Los Baños Medicinales del Peñón, un oasis al oriente de la Ciudad

Por Angélica Ruiz

 

¿Se habrían imaginado que en la zona nor-oriente de la Ciudad de México, a las faldas del cerro del Peñón de los Baños,  a unos cuantos metros del monstruoso y ensordecedor Aeropuerto Internacional, existe un místico lugar, casi imperceptible para los ojos de cualquiera? Pues así es.

 

En la esquina del Circuito Interior y la calle Quetzalcoatl existe un oasis lleno de historia: Los Baños Medicinales del Peñón, frente al conocido Cerro del Peñón, donde precisamente se lanzó el corazón sangrante del mítico guerrero Copil;  del cual nació el nopal donde se posó el águila que devoraba a una serpiente; es decir, el mismísimo lugar donde se originó la leyenda sobre la fundación de México-Tenochtitlan y la imagen de nuestro Escudo Nacional.

El Cerro del Peñón de los Baños era conocido en la época prehispánica como el “Tepetzinco” (Cerrito), un sitio singular por tratarse de una formación rocosa, con un paisaje predominantemente plano donde existían manantiales de aguas termales que eran usados como baños por sus propiedades curativas. Era una zona de recreo y relajación, considerado incluso como un lugar sagrado, frecuentado por las clases gobernantes, como el Tlatoani Moctezuma.

 

Dos siglos más tarde, con las huellas de la Conquista Española, los franciscanos construyeron en el siglo XVI una capilla, justo a un lado de donde brotaban las aguas termales. En este lugar aún se puede apreciar un retablo dedicado a la Virgen de Guadalupe y una figura de pasta de caña de maíz, conocida como el  “Cristo del Peñón”.

Para los siglos XVIII y XIX, los Baños Medicinales del Peñón poseían un prestigio sinigual. Personalidades como Maximiliano y Carlota (de quien por cierto, aún se aprecia uno de sus majestuosos espejos que dejó como herencia en las instalaciones).

 

Destacados naturistas de la época como Andrés Manuel del Río o el barón Alexander von Humboldt no sólo visitaron los Baños del Peñón, sino que se dieron a la tarea de analizar la composición mineral de las aguas termales, de lo cual se deriva  -o más bien se confirman- las destacadas propiedades curativas por el contenido de bicarbonato, magnesio, calcio, potacio y litio, entre otros minerales.  A ello hay que sumar los 46 grados de temperatura con los que emana de las profundidades de la tierra.

 

Durante el porfiriato los baños vivieron una época de oro, en gran medida porque, entre otros, el respetado doctor Eduardo Liceaga avaló científicamente las bondades terapéuticas del manantial, recomendando inclusive que se bebieran sus aguas. Esto llevó al suegro de Porfirio Díaz, don Manuel Romero Rubio, a adquirirlos y construir lujosas instalaciones. En un predio anexo estableció una planta embotelladora para comercializar el líquido. La mejor guía de la ciudad de esos años dice: “El servicio de este establecimiento, que tiene un amplio y lujoso hotel, con restaurante anexo, con capilla, boliche, sala de bailes, etc., es muy esmerado”.

Otros viajeros destacados como la marquesa Calderón de la Barca, describieron profusamente los manantiales termales. A raíz de su visita, escribió en 1841: “Fuimos a pasear al Peñón (…) donde hay unos baños que se consideran un remedio universal (…) No dejamos de pensar que fortuna podría hacer con estos baños un yanqui emprendedor si fuera su dueño, edificara aquí un hotel (…) y embelleciera este rústico templo de agua caliente”.

 

Durante el siglo XX en la zona se desarrollaron colonias populares y poco a poco las edificaciones de los Baños fueron decayendo, la planta embotelladora y las lujosas construcciones fueron demolidas. Actualmente se conservan unas modestas instalaciones rodeadas de edificios de departamentos. En el centro, en una isla jardinada, se encuentra la hermosa capilla y a un costado los cuartos de baño, individuales o de pareja; eso sí, limpísimos, con un excelente servicio y la posibilidad de darse un buen masaje después del sabroso remojón. Sale auténticamente fortalecido si está sano, y mejorado de sus dolencias, si es el caso: asma, reumatismo, artritis, ciática, lumbago, bronquitis, estrés y previene la osteoporosis.

 

Su director, don Jorge Herberth Espinosa, culto maestro retirado, quien con un pequeño grupo mantiene con ahínco la vida de los Baños del Peñón. Con toda la disposición  puede enseñar la capilla y contar la historia del lugar, que como dice su sencilla propaganda: “… El agua termal, como regalo de la naturaleza, ha servido para curar, como botica y centro ceremonial. Ahora, se ha convertido en una plazuela de las tres culturas prehispánica, colonial y moderna”.

Los Baños del Peñón se ubican en Calle Boulevard Puerto Aéreo, esquina Quetzalcoatl Av. Del Peñón. Desde el circuito se puede ver la primorosa cúpula de la capilla. Funcionan los 365 días del año, de 6 a 20 horas. Si se le antoja conocerlos o solicitar informes, los teléfonos son: 5571-2870 y 57 62 82 16.

 

 

 

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