Por Karenina Díaz Menchaca
Era un vagabundo de la colonia Narvarte, gordo y con barba. Comía los restos de la comida que la gente dejaba en los grandes cestos de basura de los puestos de barbacoa, ahí en el tianguis de Obrero Mundial. Uno cree que si los vagabundos son gordos no están muriendo de hambre, pero no sabemos nada, se supone que la gordura es abundancia, eso nos hizo creer Buda. Pero la panza de mi vagabundo – si es que así lo puedo tutear- no se llena fácilmente.
Pienso que quizás no todos los vagabundos tienen que tener el mismo estereotipo, así como el de Charles Chaplin o el que cada uno de nosotros tenemos identificado, desde una primera impresión de un vagabundo, ¿cuál es la de ustedes?
Cuando vivía en casa de mi madre merodeaban tres vagabundos, o al menos eso me parecían, vagabundos porque no vivían en domicilio conocido. Mi hermano, siempre muy cercano a todo lo que habitaba en la calle, me contaba la historia de ese trío. “Así como los ves, son bien inteligentes, con uno siempre me pongo a platicar de filosofía, otro es matemático y el otro es el que está abriendo la carpintería”. Yo por esos días cursaba la universidad, era medio autista, no le hablaba a casi nadie y menos a la gente de la calle, era precavida, sin embargo estos hombres no me inspiraban temor, eran como de la colonia, y sí, finalmente se fueron a vivir enfrente de mi edificio para ocuparse de una carpintería que hoy ya no existe. No recuerdo si alguna vez los saludé, a lo mejor sí. Uno de ellos siempre estaba clavado en sus libros y los demás trabajando. Sí los acompañó el alcohol en ciertos momentos, pero eran como se dice: tranquilos.
Mi vagabundo panzón sorbía los popotes como si del aire se tratara, de esos vasos abandonados en la basura todavía con líquido, se adivinaba que podrían contener: jugo de naranja, agua de limón o de horchata. Yo no creo que él tuviera preferencia por alguno, o quién lo sabe. Se acercaba a los puestos de barbacoa porque sabía que no faltaba quién de los meseros le regalara un taco, o dos, o tres y hasta un platito de unicel con consomé. Se lo devoraba cogiéndolo con sus dos manos para llevárselo a la boca con los ojos cerrados. Me encantaba verlo comer y andar por ahí con desenfado enseñando la panza que se le asomaba, porque la playera cochambrosa ya no le alcanzaba a rellenar el vientre.
Él no se hacía menos entre los comensales devoradores de carne, en esos domingos de güeva en donde varios hipsters de la colonia llegan con sus lentes oscuros para curarse la cruda. Es más, yo creo que hasta el vagabundo era parte de la escena buñueleana que les gusta, como que hasta les hacía falta el perro a un lado. Mentira. Ahí siempre hay perros, pero finolis y hasta con ropa, ¡gente ridícula!
En fin, volvamos a mi vagabundo. Pues les diré que ya no lo he visto, caben varias hipótesis: ya no “vive por aquí”, a lo mejor encontró un tianguis más generoso, a lo mejor ya enflacó y ya no lo he reconocido entre otros vagabundos famélicos; yo ya no como barbacoa y entonces ya no me he asomado por esos lares, ó ¿también se hizo vegetariano?; ¿pasó del plano terrenal a otro sideral? Si alguien de ustedes lo conoce, díganle que yo siempre lo observaba y que también lo llegué a ver sobre el Viaducto cubriéndose con unas cajas de cartón que una vez un infame camión de basura se llevó. Díganle pues que le tengo cierto aprecio aunque no nos conocemos. Que si quiere lo invito a comer, con mucho gusto, ahí en el tianguis de la Narvarte. ¿O será que ya dejaría la vagabundez?
Porque hay otro vagabundo que también merodeaba por estos camellones de Obrero Mundial y era tan flaco como el espagueti, con un rostro perdido y de facciones muy finas, sus rulos negros ya muy rastas, por la mugre, con un andar tropezado, pero que al mismo tiempo parecía levitar. Uno imagina tantas historias, yo apuesto a que este era de una buena familia, aunque ni cómo preguntarle, ya no parecía razonar, iba con un tic que parecía hacer tono musical entre sus dedos y su cabeza y sólo miraba hacía el suelo. Francamente prefiero a mi vagabundo gordo, era como un Santa Clos que había renunciado a los niños y a su eterna inocencia, para siempre.
@kareninadiaz