La educación sentimental en tiempos de “El Chapo”

Por Lucila Lobato

Foto: Edgar López

Ustedes perdonarán pero el patético episodio de “El Chapo” y Kate da para una reflexión más allá del chiste, el morbo y la relevancia política del mismo. Sí, me refiero a una reflexión literaria-cultural.

Y es que el hecho de que “El Chapo” se vea como un «pagafantas» o el «frienzoneado» (y eso nos cause risa o asquito) habla mucho de la educación sentimental que hemos recibido, tanto él como nosotros.

Estamos acostumbrados a pensar que un ranchero, un mecánico, un soldado, un asesino o cualquier Godínez pueden ser tiernos, oportunos y eficaces a la hora de hablar de amor o de intentar convencer de algo a una mujer. Creemos que todos podemos «transformarnos» en Cirano de Bergerac o en Casanova por el simple deseo de hacerlo; que la capacidad para expresar los sentimientos de manera apropiada y efectiva está a sólo unas palabras de distancia.

Pero no.

En realidad, las torpezas expresivas de “El Chapo” tienen todo el sentido si pensamos en su origen, su edad, su formación, su profesión. ¿Por qué un señor ranchero, matón, de negocios, tendría que saber usar las palabras adecuadas para hacer sentir a una mujer completamente ajena a su círculo que es bienvenida, querida o deseada?

Y pasa lo mismo con cualquier ser humano común y corriente: ¿Alguna vez han hablado con un empresario de Polanco? ¿con un sastre de la Doctores? ¿con un médico del Ángeles? ¿con un microbusero de Neza? Ninguno puede hilar tres frases coherentes convincentes y tiernas para convencer de nada a una mujer. Lo cual, de hecho, no sería reprochable en absoluto. Estamos educados sentimentalmente de una manera convencional y cambiante, según nuestros orígenes, edad, formación y profesión; por tanto, actuamos distinto según nuestras circunstancias particulares y según nuestras relaciones.

¿Qué nos ha educado sentimentalmente?

¡Ah! ¡Esa es la pregunta interesante de todo este enredo!

La literatura, ni más ni menos.

Claro, en la actualidad debemos hablar de la literatura en sus diferentes presentaciones: telenovelas, series de tv, películas, teatro, etc., más que en libros o tradición oral. Pero, aún así, es literatura.

Y, en ese sentido, yo creo -díganme loca de las caballerías- que todavía tenemos esta impronta del caballero andante novelesco: aquel que puede ser un guerrero feroz y temible en la batalla, pero es capaz de temblar de miedo frente a su amada; que vive en los caminos y la guerra, pero es capaz de decirle las palabras más hermosas a la princesa en la riqueza de la corte. Es decir, creemos que sin importar a qué se dedique un hombre será capaz de desdoblarse en un sujeto amoroso, tierno y gentil sólo a causa del amor.

Desde luego, ya sé que no piensan que el humilde Chapito tiene comparación con el excelentísimo caballero don Amadís de Gaula. Lo sé. Pero creo que sí están esperando que actúe como él (aunque no sabe por qué). Y, pues no. Hay niveles.

Por otro lado, debería llamarnos la atención la importancia de la literatura -aunque sea mediada o transmitida por la televisión- en este caso. Porque tengo la teoría de que “El Chapo” no estaba tratando de quedar bien con esa actricita sobrevalorada, mediocre y feucha. El prófugo de México estaba quedando bien con ¡Teresa Mendoza! ¡La Reina del Sur! Es decir, en su cabecita formada por narcocorridos, “El Chapo” sentía que subiría a un panteón más alto que el de los acordeones y los octasílabos; aspiraba a subir a los altares de la televisión, del melodrama en horario estelar. Y para ello necesitaba a su representante más tangible: La Reina del Sur marca Telemundo. Punto.

Estoy segura que el vapuleado Chapo no leyó la novela y por eso mismo pudo ser usado por Kate-Teresa para sus fines, muy de ella.

Y aquí aparece otro asunto interesante: ¡qué aburridas, chocantes y peligrosas resultan ser las mujeres mustias! ¿no creen? Personajes, también, diseñados, trabajados y explotados alegremente por la literatura. Pero esa es otra historia.

En fin, disfrutemos los memes, los chistes, las ocurrencias, pero detengámonos a pensar qué educación sentimental tenemos. No para exigir justicia, para indignarnos o tomar partido. Reconozcamos nuestra educación sentimental para no sufrir los descalabros, cursis, torpes e inútiles del Chapo.

Ya dije.

Related posts