Los cien años de soledad de Pedro Páramo en Comala

Rivelino Rueda

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera».

Hace 62 años, con estas líneas, nacía en México una de las obras fundacionales de la literatura mundial. Un jalisciense literalmente desconocido –quien dos años antes había publicado un libro de cuentos titulado El llano en llamas– irrumpe en la escena de las letras para asegurarse un lugar en la historia de la narrativa contemporánea.

Juan Rulfo virtualmente le da un giro radical al relato realizado hasta esos días. Leído y releído, con las pastas agotadas y las páginas sueltas de su encuaderne original, la novela corta o el cuento largo que representa Pedro Páramo siempre hipnotiza y marca profundamente.

Pero lo que trasciende de esta obra son sin duda sus alucinantes personajes, quienes revolotean, como pájaros ciegos encerrados en una jaula, en la mente del lector de manera permanente. Si entraron ahí ya no salen, ya es muy difícil dejarlos que se vayan, abrirles la puerta.

Juan Preciado, quien prometió a su madre ir a Comala a conocer a su padre, un tal Pedro Páramo, es el fantasma viviente que un día, así nomás, flaquea y es triturado por la enorme loza que carga a sus espaldas, y el que más tarde reconoce que «me mataron los murmullos. Aunque ya tenía retrasado el miedo. Se me había venido juntando, hasta que ya no pude soportarlo. Y cuando me encontré con los murmullos se me reventaron las cuerdas».

Susana San Juan lanza espasmos de sueño, de recuerdos, de dolores. Duerme eternamente porque ensaya la eterna estancia en el sepulcro, porque su muerte es la venganza bíblica hacia Pedro Páramo. Es la mujer peregrina de rencores que escucha lejana la voz del padre Rentería, como flagelos arrancando trocitos de alma:

«Trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar… Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran.

La nariz se reblandece. La gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada…»

Abundio Martínez busca ahogar el dolor con alcohol puro en la tienda de Doña Inés Villa. En el patio de su jacal dejó el cuerpo sin vida de su esposa, sobre unas tablas de madera y con los ojos abiertos, buscando un punto en el cielo sin nubes de Comala. Pone otros 20 centavos y le pide otro cuartito más a la «Madre Villa», para luego salir del changarro «dando estornudos. Aquello era pura lumbre».

«Abundio siguió avanzando, dando traspiés, agachando la cabeza y a veces caminando en cuatro patas. Sentía que la tierra se retorcía, le daba vueltas y luego se le soltaba; él corría para agarrarla, y cuando ya la tenía en sus manos se le volvía a ir, hasta que llegó frente a la figura de un señor sentado junto a una puerta».

Y en medio de todo y de todos la figura de Pedro Páramo, el cacique, el dueño de todo y de todos; el omnipresente personaje de la historia de México que encarna el poder, el que compra indulgencias y reparte migajas; el que impunemente saquea, asesina y viola… El que un día dijo, cobijado por el rencor y la venganza, que se quedaría cruzado de brazos, sentado al pie del portón de su hacienda, La Media Luna, para ver cómo se moría de hambre Comala… Y lo cumplió, y lo sigue cumpliendo.

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