Por Adrián Iván Díaz Yanez
Foto: Eréndira Negrete
El cielo oscuro y poco estrellado a causa de la contaminación que caracteriza a la Ciudad de México cayó hace un par de horas. Los edificios y las calles del Centro Histórico resaltan embellecedoramente tras los reflectores que los iluminan. También lo hace la Calle Madero, donde miles y miles de transeúntes la poblan de diferentes colores y olores para así asemejar a un gigantesco hormiguero humano.
Es viernes por la noche. Jóvenes y adultos no muy grandes, Godínez y ninis, salen a dar el rol por la noche. Dejan que el alcohol, el tabaco, y en algunos casos ciertas drogas, tomen las riendas de su noche, de su estado de ánimo, emocional y físico.
Unos se deleitan con la música saturada que termina aturdiendo, se levantan de sus asientos y mueven sus pies al ritmo de la canción.
Otros apenas pasean por el «corazón» de esta ciudad. Se dirigen sonrientes y esperanzados hacia sus respectivos destinos.
Es común que para ingresar a éstos lugares donde se encuentra la «diversión», haya filas de espera para poder ingresar.
En una de esas largas filas, donde el tiempo que le hacen esperar a uno es exagerado, llegamos a pararnos. Venimos puros hombres, sin amigas o acompañantes mujeres. Eso significa que aquí seguiremos. Hemos perdido la pequeña esperanza de entrar por una cheve y olvidarnos de lo jodido que nos fue en la semana.
Un hombre y una mujer llegan en una motocicleta al área de la fila. Él, de forma condescendiente, pasa por alto a todos los que llevamos un rato aquí. Se ve la prepotencia en su rostro al bufar por la nariz y caminar con la espalda echada hacia atrás y el pecho salido. Se contonea de una manera muy estúpida con sus hombros.
Saluda al cadenero, el hombre que tiene la autoridad, el poder de decir quién entra y cuándo lo hace.
Hacen un pequeño intercambio de palabras. Se ríen a carcajadas.
Mientras tanto, la mujer camina en tacones altos detrás de él, siguiéndolo. Capta las miradas de varios hombres y mujeres en la fila. Se alcanza a escuchar cómo se avisan unos a otros para que la volteen a ver. Que la fotografíen con la mirada.
Aún no tenemos para cuándo entrar. El pasillo es estrecho. El calor comienza a ascender y las prendas se muestran húmedas. Ya son pocos los que hablan. Se nota que la gente no trae el mismo ánimo que cuando arribaron. Los rostros hablan por sí solos, con enfado.
De pronto, aquella «pareja estereotipo», del tipo mamado, el «todas son mías» y la mujer de cuerpo curveado y ropa entallada, regresan al lugar donde estacionaron la moto.
Sale otro tipo de la parte trasera de la fila. Le dice algo a ella, se conocen. Se dirige hacia él.
El hombre con el que llegó se muestra disgustado. Rápidamente, a manera de superhéroe, se repara erguidamente con una actitud potectora, deja mostrar sus músculos cubiertos por tatuajes letrados y negros.
Ambos hombres se acercan. Sus caras están divididas milimétricamente. Respiran el mismo aire, mientras ella les pide que se separen. Ellos la ignoran. Están en su propia burbuja. Su juicio parece estar nublado. Sólo se ven directamente a los ojos, y lo que era una multitud que esperaba fuera de un bar, está apunto de convertirse en nada más que espectadores de una pelea.
A jaloneos y gritos desesperados, ella logra separar al segundo hombre que apareció en escena. Se van juntos. Todos se tranquilizan mientras siguen esperando a que el cadenero dé la orden de pasar a uno que otro que él crea, basándose en prejuicios sobre el físico y la vestimenta, que puedan ser o no unos buenos consumidores.
El hombre que se quedó solo denosta furor en su rostro. El ceño fruncido y la mandíbula apretada. Los puños puestos sobre su moto, e inesperadamente, mientras sólo se ve la sombra de la pareja andante, gita: «¡Vete con él. A ver cómo te regresas ahora, pendeja!»
Todos los presentes quedamos sorprendidos. Nadie dice nada. Hemos optado todos por el silencio en el pasillo estrecho. Sólo se oye la música del bar, pero ya no hay voces afuera.
De la nada, reaparece el hombre con el que se había ido la muchacha. Regresa con determinación. Sus pasos, su mirada, sus brazos van apretujados, contundentes y enardecientes.
Se vuelven a ver de frente. Quedan enseguida de mí. Por sentido común sólo trato de apartarme del lugar a como dé lugar, aunque es difícil por lo angosto que es el pasillo.
Sólo alcanzo a oír un golpe en seco, brusco y tajante. Los perdí de vista por un par de segundos, si acaso.
Al voltear mi mirada a donde la tenía antes en un primer plano, se ven ambos sangrando. Los dos están postrados en el piso.
«Se dieron un cabezazo», exclamó mi amigo, sorprendido por la fuerza con la que se dieron, mientras los cadeneros los separan y corren a quien se había regresado después de que faltaran al respeto a la muchacha.
Se fueron ambos. Quedó el rastro de sangre, marcó un caminito sobre el pasillo y unos metros en Madero. Pero también quedó el recuerdo de la brutalidad de aquellos hombres, el estruendoso golpe y la amarga noche.
***
La ciudad día a día tiene sus pequeños episodios rojos como éste. Esos que no nos importan. De los que se conforma la nota roja todos los días, esa que vemos con morbo y la olvidamos al día siguiente y de la cual nos reímos. Es algo cíclico. Nadie actúa o denuncia, y el que lo hace, lo tachamos de mil y un adjetivos que lo denigran. Total, terminamos violentándonos los unos a los otros.