Chavita

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Nagrete

 

Para mis papás

 

Cuando mi papá se fue de la casa se sintió como cuando pierdes tu mejor juguete, tu mejor almohada. Bueno, eso se siente cuando tienes 12 años. Tal vez cuando tienes más de 18 debe de sentirse diferente.

Mi madre, en lugar de estar triste, yo la veía como si se le hubiera ido un problema. Lamentablemente para mi hermanito menor Eloy no era igual, a sus 6 años sufría el abandono de mi padre como una señora de 40 años sufre a su hija recién casada. Desde pequeño se le notaba que lo suyo iba a ser la artisteada. Era toda una Magdalena. No sé porque era tanto su sufrir si casi nunca lo vio, y las únicas veces que lo vio sólo recibió de él maltratos e insultos.

Mi madre trabajaba en ese entonces con una pareja de argentinos. Les hacia el aseo en su casa y en su oficina de lunes a sábado, desde temprano hasta las 5 de la tarde y también lavaba y planchaba la ropa de algunos inquilinos en donde vivíamos. Yo iba en la misma primaria que mi hermanito, así que nos íbamos y nos regresábamos juntos. Tenía amigos en la primaria, a la hora del recreo me reunía con los maestros y les contaba chistes. A veces la maestra de tercer grado nos llevaba a comer a mi hermanito y a mí. Él lloraba de la felicidad.

A ocho cuadras de la escuela estaba el edificio en donde vivíamos, en la azotea.

–Buenas tardes Chavita.

–Buenas tardes Doña Eufrosina.

–Al ratito pasas para que te de unos chicharroncitos ¿eh?

–Si, muchas gracias Doña Eufrosina

Doña Eufrosina era la vecina del 401. Vendía chicharrones preparados con cueritos, lechuga, aguacate y jitomate afuera de la primaria. En ocasiones (como esta) nos regalaba algunos chicharrones que le habían sobrado o estaban rotos. A veces solo comíamos eso. Una vez le regaló a mi mamá un frasco de “Emulsión de Scott” porque a su hijo de 19 años le causó mucho asco. Mi hermanito lloraba porque no se quería tomar esa madre, mientras yo vomitaba al probar semejante asquerosidad. Doña Eufrosina nos procuraba mucho.

Al ver la situación económica por la que estábamos pasando, ya sin tener un apoyo monetario por la parte paterna, decidí adentrarme en el mundo de los negocios, el dinero, los bussines, los automóviles, las mujeres, la moda, las joyas, todo, todo. Seré el dueño de la calle en donde vivíamos, de la cuadra, de la colonia, ¡del mundo entero! Y empecé mi vida laboral en un supermercado. Era un embolsador. “Un cerillo”.

Los dos primeros días pasaron lentos, bastante lentos, pero eso no importaba porque yo tenía en mi bolsa 86.50 pesos. Sólo me faltaba un poco más para poder tener el mundo a mis pies.

Don Agustín entró a nuestras fuerzas especiales de embolsadores cuando yo tenía tres días en ese negocio. Él tenía 84 años, una hija amargada y divorciada de 50 años; un nieto obeso de 12 años, y una esposa muerta diez años atrás. Vivía solo con su gato “Ramón” en un departamentito de 5 por 5 metros en una unidad habitacional.

Su hija, influenciada por Félix, su pareja sentimental de ese momento, además de quitarle la casa en donde vivían en Villa Coapa, un Volkswagen rojo cereza y el poco dinero que tenía, le retiró el habla poco después de la muerte de su esposa.

El tal Félix medio trabajaba de seguridad en un table-dance del centro. Era el tipo que te pedía “pal chesco” por dejarte pasar al palacio del deseo y de la perdición. Cuando veía la oportunidad con algún cliente ebrio, la amabilidad con la que te había hecho sentir como en tu casa y juguetear con todas sus mujeres se volvía todo lo contrario. Era un verdadero cabrón golpeador. Su vocabulario comprendía las leperadas más obscenas, cual secundino en el recreo. Era un auténtico hijo de puta.

Eran las seis de la tarde y en quincena. Yo me moría de sed. Me turnaba con Don Agus para embolsar, uno y uno, cliente y cliente. Hacíamos muy buena mancuerna.

En las noches, cuando la tienda cerraba, nos acompañábamos unas ocho cuadras, en la oscuridad, a comparación de todas las demás siluetas que se veían a lo lejos, la de los novios dándose arrumacos, la del hombre que duerme en las calles tapado por varias cobijas sucias y viejas, la del eterno perrito que va con prisa tratando de llegar a ningún lado.

Estaba la del niño que platicaba con mucho entusiasmo cómo había detenido la caída de una lata de frijoles con su pie derecho y la del anciano que ya está en el ocaso de su vida, escuchante, atento a todas las palabras y gestos de su acompañante. El niño, que podría ser su nieto, llegando a la esquina de Dr. Vértiz y Calzada del Obrero Mundial, en la colonia Narvarte, sus caminos se cortaban. Uno se iba hacia la derecha y el más joven hacia la izquierda y la calle se quedaba sola, ansiosa de volver a ser parte de ese escenario de sombras y siluetas hasta el otro día.

A la vuelta de la primaria No. 84 “Carlos Fuentes” era donde se llevaban a cabo las peleas, los enfrentamientos de poder, las disputas por la bola de papel que fue lanzada en la clase de Ciencias Naturales; las muestras de respeto y la búsqueda de la justicia a favor de los más débiles. Ese era mi caso, era la tercera vez que le advertía a Benítez que le bajara.

