Cuando el hijo es grosero, ¿uno se encabrona?

 

Por Astrid Perellón

 

Todavía hay padres que se escandalizan ante un ambiente con groserías que pueda influir en sus hijos. Cuando “en el lenguaje escrito la presencia de insultos ha sido común, su uso ha quedado registrado en todas las épocas del español, incluso en el lenguaje poético”. Francisco de Quevedo en el siglo XVII escribe contra Góngora un soneto donde amenaza con palabras soeces. Jaime Sabines (1973) se refiere en un poema al cáncer como el Señor Pendejo, mandando todo a la chingada.

 

A los padres temerosos les pregunto: ¿Preferirían enseñarles a ser intolerantes con los que se expresan de manera diferente, ya sean compañeros de clase o programas de televisión o los escritores más prestigiosos de la humanidad?

 

Para que el niño tenga congruencia en su entorno escolar y el de casa, así como el ambiente donde tarde o temprano las escuchará, ¿qué te parecería explicarle qué es una grosería y por qué en su casa prefieren no usarlas? Explicar con amor y no con reproche que algunas personas expresan su enojo o incluso alegría con palabras ofensivas. Existen muchas palabras que para algunos son útiles para hablar pero para otros son molestas. Subrayarle que en la familia prefieren no usarlas (a menos que ustedes sean propensos a exabruptos altisonantes; en dado caso tendrán que especificar en qué circunstancias prefieren no usarlas). Invitarlo luego a una alternativa: ¿Cuáles serían maneras distintas de demostrar tu enojo con palabras?

 

<<En la escuela y en el mundo encontrarás muchos que hablan diferente a como en tu casa prefieren que lo hagas. No es que ellos hagan algo mal y tú algo bien. Son distintos. Qué te parece si, en vez de copiar lo que escuchas, mejor investigas qué significa y observas para qué sirve. En vez de juzgar lo que otros hacen y discriminarlos, descubrir que puede uno elegir diferente en lugar de copiar lo que, a mi ver como tu padre, me parece inútil>>.

 

Sería como esa fábula del aquí y el ahora donde nadie invitaba a jugar al jodido. Lo señalaban de lejos, hacían muecas a sus espaldas, lo llamaban por nombres ofensivos, hasta que dijo aquel: <<Soy jodido y qué>>, llenándose de una claridad, desvaneciéndose todo temor porque quien no le teme a las palabras, no le teme a otras cosas como a lo que otros digan o hagan. El jodido todavía sigue jodido pero lo he visto sonriente, como ligero y confiado.

 

 

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