Alcohol, abandonos y balas

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

Me da mucho coraje que el día que muera me voy a perder de muchas películas y cosas nuevas, mis platillos favoritos; cuando muerdes un corte de carne y sientes cómo sus jugos inundan tu boca causándote sensaciones de placer. Cierras los ojos y te transportas a otras fechas, en las que estás contento, con buena compañía.

Perderé la oportunidad de disfrutar de las cosas que tanto me gustan. Tomar una cerveza acompañado de un cigarro mientras escucho la música que me gusta. Las diferentes emociones que siento cuando beso, abrazo y hago el amor con mi Ale. El placer de ver a mis seres queridos, de festejar cumpleaños, navidades, años nuevos y todo tipo de reuniones de esas que son sin motivo, simplemente por el gusto de estar juntos.

Creo que lo que más coraje y tristeza me da es que no voy a ver a mi hijo crecer. No le voy a poder enseñar como afeitarse, esas levantadas en la madrugada que esté llorando porque tiene hambre o simplemente tiene ganas de llorar, o esas madrugadas que nos despierte para decirnos que llegaron los reyes magos y tiemble de emoción y frío. Pero eso no importa. Eso se quita con la excitación de ver sus regalos, sus primeros días de clases y ver toda su vida hasta llegar al punto en el que yo estoy esperando a que nazca su hijo.

Cuando Lalo era niño, sólo veía cómo su papá se emborrachaba con el dinero que conseguía su mamá en el mercado atendiendo mesas de una fonda económica. Lalo decidió que era momento de ayudar a sus padres consiguiendo algo de dinero.

Lalo, a sus 12 años, ya empezaba a robar con su amigo “El Piolín”. Los policías de la zona ya los habían zapeado algunas veces y les quitaban el dinero y las pertenencias que habían robado dentro del mercado. Ese era el negocio, darles un poco a los policías para que a ellos les quedara algo. Así ganaban todos.

A los 16 años Lalo ya tenía un hijo con Lorena, la chica de 21 años que trabajaba en la estética del mercado. Ramón, como se llamaba su hijo, era muy sonriente. Tenía su cabello rizado  y solo dos dientes.

Cuando Lalo tenía 20 años vivía en otro cuarto dentro de la misma vecindad que su mamá. Su padre había fallecido cuando se cayó de un quinto piso en una construcción en la que le habían dado trabajo de velador. Con medio litro de mezcal y un cigarro de marihuana había terminado cantando en la cornisa del edificio. La suela de uno de sus tenis se le despegó y se atoró con unos pedazos de madera y cayó en un espacio donde había cascajo y varillas. Murió como a los cinco minutos del impacto. Los audífonos que traía puestos quedaron tirados entre vidrios, piedras y sangre. Todavía sonaba una canción.

 

“Y  me contaron ayer las lenguas de doble filo que te casaste hace un mes

Y yo me quede tan tranquilo, otro cualquiera en mi caso

Se hubiese puesto a llorar y yo cruzándome de brazos

Dije que me daba igual, nada de pegarme un tiro

Ni acosarte a maldiciones ni apedrear con mis suspiros

Las rejas de tus balcones, que te has casado, buena suerte

Vive cien años contenta y que a la hora de tu muerte

Dios ni te lo tome en cuenta y si al pie de los altares

Mi nombre se te olvido, por la gloria de mi madre

Que no te guardo rencor, más que tu hombre es rico

Te brindo esta profecía, allá por la madrugada

Soñaras que fuiste mía y recordaras la tarde

En que mi boca te beso y despertaras llorando

Y te llamaras cobarde, cobarde como te lo digo yo

Porque aquel que no fue ni  tu novio ni tu marido ni tu amante

Ha sido quien más te ha querido y con eso tengo bastante

Y no le pido yo al cielo que te mande más castigo

Que estés durmiendo con otro y estés soñando conmigo”.

 

Lalo ya tenía un arma calibre .22 con la que llevaba a cabo sus atracos. Ahora ya robaba tiendas, transeúntes, microbuses, camiones y a veces, cuando estaba muy drogado, se metía a restaurantes a robar. Su hijo Ramón, de cuatro años, era sordo y esa era la excusa de Lalo para robar y juntar dinero para una operación, pero todo se lo gastaba en drogas y alcohol.

Las dos veces que lo agarraron los pasajeros de un microbús robando, lo empezaban a golpear cuando, con lágrimas en los ojos y mostrándoles fotos de su hijo enfermo, lo dejaban ir con algunos golpes.

Una semana después yo iba sentado en el último asiento del camión, en donde está la puerta y traía puesto mis audífonos conectados a mi celular:

 

Naila, di por qué me abandonas,

Tonta, si bien sabes que te quiero;

Vuelve a mí, ya no busques otro sendero.

Te perdono porque sin tu amor,

Se me parte el corazón.

 

En la esquina de donde está el mercado se subió Lalo con su amigo “El Piolín” y escuché como gritaban porque estaban furiosos y empujaban a la gente. Todo lo vi en cámara lenta. Me quite uno de los audífonos…

–¡Y cuidadito al que se haga pendejo y lo cache guardándose sus cochinadas por que se los carga la chingada! ¡Aflojen todo hijos de la chingada!

Lalo se acercó a mí y me pidió mis cosas apuntándome a la cabeza.

–Tengo un hijo. No seas cabrón. Aquí está mi teléfono y mi cartera.

 

Lalo tomo mis cosas y se alejó como cinco pasos. Se quedó parado, con la cabeza baja, mirando lo que traía en sus manos. Volteó a verme y mientras avanzaba hacia mí me dijo:

–¿Un Alcatel? ¿Crees que soy pordiosero o qué? ¡Hijo de la chingada!

Vi como dejó caer mi teléfono y se estrelló en el piso. Cuando levante la mirada ya me estaba apuntando en el ojo derecho. Escuche un ¡bang! y sentí como la bala atravesaba mi cabeza e iba quemando todo a su paso. Sentía muy caliente todo hasta que todo se volvió negro y ya no sentí nada.

Lalo fue el que me quito la oportunidad de disfrutar de las cosas que me gustan y de las que aún no conocía y que nunca conoceré.

Mi hijo quedó huérfano antes de nacer… El de Lalo a los cinco años.

 

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