Los benditos oficios urbanos

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Cuando era niña y vivía en aquella colonia ‘Defensores de la República’, ubicada en la delegación Gustavo A Madero, en donde se desarrolló mi infancia y parte de mi pubertad, tenía claro los oficios que coreaban mi calle…

«Co cooooo les ca lien ti tooooos», «co cooooo les ca lien ti tooooos», y mi madre se apresuraba a buscar su monedero al mismo tiempo que me mandaba por los cocoles. ¿Ustedes recuerdan los cocoles verdad?

Pues esos panes como triangulares con anís era transportados adentro de una canasta por un señor conduciendo una bicicleta y lo más característico era el grito del pregonero anunciando su llegada, no eran usuales las bocinas como hoy en día.

Y cuando pensé que nada ni nadie podría sustituir al de los cocoles, comenzaron a brotar por la ciudad de México unos vendedores de pan y café ambulantes. También andan en bicicleta con su canasta y su termo anaranjado. Parecen una franquicia.

Hacen paradas frecuentes en donde hay construcciones (y como éstas también han pululado gracias a las políticas de Miguel Ángel Mancera, quien da permisos a diestra y siniestra en una ciudad que en unos años se quedará sin agua, entre otros servicios) con albañiles felices por la aparición de este nuevo oficio urbano.

Se caracterizan por la venta de pan de dulce, tortas de jamón y milanesa, café con sustituto de crema y azúcar o simplemente café americano servidos en un vaso de unicel con su palillo agitador y se hacen anunciar a través de una corneta que bien podría tomar su lugar un patito de hule.

Si saliste de tu casa sin desayunar y vas caminando hacia tu oficina y allá a lo lejos en una esquina te topas con una bicicleta con su canasta de pan, te recomiendo te detengas y hagas lo propio.

Creo que encontrarse a ciertos vendedores ambulantes a cierta hora del día o en momentos en los que mueres de hambre, son una bendición; por ejemplo, los que te encuentras en los semáforos vendiendo fruta de a 10 pesitos, el del amaranto y palanquetas, el de los chicles, el de las aguas; hasta el que te vende limpiaparabrisas puede ser una salvación; en fin, la lista es larga y muy variada.

Estos oficios le siguen dando un toque provinciano a esta ciudad que no ha perdido tradiciones añejas como el del afilador de cuchillos anunciándose con algo como un silbato de ruido muy grave; el de los camotes con ese estruendo que si uno anda cerca te das el susto de tu vida o el del velador con su silbato que en algunas colonias aún existen cobrándote semanalmente $15 por sus servicios.

Yo soy una consumidora de varios de estos ambulantes, porque mire usted, encontrarse con un cafecito caliente a las 6 am da mucho placer y no se me pongan roñosos que si no es un café colombiano o de grandes alturas, pues no, eso no se los garantizo, pero sí es como encontrarse una coca en el desierto.

 

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