–¡Te vuelves a burlar de mi hermano y ahora si te parto tu madre!

–¡Y tú deja de llorar cabrón!-– le gritaba a mi hermano

No sé si mi mamá o mi papá nunca pensaron en las complicaciones y sobre todo los golpes que le iban a traer a mi hermano y a mí por defenderlo cada vez que le gritaran cuando pasaba al pizarrón: “¡Que pase Eloyito!” “¡Eloyito huele a mierda!”, y toda esa gama de estupideces que se le ocurría hasta al más pendejo de la clase. En eso sí eran hasta poetas los desgraciados.

Entonces ahí estaba yo, propinando puñetazos y patadas gracias a que mis padres no le pudieron poner a mi hermanito “Juanito” o “Carlitos”. Cuando tropecé y caí con la cara en el suelo, un vidrio se me enterró en el ojo izquierdo y perdí la visibilidad del mismo.

Mi mamá consiguió, por medio de sus patrones, que me atendieran en una clínica del ISSSTE y ya llevaba una semana en mi casa recuperándome y acostumbrándome a ver todo en segunda dimensión. Eloy lloraba amargamente por mi ojo, cuando mi mamá me dijo:

–Tienes visita Chavita.

Era Don Agus que me había venido a ver…

–¡Como esta Don Agus!

La verdad es que me dio mucho gusto verlo. Bueno, medio verlo, ya que era mi único amigo y mi único ojo. Él casi no hablaba, pero ese día se sentó a mi lado en mi cama y me dijo:

–Te extrañe mucho y discúlpame el atrevimiento de venir a invadir tu espacio, pero pensé cosas muy feas y me vi en la necesidad de pedirle tu dirección al encargado. Mira, te traje esto.

De una bolsa de plástico sacó una gorra del Hombre Araña y me explicó:

–No sé si sea tu favorito, pero creo que el de mi nieto sí y pues como es de tu edad pensé…

–¡Esta padrísima Don Agus! ¡Muchas gracias!

Realmente mi favorito era Superman, pero nunca había recibido un regalo con tanto gusto. Estuvimos platicando como dos horas. Me sorprendió que él casi no hablaba, pero me platicaba de su hija cuando era niña y la vez que se cayó de la hamaca en una playa de Acapulco. De cuando era joven y lo confundieron con Rigo Tovar en la calle y lo querían linchar por su mal gusto. Platicamos mucho. Me contó que se muere de ganas de abrazar a su nieto y a su hija sin importar lo que había pasado. Me dijo:

–El perdón es una forma de demostrar que todavía somos humanos, de que tenemos un corazón, de por qué estamos en este mundo. Si no existiera el perdón, este maldito mundo ya no existiría. No sabes cuantas ganas tengo de ir a Villa Coapa.

Yo sentía como si se estuviera despidiendo. Tal vez esas semanas en las que estuve ausente, reflexionó sobre la soledad, el perdón, la amistad y todo lo que te hace saber que la vida tiene sentido.

A los dos días ya estábamos de nuevo como un equipo trabajando. Yo tenía puesta mi gorra del Hombre Araña. Como a las seis de la tarde me invitó a hacer algo inusitado:

–Tú sígueme la corriente y haz cara de dolor.

Me llevó con el supervisor y le dijo que yo no aguantaba un dolor en el estómago y que además por lo mismo me dolía el ojo. El supervisor le pidió de favor que si me llevaba a mi casa para que mi mamá me llevara al doctor. Salimos del súper y Don Agus empezó a reír como un niño. Estaba feliz por haber hecho esa travesura. Cuando dejo de reír un poco me apuró:

–Date prisa, la película empieza a las 6:40.

–¿La película?-

Don Agus me llevó al cine esa tarde. Me compró palomitas y refresco. Yo pienso que él imaginaba que yo era su nieto, y a mi no me molestaba en absoluto que el pensara eso. Un par de ocasiones me presentó como su nieto con algunas señoras que iban al supermercado. Pasé muy buenos momentos con Don Agus. Era como su nieto y él era como mi abuelo que nunca tuve.

Fue un diciembre. Hacía demasiado frío. El gas se termina más rápido porque el agua se tarda más en calentar por el frío. Dicen que fue una fuga de gas. Simplemente estaba dormido y la acumulación de gas en el cuarto impidió ir a ver qué pasaba. Morí dormido.

Que yo recuerde no sentí ningún dolor ni nada. Mi mamá y mi hermanito estaban en el mercado. Cuando me velaron solo estaba, mi mamá, mi hermanito –que no paraba de llorar–, Doña Eufrosina, mi maestra Lulú de tercer grado, Ricardo mi supervisor y ya.

Don Agus no tuvo la fuerza de entrar a la casa al velorio. Estaba acabado y triste de nuevo. Su sonrisa que había vuelto a brotar desapareció. Dejó de hablar. Los ojos se le volvieron a hundir, los tenía secos de tanto llorar.

En tan sólo unos meses Don Agus y yo encontramos lo que en diez años habíamos perdido o no habíamos tenido nunca. Fueron buenos tiempos.

Don Agustín salió a la calle, todavía con lágrimas en los ojos. Se abotonó su suéter y tomó un taxi con rumbo a Villa Coapa…

 

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