Don Fabio, el jardinero central de los Diablos Rojos en la lateral de Viaducto

Por Rivelino Rueda

Foto: Camila Rueda Loya

Hasta ahí llegaba el tufo nauseabundo por la putrefacción acelerada de los cientos de cadáveres que se apilaban, hora tras hora, en el campo de béisbol convertido en anfiteatro. 

Eso en los tiempos malos. 

En los tiempos buenos lo que caía del cielo eran hermosas bolas cosidas a mano por algún home run conectado al otro lado del río.

Allá, por el inicio del siglo, también en los tiempos malos, la catedral del beis en Viaducto y Cuauhtémoc fue tumbada para dar paso a esa cosa cuadrada, sin chiste, de concreto gris y anuncios de cadenas comerciales.

Los gritos de algarabía y los lamentos de dolor llegaban hasta este punto en los tiempos malos y en los tiempos buenos. 

Todo eso lo recuerda Don Fabio desde su silla de ruedas, que recarga a unos metros de la barda perimetral del Panteón Francés de la Piedad, justo en la mera esquina que forman la tapia que da al sur y la pared que da al oriente.    

Para Don Fabio, los “tiempos malos” y los “tiempos buenos” se definían siempre por lo que pasaba cruzando el Río de la Piedad. 

Ahí mero, como a cien metros en línea recta de donde hoy vende dulces, frutas y verduras para los miles de automovilistas que pasan todos los días por ese sitio, y que no compran, pero también para los contados peatones que hacen ese recorrido, y que compran poco.

***

Por la radio escuchaba con sus cuates de la Buenos Aires los jonronazos de Ramón “El Diablo” Montoya; de Nelson Barrera Romellón, “El Rey del Jonrón”; de José Luis “Borrego” Sandoval; el partidazo los New York Mets, en 1964, que se llevaron los Diablos Rojos con un marcador de 6-4, o las innumerables victorias contra los odiados Tigres, en la llamada Guerra Civil.

Todos corrían cuando el locutor berreaba un cuadrangular que había salido del Parque del Seguro Social. Don Fabio se iba directo ahí, donde hoy tiene su negocio, donde recarga su silla de ruedas. 

Otros más aventados corrían al arroyo vehicular de Viaducto, donde seguido caían las bolas y hasta luego rompían los parabrisas de los autos. 

Carlangas y El Beto, dos amigos entrañables del barrio que murieron hace poco, de Covid-19, eran los encargados de brincar la barda del Panteón Francés si la de corcho e hilos terminaba entre las tumbas.

También por la radio se enteró de la tragedia que ocurría del otro lado del río, luego de los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985. 

El ambiente fétido de esos días. Las millones de moscas panzonas y tornasoladas zumbando en enjambres. Las horas de aullidos de dolor cuando se reconocía un cadáver. 

La impotencia de miles haciendo fila para sacar de entre las bolas de hielo alguna huella familiar… la pulsera en algún brazo cercenado; el collar o la medallita en torsos desnudos inflándose de gusanos; el lunar, el tatuaje, la cicatriz en alguna pierna desmembrada.

Don Fabio inhala la peculiar luz anaranjada de los atardeceres otoñales en la Ciudad de México. Recuerda los tiempos malos y los tiempos buenos en ese lugar, en esa cuchilla problemática en la lateral de Viaducto, donde ruedan pelusas infectas de árboles despojándose de follajes y nidos.

***

Fue el aburrimiento, no el miedo, lo que lanzó a la calle a Don Fabio. La muerte de Olguita, su Olguita de toda la vida, en 2017, enjaularon al hombre de 75 años en el cuartucho viejo y salitroso en la Privada Viaducto, colonia Buenos Aires. A unos pasos de donde hoy estableció su negocio de frituras y frutas de temporada.

Olguita no conoció la pandemia. Se fue por otra cosa. Problemas que venía arrastrando del corazón. Don Fabio sólo se enteró de la peste, de su paso letal por el barrio, cuando le avisaron de la muerte deEl Carlangas y de El Beto en agosto de 2020. 

Sólo se enteraba de que había “tiempos malos” por la radio. No salía a la calle. No veía a nadie. No sabía de nada desde lo de Olguita. Todo era ajeno y distante. Todo. Hasta escuchar de un día a otro que los niños ya no corrían por la privada. Que los gritos y escándalos de los chamacos se daban desde las casas vecinas… 

Que ya no había claxonazos, ruidos de motores, mentadas de madre desde vehículos en marcha en uno de los puntos de tránsito más conflictivos de la ciudad, en la incorporación de la lateral de Viaducto a los carriles centrales de esa vía primaria, a unos metros de la Avenida Doctor Vértiz… a unos pasos de su cuartucho amodorrado.

“Algo pasa allá afuera… Y sí. Supe de la dimensión del problema cuando me vinieron a tocar la puerta para avisarme de la muerte del Beto, primero, y dos semanas más tarde del Carlangas. Todo se mide por tiempos buenos y tiempos malos en este lugar. Ahora de nuevo era el turno de los tiempos malos”. 

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Ajusta mecánicamente los anteojos y alisa el mechón de canas que han sobrevivido a una guerra brutal con la calvicie. 

Don Fabio no espera clientes, ni dinero, ni ganancias… Don Fabio busca desentumecerse de la tristeza, de la soledad, de los golpes de los últimos años; de haber perdido la pierna derecha por la diabetes…

También busca un recuerdo permanente, por fin y para siempre, de la camaradería en el barrio en las épocas en que pequeñas cometas zurcidas con hilo rojo salían del Parque del Seguro Social y terminaban su viaje cósmico justo ahí, donde hoy recarga la silla de ruedas, dos pequeñas hieleras con los productos para la venta y el pequeño radio azul de pilas.

Hay tiempos buenos y tiempos malos. Don Fabio al menos mide así su paso terrenal. Hoy dice que estamos en un punto intermedio: “ni tan bueno, ni tan malo”.

Sintoniza alguna estación de radio que transmita boleros. Más tarde algún noticiero. Luego, por pura curiosidad, escucha algún partido de Los Diablos Rojos

Y sí. Lanza mentadas de madre cada que pronuncian el nombre del nuevo estadio, el “Alfredo Harp Helú”. 

Y sí. Recuerda que este señor vendió la “catedral de Viaducto y Cuauhtémoc” para luego hacerla un centro comercial… “Sí, ese pinche adefesio que está ahí enfrente”.

Hoy Don Fabio superó la etapa de “aburrimiento”. Lo entretiene su negocio. Lo entretiene la radio. Lo entretienen los mensajes de sus hijos y nietos por el celular. Le entretiene recordar la historia de ese lugar. 

Lo entretienen las pláticas con el policía de tránsito, con algún vecino o con algún cliente. Lo entretienen los imponentes atardeceres otoñales desde ese punto… Y lo mero importante: le entretiene pensar que habrá mejores tiempos en el barrio.
@RivelinoRueda

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