Nuestro frenesí de los últimos meses

Texto y Foto:  Paloma Takahashi

Llegas a un lugar desconocido. Llegas sin saber que este lugar existe. No hay dirección, no existen coordenadas, no sabes si es real, si está en tu mente, si este lugar tiene sentido siquiera.

Llegas con calma. Te detienes a observar, pues tiene una vibra especial. El lugar te atrapa, el lugar capta tu atención. Comienzas a sentir una sensación de adrenalina que comienza a recorrer lentamente tu cuerpo. Comienza en tu estómago y de ahí se reparte hacia tus manos, lo sientes es tus piernas.

Tu temperatura cambia, tu temperamento también. De pronto comienzas a sentir calidez. Te tocas la cara y estás caliente. Tu corazón se acelera, tus pupilas se dilatan. Es inconsciente, es involuntario, es repentino, es inesperado, es único.

Sigues sin reconocer el lugar. Es moldeable, es cambiante. Por alguna razón te sientes seguro.

Se aproxima una persona. A lo lejos, tu visión de esta persona es una imagen borrosa. No alcanzas a percibir su forma, su cara, ni sabes su nombre. Se va aproximando, lo comienzas a sentir cercano. Llega al mismo lugar en donde tú te encuentras. No viene buscando algo, ni viene buscándote a ti, simplemente llegó, sin saber en dónde se encuentran.

Ambos se encuentran curiosos, se encuentran confundidos también, pues no planearon llegar aquí. Siguen sin mirarse, sin reconocerse, sin explorarse.

Una mirada lo comienza todo, una mirada de curiosidad por lo desconocido, una mirada inquieta. Una mirada desata un diálogo, comienza la conversación. Una palabra inicia un sinfín de futuras conversaciones, un mar de pensamientos y sentimientos, inicia una interacción.

Se puede sentir la conexión inmediata, un momento espontáneo, jamás se sintió tan adecuado. Es un momento aislado de todos los que has tenido. Es especial, se siente espacial, se siente familiar, por poco lo puedes tocar. Es inexplicable, no lo tienes que razonar, te vuelves a sentir especial.

De manera inconsciente se comienzan a buscar. Siempre se vuelven a encontrar en el mismo lugar. La conversación no se detiene, no existen las pausas, no existe el silencio, no existe la incomodidad. Se sienten cercanos, se sienten humanos. Mientras, el universo cumple con su movimiento, el movimiento que realizas es acercarte cada vez más a esa persona. Te sientes parte de algo ahora. Empiezas a creer que perteneces a este lugar desconocido, que algo te pertenece, que eres parte de algo nuevo, que algo se ha hecho parte de ti, que alguien comparte tu sentir.

Y de pronto lo que sucedió tiempo atrás desaparece. Comienzas a ver cómo se va desvaneciendo frente a tus ojos. Bajas la mirada hacia tus manos y los recuerdos se deslizan de ellas. Tu mente empieza a olvidar nombres, rostros, palabras, conversaciones, lugares, sensaciones, sentimientos, colores, olores.

Es como si tus sentidos comenzaran a fallarte. Ya no recuerdas y no deseas hacerlo. Lo dejas ir, disfrutas cómo se desvanecen tus momentos, cómo pierden forma. Dejan de tener sentido, dejas de retenerlos, hasta que terminas por olvidar todo y el todo se olvida de ti.

No planeaste llegar aquí, no planeaste conocer a esta persona, no planeaste sentirte de esta manera, no planeaste olvidar.

Te sientes de manera distinta. Te sientes con un aire fresco. Las nuevas sensaciones te invaden, se apoderan de ti, te convierten en alguien diferente. Miras tu reflejo y no te reconoces. Esta personalidad no había emergido de ti.

Habías conocido bastantes versiones de ti, con distintas personas, pero jamás algo similar, y esta personalidad te gusta, se ajusta a lo que siempre quisiste sentir, a lo que esperaste que existiera para ti y existe. Lo puedes tocar, lo puedes disfrutar. Te dejas llevar, te dejas inundar del sentimiento, de la persona, del momento. No lo quieres dejar ir, ya no puedes.

La necesidad se mete en tus entrañas, quieres encontrarte con esta persona, quieres platicar, compartir, quieres crear momentos para reproducirlos en tu mente, quieres sentir a la persona. De pronto las teorías que profesabas de no necesitar, de ser independiente, terminan por avergonzarte. Tus teorías te traicionan. Necesitas de esa persona y esa persona necesita de ti. Es personal, es íntimo, es afortunado, son afortunados.

El lugar se tornó cálido, el lugar ahora tiene nombre, la persona tiene rostro, lo reconoces, lo añoras, lo esperas, lo estimas, lo atesoras y lo haces tuyo. Su rostro se plasma en tu mente, tus manos buscan su esencia, tus ojos su mirada, se entrelazan. Son parte de algo no creado por el hombre, de algo más grande, de algo infinito.

Se convierten en inexpertos. Eso lo convierte en perfecto. El encuentro de dos seres imperfectos, con la piel descubierta, con el alma expuesta. Ahora todo se encuentra en calma. Sus demonios escapan porque no encuentran lugar en un espacio tan consolidado. Huyen los miedos. Sus momentos se vuelven eternos.

El lugar ahora es un mundo lleno de sus recuerdos, está invadido por sus caricias, adornado de sus pensamientos, impregnado por sus olores, los que desprende la piel en un arrebato de pasión, decorado por sus sentimientos desbordados, rodeado de ríos de lágrimas derramadas por ambos, repleto de edificios llenos de discusiones, rodeado por montañas que se formaron por la confianza. Sólo viven los dos en el lugar. Nada ni nadie los puede alejar de ahí, es donde pertenecen, ahora es su hogar.

Un lugar se convierte en tu hogar, un desconocido se convierte en tu reflejo, un vacío se transforma en una fuente de constante sentir. Entras en un estado mental del cual no quieres escapar jamás.

Te devuelve los sentidos y ahora sientes más, se desarrolla tu sensibilidad, te enterneces, creces, ahora todo importa, todo duele, todo se queda tatuado en ti. Contemplas amando cada parte. Guardas todo, lo haces tuyo, lo entierras en lo más profundo de tu mente. Se siente, ¡sí!, lo sientes, quizás es lo mejor que vas a sentir. Ahora detente, deja que el efímero frenesí se apodere de ti.

 

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