Día 11: El punzante silencio nocturno de la epidemia

Por Rivelino Rueda

Foto: Mónica Loya

 

Este pueblo está lleno de ecos.

Tal parece que estuvieran

encerrados en el hueco de las paredes

o debajo de las piedras.

Cuando caminas, sientes que

te van pisando los pasos.

Oyes crujidos. Risas.

Unas risas ya muy viejas,

como cansadas de reír.

Juan Rulfo/Pedro Páramo

 

El chisguete de orina amarillenta se interrumpe. Un crujido acuoso, líquido, casi imperceptible, regurgita en la cañería antiquísima. Es un edificio viejo, de finales de los años cincuenta del siglo pasado. Parece que alguien quiere entrar por la coladera.

El silencio de estas noches de pandemia es implacable, poderoso. Todo se percibe. El más mínimo movimiento produce ecos confusos. Ruidos nunca percibidos. Las maderas del parqué cobran vida. Los ventanales se reacomodan. Los cimientos se remecen con la succión paulatina del lecho del Valle de México.

Respiraciones nítidas. Arriba. Abajo. En el departamento de a lado, el que está deshabitado desde hace dos meses. El edificio de piedra y cantera rosa se inclina hacia su derecha, hacia donde se esconde el sol. Se recarga impune en una construcción endeble. Más joven, pero endeble.

Esto fue la orilla del Río de la Piedad. El edificio cruje. Se remece. Se hunde y en su desvanecimiento provoca ruidos inescrutables, recónditos, hipóticos.

Los libros respiran. Los grillos chillan en un mar de inmensa calma. La pandemia, el miedo, el encierro originan un cosmos de ritmos. Las polillas se sacian en la alfombra de lana. Las mordidas de los insectos electrifican la noche. Los taciturnos sonidos de los ronroneos de los gatos hambrientos, sin sueño, sin destino claro.

«–¿No vine pues, señor agrimensor?—preguntó Jeremías, pero Frieda, sin volverse una sola vez hacia K., le arrastró… »

Kafka es saboteado por el carraspeo de alguien lejano. O cercano. Por alguna burbuja de comida descompuesta en el refrigerador. Por el zumbido de los cables de electricidad.

El silencio punza. La ausencia de ruido es sevicia para los que han vivido siempre en el caos chilango. El silencio es torva de hastío. Cataclismo para seres acostumbrados al bullicio, al escándalo propio o ajeno.

« ¿De dónde, palomito, Dimitril Fidórovich Karamasov, es esa sangre que tiene en las manos?, contestóme, según creo recordar, que aquella era sangre humana y…»

Ahora es Dostoyevski es saboteado. O el saboteador.  Un clavo se asfixia. El cuadro cede. El muro bosteza. La noche se acurruca. Alguien arrastra los pies en la calle. Un gato cae sobre el cofre de un automóvil estacionado. Las gruesas ramas que no cedieron en el invierno determinan hacerlo en el equinoccio de hace unos días. La arcilla del jarrón ocre busca su cauce milenario.

« Para contrarrestar la creciente fuerza del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) en la región kurda, entre 1992 y 1995 el ejército turco desarrolló nuevas estrategias de contrainsurgencia. Para acabar con las diferentes bases logísticas de la guerrilla, deforestó miles de hectáreas y destruyó más de tres mil aldeas kurdas como castigo a su colabora…»

Las raquíticas instalaciones eléctricas jadean tenues. David Meseguer y Karlos Zarutuza dejan de narrar. Las plantas se desentumen. Un insecto husmea cerca.

Las grietas suspiran ecos nostálgicos. De viejas epidemias en el Valle de México. De viejos sismos. De viejos recuerdos.

El silencio es punzante en la pandemia.

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