La verdadera diversidad

Por Astrid Perellón

 

Tendemos a admirar a los individuos destacados. Seamos padres, maestros o el amigo soltero que observa a las familias con hijos, preguntamos por qué aún no hablan, por qué algunos niños están siendo admitidos en la universidad mientras otros no se atreven a aventarse solos por la resbaladilla, o reprueban o se convierten en adultos que no conservan un empleo bien remunerado.

 

En otro escenario, abogamos por la diversidad refiriéndonos usualmente al color de piel, al género, a las capacidades diferentes, talentos especiales, muchas otras distinciones pero rara vez practicamos apreciar la diversidad específica que hace de cada cabeza un mundo.

 

Puede parecernos acertado clasificarnos por etapas de desarrollo, fases, estadios, rangos, etiquetas, roles, cartas astrales pero hacerlo no nos aclara quiénes somos y cómo conseguimos lo que deseamos.

 

Decimos que si alguien logró grandes fortunas ha de ser porque fue educado entre ricos, si no es eso, ha de ser por su ascendente acuario, o por su entorno socioeconómico, o su predisposición genética. Si no encaja, ha de ser por su infancia desafortunada a la que se rebeló. ¿No es eso? Es su karma positivo. ¿Aún no encaja? Siempre hallaremos un modo de justificar que alguien sea algo que uno no encuentra cómo ser.

 

Dejémonos de ello y pongámonos atención individualmente. Observemos quién ya es nuestro hijo, no en qué lo puedo convertir con mi correcta orientación. Quién soy yo y no en qué me puedo convertir si supero los traumas del pasado. Prestando atención de ese modo personal, escucharemos una voz clara que nos inspira a nuestro propio camino, no a imitar al nuevo éxito de las redes sociales; un atractivo camino personal en el que lograremos la fortuna y el reconocimiento por añadidura, no porque sea nuestra meta central.

 

Como aquella fábula del aquí y el ahora donde un caracol se arrastraba. Sus papás preguntaban ¿Hacia dónde va? ¿Qué se propone? No respondía, centrado en su trayecto. Sus papás murieron antes de verlo llegar a ningún lado. Ojalá hubieran dedicado sus vidas a algo más satisfactorio que a conversar sobre las expectativas puestas en su hijo. Aquel sigue avanzando con la vida por delante, mientras que los preocupados por su futuro, ya no están.

 

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