Por Daniel Lara
Aquí está la vida. Estática, imberbe, fría. Las delicadas nubes, el agua la acarician, como el cálido tacto de una madre a su pequeño. Aquí, en donde el mar se encuentra con la tierra y las olas hacen fervientemente el amor con la arena, es presentada una ofrenda sin apología, un regalo retornado, un corazón apagado.
Aquí está la vida, muda. Aquí están los ojos, ciegos. El divorcio entre la carne y el alma.
Aquí está la vida, arranada de sí misma, ahogada en un mar, pero no de sal, un mar de dinero, un mar de política, un mar de guerra, un mar de odio.
Aquí yace una semilla arrebatada de la tierra antes de florecer. Un niño privado de su mundo, de nuestro mundo.
¿Cuál es la excusa? ¿Cuál es la justificación? ¿Cuál es el por qué?
Que alguien lo levante, que alguien lo despierte y se lo diga.
Por Mónica Monserrat Ramírez Rivera
La espuma de las olas parece cobijarlo, como si él hubiera escogido la arena para descansar y tomar fuerza. Aylan está prono, contándole las injusticias a la tierra para que lo lleve lejos de ahí.
Aylan está inmóvil. Sus manos cianóticas revelan su huida, su escape de la guerra que representa su playera roja, enfurecida.
Parece que el mar le tuvo cuidado. No le quitó ni un zapato e hizo que se viera limpio, inmaculado.
Aylan ha dejado el mundo inhumano que conoció. Ya no escucha. Su oreja pálida se cansó. Ya no mira el desastre que ocasionó su partida. Ya no está.
Por Roberto Carmona Arellano
Las mareas son fuertes. El viento acompañó los recuerdos hasta la orilla de una playa. Se rompe. Se rompe el romanticismo entre la arena y el mar. Un cuerpo tendido en la orilla. Un niño de apenas 3 años.
Es el resultado de huir del terror. De huir de la realidad. El destino lo tenía en sus planes. Vestido de rojo y pantalón azul, el cuerpo del niño está tendido boca abajo, como abajo están los derechos humanos, como abajo está la paz, la alegría, el respeto.
Ahí está, el niño tendido en una playa solitaria. El resultado de una guerra sin fin.