesidad de emocionar y de emocionarse. Es una guerra sin cuartel contra la mente analítica del espectador, a quien hay que invitar a pasar y conmover. Es el espectador quien saldrá agradecido de la sala por haber vivido una o dos horas de sublime ficción.  Y en la guerra todo se vale.

Mientras tanto, el público mexicano está ávido de historias que le hagan identificarse plenamente, desde un llamado vital, milenario, casi como los latidos del corazón. Casi como la sangre que recorre nuestras venas.

El cine mexicano necesita de guerreros, cuyas armas sean las cámaras, y que salgan a la vida a retratar con honestidad las formas y folklores de nuestro inconsciente colectivo, que rompan los paradigmas, que resquebrajen los esquemas, que profundicen en lo que somos y que se vuelvan expertos en narrar nuestras historias, con el ritmo, narrativa y formato propios de una exploración mexicana, que construyan un lenguaje más visceral, desde lo que nos represente como entidad territorial, como cultura, como necesidad de un pueblo y no del burgués del palco principal que aspira a gringo o a europeo.

La gente quiere historias honestas, netas comprometidas. Por eso no quieren ver cine mexicano. Les parece aburrido, chafa, pretencioso, copia de, emulación de, insípido, ilógico… Vemos cine hollywoodense porque finalmente logra atraparnos con sus producciones, no podemos negar que los estadounidenses se son muy fieles a sí mismos. Pero algunos mexicanos no lo son. Por ello intentan copiar, reproducir, hacer lo mismo de lo mismo para lo mismo. No hay cineastas arriesgados que exploren los géneros que no están masticados, pero que conocemos. Los mexicanos somos variados; reímos y lloramos. Nos burlamos de la muerte y al mismo tiempo le tememos. Nos gusta la aventura, la ciencia ficción, la comedia y la acción, además de los temas barriales que ya todos presuponemos. Lo prueban nuestros cómics, nuestros ídolos, nuestras leyendas, nuestros mitos, nuestra historia. Nuestro país exige cineastas conscientes de las nalgas de sus espectadores, que sepan narrar, ser instrumento, ser medio para transmitir una historia, para compartir un mensaje, idea o emoción, que tengan noción del fenómeno básico emisor-receptor situándose justo a la mitad. Como la delgada  manguera que hace llegar los nutrientes de un lugar a otro. Sin menospreciar, tratar de educar o simplemente ignorar al público para el cual trabaja.

Ya nos lo han mostrado en sus esfuerzos, Mitl Valdez con su melancólica visión de un México olvidado, Leopoldo Laborde con sus aspiraciones truncas de crear un cine de contenido erótico urbano, Francisco Franco, demostrando que se puede hacer comedia fina y además retratar la condición social de un sector cultural, Juan Carlos Carrasco que maneja lo contemplativo, pero desde nuestros paisajes rurales, Omar Jacobo que apuesta por el cine clase B desde un realismo mágico mexicano, Víctor Mayorga quien actualmente produce horror, ciencia ficción y acción, y muchos otros cineastas que están dispuestos a hacer algo diferente, auténtico, que sí responde a nuestras estructuras de pensamiento, aunque sus temas no sean realistas o melodramáticos. Lamentablemente, sus películas, con presupuestos o no, con producción o no, apoyadas o no, digitales o no, duran una semana en cartelera cuando les va bien, cuando no, ni siquiera llegan a estrenarse. (Se les agradece a todos estos creadores nacionales que suban su trabajo a youtube y confíen en las nuevas plataformas de visualización masiva.) Si no nos abrimos al cambio, jamás haremos un cambio.

 

 

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