Al Torito por 2 tragos de cerveza

Por Nubia Lizet Rosas Montaño

Fotos: Eréndida Negrete

Ni si quiera era día de fiesta, ni quincena, ni fin de semana. Literal, sólo fue por el puro antojo.

Ese día quedé de verme con un amigo en la Condesa para ir a comer. El plan era que yo iba a ir a su trabajo para aprovechar su hora de comida. Y así fue, pero cuando iba llegando escuché una voz en mi espalda. Era él. Cuando me dijo que me acercara era para comentarme que, al mover su carro, no se dio cuenta y chocó con el de atrás.

Llamaron a la aseguradora y se tardaron más de lo normal. El chiste fue que se nos fueron casi 40 minutos y decidimos que mejor ese día, cuando yo saliera del gimnasio, iba a pasar por mí e íbamos a ir a cenar.

Llevaba lunes y martes sin ir a entrenar, pero no quería dejar la costumbre, así que decidí ir. Era miércoles. Se supone que lo máximo de días que debes dejar de entrenar son tres. Yo llevaba cuatro.

En fin. Hice mi rutina normal: 20 minutos en escaladora, luego otros 20 en elíptica, otros 20 en la caminadora y remataba con abdomen. Después me fui a bañar, me cambié y me arreglé. Vi el teléfono y eran 8:20.

Veinte minutos de retraso y ni rastro de él. Se comunicó conmigo al diez para las nueve diciéndome que el tráfico estaba  imposible y que ya no alcanzaba a llegar. Me enojé y no le contesté.

No quería llegar temprano a mi casa, así que decidí hablarle a mi mejor amiga para ver si podía ir a su casa a verla y a dar la vuelta por ahí. Es típico, nos hablamos y nunca estamos ocupadas para nosotras. Por eso es mi mejor amiga.

Llegué, saludé a su mamá, subí a su cuarto a dejar mi maleta y nos salimos. Yo iba contándole que como iba saliendo del gimnasio tenía mucha hambre y que se me antojaban unos taquitos. Pero en eso vimos un puesto de micheladas. Se me hizo agua la boca y en vez de tacos me compré una. Ella no quería del todo pero de todas formas le dije que me iba a ayudar.

“No hay que irnos tan allá porque están los policías y nos pueden regañar”, me dijo ella haciendo alusión de que no se puede tomar en vía pública. Estábamos en la explanada de la delegación Iztapalapa. Yo llevaba solo dos tragos, nada más. Ella uno y a regañadientes.

Se nos acercaron dos policías a preguntarnos que qué estábamos tomando. Le enseñamos el vaso y se dieron cuenta que era una michelada. Nos empezaron a echar el rollo de un artículo de que no se puede tomar en vía pública, que por favor los teníamos que acompañar al juzgado cívico.

Obviamente nos pusimos nerviosas. No sabíamos qué hacer. Y es que la verdad se nos hacía absurdo que nos quisieran llevar a la delegación solamente por eso.

Los oficiales nos dijeron que no nos iban a detener. Solamente íbamos a ir a la delegación a que nos hicieran un examen médico, a hacer una declaración y ya nos iban a soltar.

Entonces pensamos que era sólo como una regañadita, así que accedimos con tranquilidad. Lo que no sabíamos era que los policías que trabajan en ese tipo de operativos tienen una cuota que cumplir de personas que tienen que llevar al juzgado para que no les aumenten horas de trabajo. Nos vieron la cara de pendejas.

Cuando llegamos al juzgado tardaron casi cuarenta minutos en que nos atendieran. Para esto Rosa ya había llamado a su hermana y yo había llamado a un amigo porque se nos hacía extraño que para lo que nos habían dicho se tardaran tanto.

Primero nos catearon de pies a cabeza. Ahí fue cuando la noche comenzó a hacerse larga. Sentí que nos trataban como delincuentes. Luego nos pasaron con el médico. Nos hizo soplar en un cono que hizo con una hoja. Nos pidió que hiciéramos “el cuatro” y nos revisó las pupilas con una lamparita. Luego nos entregó una hoja que decía: “Con aliento alcohólico, no ebria no toxica”.

Después nos llevaron con la secretaria del juez para que hiciéramos nuestra declaración. No mentimos. Dijimos las cosas tal cual pasaron. De verdad se nos hacía algo muy absurdo. La secretaria nos dijo que teníamos que pagar no sé cuántos días de salario mínimo, que equivalían a 2 mil 150 pesos o 28 horas en “El Torito”.

Mil cosas pasaron por mi cabeza. ¿En serio por dos tragos me voy a ir al Torito? ¿A mis 19 años iba a pisar El Torito por una tontería? ¿De donde voy a sacar ese dinero? ¿A quién más  le hablo para que me ayude? ¿Qué le voy a decir a mis papás?

En lo que decidían qué harían con nosotras nos metieron a un cuarto de tres por tres en donde había unas bancas frías y una taza de baño en una esquina. Todavía no asimilaba que eso nos estaba pasando.

Rosa y yo nos reíamos de los nervios, llorábamos, terminábamos de contarnos los chismes o lo que nos había pasado antes de vernos. El punto era distraernos. Pasaban y pasaban los minutos y nosotras no sabíamos ni escuchábamos nada.

“Chicas, se van a ir detenidas al Torito por 28 horas. Sus papás no quisieron pagar fianza. Por favor denme sus muñecas”.

Y ahí no se acabó la noche. Seguía el mítico “Torito”.

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