Las tres peores palabras

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

 

Les voy a platicar del mayor insulto que he recibido desde el día en que nací. Hasta ahora, que tengo 42 años, recuerdo esas tres palabras aún con dolor.

Realmente cambiaron mi vida, cambiaron mi manera de pensar y, sobre todo, mis actos.

Déjenme contarles que a la edad de 20 años yo era una verdadera hija de puta. Al decir que era una gran hija de puta me refiero a mis actos. No significa que mi madrecita santa tenga algo que ver en ese insulto.

Resulta que a esa edad yo ya había conocido la mayoría de las cantinas, piqueras, bares y trastiendas de mi colonia. No es algo que me dé gusto platicar, ese no es el tema. La cosa es que mi santa madre me esperaba afuera del Metro Jamaica a partir de las nueve de la noche ya que yo salía de mi mediocre trabajo a las ocho de la noche.

La maquiladora no me dejaba mucho dinero, pero sí el suficiente para ponerme al menos cuatro pedas por semana, además, nunca falta el compañero cachondo que me invitaba los chíngueres con tal de que mientras bailábamos metiera un poco de mano, o como decían ellos una vez que los escuche sin que se dieran cuanta de mi presencia

–Ayer le di sus cabeceadas a la Yolis mientras bailábamos en el Bar-Son.

Si quedaba algo de dinero le daba a mi madre un poco para que no me estuviera molestando toda la quincena. Los distintos policías que resguardan el Metro ya la conocían. Puntual se instalaba a las nueve de la noche en las escaleras del Metro. A veces el policía la tenía que despertar a las 12 de la madrugada para que se fuera a su casa, ya que yo no llegaba.

A veces, cuando sí llegaba, al verme se le iluminaban sus ojitos, como si viera al mismísimo creador. Me daba tanta pena esa escena que yo me seguía de largo para evitarme esa molestia.

En una ocasión llegó un policía nuevo al Metro. Yo no llegue esa noche y mi madre pasó la noche en las escaleras del Metro. Me despertó el dolor de cabeza como a las cuatro de la mañana. Fui a buscar a mi señora madre pero no estaba. Sentí como si el estómago se me volteara.

Rápido salí corriendo a buscarla. Al faltar una cuadra para llegar a la estación del Metro, vi de lejos un bulto encorvado en los escalones de la estación. Me dolían los huesos del frío que estaba haciendo.

Llegué y la desperté. Me imagino que hasta el frío se le quitó porque fue la única vez que mi madre sentía coraje, enojo, molestia, rabia y todos los malestares que existan, porque nunca se quejó

Nunca dijo nada en toda su vida. Estaba hasta chapeada del coraje y con lágrimas en los ojos me gritó: «¡Eres una alimaña!» Casi a nadie le cuento esto, pero ella casi nunca hablaba.

Lo que salía de su boca eran solo caricias para mí. Ella murió hace algunos años y ahora con mis hijos espero nunca tener que decirles esa horrible palabra.

 

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