Mi carta apócrifa a Coco Chanel

Por Karenina Díaz Menchaca

 

La resiliencia es definida por la Real Academia  Española, de la siguiente manera: “Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”. Sabemos que en su versión más pura es aplicada a la física y que no está alejada del comportamiento humano, de sus emociones y consecuencias; sobre todo, de la forma en cómo afronta el mundo.

Una de mis ‘personajas’ favoritas resilientes  no es una mujer de alguna novela como Anna Karenina (quien también se lleva su mérito), sino una que abrió el siglo de la moda desde París para el mundo, a pesar de que nadie hubiera apostado por su éxito, lo logra abasteciéndose del orgullo necesario para salir adelante. Criticada por reflejar superficialidad, pocos saben los sucesos que tuvo que librar: carencias de todo tipo, dos guerras mundiales y la soledad como única fiel compañera.

Querida Coco,

Como muchos personajes virtuosos y controversiales, seguramente hay secretos que te llevaste a la tumba; sin embargo, llegó el día en que no pudiste ocultar tus orígenes humildes y quedaría revelado ante el mundo, que no fuiste educada por un par de tías aborrecibles – tal y como dejaste publicado en el libro El Aire de Chanel, una especie de biografía autorizada, escrita por ese amigo tuyo, Paul Morand – sino por un orfanato romano de Aubazine, al igual que a tus hermanas Julia y Antoinette, mientras que tus hermanos, Alphonse y Lucien, al parecer fueron entregados a una familia campesina. Naciste bajo el signo de Leo, el 19 de agosto de 1883. Tu acta de nacimiento reveló que fuiste hija ilegítima de la pareja que formaban Albert Chanel y Jeanne Devolle. Al parecer una monja fue la que te puso el nombre de Gabrielle. Ahora puedo entender, las pocas veces que dejaste ver la verdad, pero deduzco que desde tu fiera infancia se desencadenaría toda una serie de ausencias afectivas que tendrías hasta tu último día.

El orgullo fue lo que te mantuvo viva y de pie. Fuiste la Madame Chanel que innovó el peinado “a la garçon”, el despojo de los corsés, el uso de telas sencillas, la piel bronceada tipo campesina, el famoso vestido negro (petite robe noire) – que ahora no falta en ningún clóset -, los collares de perlas largos, que imitaron aquellas actrices de Hollywood, como Grace Kelly y Katharine Hepburn; incluso Jackie Kennedy portaba tu marca cuando asesinaron a su esposo.

Se dice que tus amantes te ayudaron. Comenzó todo con el apoyo de Etienne Balsan –tu primer amor- con quien conocerías a la alta sociedad parisina; él mismo te presentó a su joven amigo, de origen inglés, Arthur Boy Capel, de quien te enamoraste a primera vista. Pero, aún con todo, entre los dos te financian tu primer negocio: una sombrerería, en el 21 de la rue Cambon, la conocida Mansión Chanel la cual existe todavía. Aquí comenzó tu aventura. Sobre esto dijiste: “Se empieza por desear el dinero. A continuación se coge el gusto por el trabajo…tenía que comprar mi libertad, costara lo que costara”.

Te comienzas a dar cuenta que las mujeres te siguen y deciden esa ropa cómoda como la que tú usas. Comienza la ola de lo que será el feminismo en Europa, las mujeres salen a las calles a ganar su propio dinero, dejando atrás esa moda tan Belle Époque, que en realidad sometía sus cuerpos peor que cinturones de castidad. Cuando te cortas el cabello como muchacho lo haces porque Boy no se casa contigo, (lo hace con una aristócrata) con todo, sólo su muerte los separó, pero tus seguidoras, también se lo cortan “a lo garçon”.

Tu marca sobrevive a crisis como la de 1929, a la primera guerra mundial, a amores furtivos y efímeros, y cuando estás a punto de anunciar tu compromiso con Paul Iribe – un vascofrancés que había diseñado decorados espectaculares para las películas de Cecil B. de Mille en Hollywood, y quien también diseñó joyas para ti – muere de un paro cardiaco enfrente de ti. Ya es 1939 y las huelgas se arrecian en toda Europa. Cierras tus fábricas, menos tu boutique.

fa-cronicas

Segunda Guerra Mundial

Durante la ocupación alemana de Francia decides mudarte al Hotel Ritz, lugar de residencia de los altos comandos militares nazis, nada tonta comienzas una relación con el jefe de inteligencia nazi, el barón Hans Günther von Dincklage, pero la misma te lleva a problemas posteriores cuando te relacionan como espía nazi.

Sólo tú sabes qué tan cierto fue tu antisemitismo al que ahora se te vincula, al menos ya se sabe que aseguraste la liberación de tu sobrino de un campo de internamiento militar, y pudiste arrebatar el control de tu marca de perfumes a tus socios judíos, quienes se tuvieron que exiliar en Estados Unidos durante la guerra. Supuestamente tu número de agente era Abwehr, el F-7124, y tu alias, Wesminster.

Lo que no saben de ti:

-Que nunca fuiste a una escuela, pero que tu famosa frase “Se tiene éxito con lo que se aprende”, precisamente nace de lo que te enseñaron desde el orfanato: a coser prendas.

– Que dejaste el orfanato creyendo que tu destino era cantar, así comenzaste en el café La Rotonde, de Moulins, donde tu repertorio se limitaba a dos canciones, y una de ellas el sonsonete ¿Quién ha visto a Coco en el Trocadero? De ahí viene Coco.

– Que eras una ferviente lectora de novelas.

– Que quedaste estéril, después de un aborto de tu único embarazo de tu relación con Arthur Boy Capel. Razón por la cual, el duque de Westminster, tampoco se casaría contigo, él necesitaba un heredero.

– Que te relacionaste íntimamente o culturalmente con personajes como Igor Stravinsky, Salvador Dalí, Picasso, Eric Satie, Jean Cocteau, etc.

Me despido querida Coco, no sin antes prevenirte de que muchos seguirán hablando de ti, harán películas y obras de teatro sobre tu vida… quizás, nadie tendrá la verdad completa o sólo la que tú querías que se viera.

*Parte de este texto fue publicado en el portal GENTE TODAY en Mayo de 2013

 

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