La cultura de las nanas ha creado una sociedad en la que ricos y pobres son dependientes económica y emocionalmente.
Los niños de las clases “altas” crecen entre brazos morenos, con sabores más rurales y platillos aparentemente más simples. Su relación con el mundo es a través del español sencillo de esa servidumbre que los abraza con sus propios gustos musicales, y con sus carcajadas francas…Con esta visión la autora nos confronta con una cruda realidad: la doble moral.
Por Miriam Mabel Martínez
México es un país fundado en la diferencia. Quizá por ello “el otro” seduce e irrita. El encontronazo entre autóctonas mesoamericanos y los españoles, que venían de un largo periodo de guerra contra los árabes y que llegaban a las Indias con afanes expansionistas es agridulce.
Por una parte están las ganas de someter y acabar ese otro mundo (visto desde cualquiera de los dos lados) y, por otra, el deseo de tocarlo, conocerlo y mirarlo. Y eso hicieron ambas culturas desde sus propias tradiciones: la española con sus afanes evangelizadores y colonialistas; la indígena, con su politeísmo y arraigo a su tierra fértil.
Para los españoles fue un descubrimiento desde el prejuicio; los designios de Dios no habían incluido a estos nuevos “seres” en su reino. Para los indígenas se trató más de un hallazgo, un descubrimiento enfocado en la sorpresa. Desde ambas perspectivas, la diferencia era lo atractivo –como lo es, de hecho, siempre, el encuentro con el otro–, lo que marcó el futuro fue la inequidad.
Los autóctonos fueron tratados como salvajes, su tierra les fue robada conceptualmente, se les condenó al exilio y a ajustarse a la visión de ese otro, que al tiempo que exploraba las tierras indias y se descubría a sí mismo en otra geografía, trataba de imponer una perspectiva ajena en un paisaje, virgen antes sus ojos, y antiquísimo desde la historia mesoamericana.
Atracción y rechazo son la herencia de un encuentro entre dos visiones que originó la cultura sincrética y esquizoide mexicana. La sorpresa mutua, la necesidad por conocer más a ese “otro” siguió su curso en una historia en la que integración y la violación sucedían paralelas, así como la imposición de un viejo mundo en uno tan o más antiguo, pero con una cosmogonía distinta.
Ante el desconocimiento, los colonizadores optaron por imponer la taxonomía de una realidad menos moderno de pensamiento, que en el resto de Europa. Trajeron su temor a Dios, y los indígenas guardaron las divinidades propias. Importaron el miedo y exportaron un hedonismo sensorial provocado por una geografía paradisíaca, para ellos exuberante; para los nativos, natural. Atracción y rechazo son ya una costumbre. El deseo por el otro está presente en nuestra vida cotidiana y marca una paradójica relación cultural entre las clases sociales mexicanas.
Se dice mucho que la conquista de México fue más una guerra civil entre las culturas sometidas por la Gran Tenochtitlan, aprovechada por los “conquistadores”. También se dice que la Independencia es la consecuencia natural de los ímpetus separatistas de los españoles radicados en la Nueva España. Carlos IV subestimó la autonomía de la colonia.

La contradicción es parte de la cotidianidad mexicana esa que habla español, pero que come tortillas, nopales y chile; que adora a la Virgen de Guadalupe y le pone altares a sus muertos. Somos una sociedad atrapada entre el criollismo (lo español desarrollado en México) y la intensidad autóctona que nos hace ser quien somos. Y esta dualidad, este amor-odio no sólo ha generado una cultura híbrida, sino que ha perpetuado un sistema de clases en el que el origen define el presente y perpetúa una distancia social que ya es inalcanzable.
Una paradoja en la que esos “otros”, como antes, se siguen tocando y va trazando una sociedad en la que es poco factible la movilidad de clases (un tanto conformista, en la que ambas partes juzgan a aquel que quiere salirse del confort de su clase). El que sirve delega su autonomía y responsabilidad cívica en la que la figura de ese otro “blanco”, quien debe presumir y perpetuar su extranjería para seguir dominando, ya sea en el color de piel, en el apellido, en el domicilio o en la educación.
El que llega domina. Nos seduce. Mientras que el poseedor de estas tierras se ha autoexiliado y se asume el “otro” en su propio hábitat, y en su autoexilio se acomoda en la forma de vida de ese otro. Esta mancuerna ha perpetuado en México un clasismo aceptado, en el que la cultura de las nanas ha creado una sociedad en la que ricos y pobres son dependientes económica y emocionalmente.
Sigue siendo común entre las clases dominantes la necesidad de un staff de servicio: choferes, mayordomos, cocineras, sirvientas, nanas. Este equipo exhibe la capacidad económica y es el encargado de dar soporte al núcleo familiar. Es la servidumbre la que está más cercana a los hijos: son los que educan en la contradicción. Los “niños de casa” son consentidos por sus nanas, son el “otro” al que hay que apapachar.
Esos “niños” crecen entre brazos morenos, con sabores más rurales, con platillos aparentemente más simples. Su relación con el mundo es a través del español sencillo de esa servidumbre que los abraza con sus propios gustos musicales, y con sus carcajadas francas. Y esos niños se hacen adultos persignándose en antes de comer sus frijolitos refritos con epazote, para luego ver la telenovela al lado de su nana adorada.
Crecen creando vínculos afectivos con ese “otro” que los cuida y los protege; sin embargo, al llegar a la adolescencia, se les pide renuncien a esa atracción: deben ser más cosmopolitas, desear a las chicas de su clase social, de su color, con las que comparten gustos –esos que se supone están obligados a portar– y ambiciones, pero de las cuales están totalmente desvinculados.
De pronto, son arrancados de ese paraíso para, ahora sí, que empiecen la vida que les corresponde. La añoranza por el otro se queda y se convierte en una búsqueda escondida, vaticinando un futuro esquizofrénico en el que se debe pertenecer al grupo dominante y desear lo que sus iguales desean. Ante la imposibilidad de negociación equitativa entre dos mundos, la manera más simple de ajustarse es menospreciando a ese otro.

Esta separación se da en las relaciones interpersonales, no así en los usos y costumbres los cuales son extendidos con un permiso social y ajustados a su “clase”. De esta manera, es común la existencia de restaurantes de lujo que cuentan con un menú “casero”, el twist está dado en la presentación; aquellos frijoles refritos con epazote se sofistican añadiéndoles ya no queso cotija o de rancho, sino un Brie o Roquefort.
Los bares repiten los playlist bailados y cantados por las servidumbres (aprendida en peseros o en las fiestas de pueblo o simplemente en la empatía emocional de la lírica) pero en bocinas de alta tecnología; y bajo la premisa de que más que un “gusto propio”, es un “signo de entendimiento” por “ese otro”.
Así, aquellos niños educados por nanas se escapan de vez en cuando a su terruño imaginario; sin embargo, están condenados a fingir extrañeza: he ahí la perversidad. Se hacen adultos manteniendo una doble vida, en la que establecen relaciones con sus “iguales”, se casan entre “iguales” y vuelven a traer a esos “otros” para que les cocinen sus quesadillas, les enseñen el temor a dios y cuiden a sus hijos.
La educación sentimental de las clases pudientes es impartida por la servidumbre desde generaciones pasadas y herencia para las futuras. Desde la cocina y los cuartos de servicio no sólo deciden qué se come, sino que son los estoicos acompañantes de sus niños, que siempre regresarán a buscar el confort en unos huevitos rancheros. Los de abajo definen las añoranzas y los odios de los de arriba, son el soporte emocional. Sus iguales únicamente les perpetúan el estatus.