Por Varinia de la Cruz
¿Puedes realmente decir que eres libre? Hoy, que el sistema capitalista en decadencia a punto de la desaparición, provoca a las mayorías un verdadero caos, un holocausto, millones de muertos y desparecidos, en la última quinquena, actuando contra los niños, contra los pueblos, contra las fuentes de alimento, contra las semillas y continentes, contra los pueblos de América Latina, contra los migrantes, contra nuestros hermanos del mundo. Agregado a esta terrible suerte, el papel de los medios de comunicación, establecidos por el sistema, e influencers indefinidos y serviles, en una aplastante mayoría, mal informa a la gente; los medios establecidos, son herramientas en pro de la ignorancia en el sistema imperante.
En mi búsqueda por informarme, encontré, como lectora, a seres natos, hijos del pueblo, que abren caminos a la sabiduría humana, que llegan a la profundidad de las cosas, que van avante en caminos inexplorados en su país, donde la verdad se oscurece, ellos ponen una vela para que la miremos clara.
¿Al escribir ejerces tu libertad? Tema que fué el centro de nuestra conversación, en esta primera entrega, con Alberto Erazo Castro, escritor, investigador, sobre la problemática que atraviesa la humanidad. Geopolítico Gambusino,le llamaría metamorfeando su oficio.
El autor ha sido crítico del sionismo rampante, y de la perjudicial influencia de Occidente en nuestro mundo latinoamericano, Les abre los ojos a sus miles de lectores, sobre lo que sucede en el mundo, en Latinoamérica, sobre todo en Honduras su país natal. haciendo una certera crítica de la realidad que nos rodea, acusando a los “vampiros” del sistema que nos oprime.
Hombre indagativo y curioso, por naturaleza, le preocupa y denuncia, la injusticia contra la naturaleza, los animales, las comunidades indígenas, Honduras, su gente, sus ríos y mares, Latinoamérica y cada parte que comprende el mosaico multicolor de nuestra identidad y soberanía, su visión del mundo, de las clases sociales, y de cómo volvernos a reconfigurar como una Civilización naciente, alejados del mundo occidental que nos aniquila.
Sus artículos y análisis geopolíticos son traducidos al ruso, al mandarín y al inglés, y circulan por varios pueblos de latinoamérica y el mundo, también es escritor leído en México.
Escribo ahora, un trabajo periodístico de 3 entregas, sobre el Sociólogo y analista Hondureño, Alberto Erazo Castro, quien, en una charla profunda debajo la misma Luna, hablamos sobre, La guerra, Occidente, EU, Israel, China, Rusia, Latinoamérica, Honduras, México, Su afición por la lectura, sus influencias culturales. Los temas de interés para todos desde su perspectiva. Les dejo una interesante y profunda charla con Alberto Erazo Castro.
¿Quién eres?
Soy una persona sencilla y bastante reservada. Cuando me preguntan a qué me dedico, suelo responder de la manera más simple: soy sociólogo y me dedico también al análisis internacional; actualmente, además, al articulismo.
Generalmente me presento simplemente con mi nombre, Alberto Erazo Castro. No me gusta definirme únicamente por una profesión o por un cargo. Soy una persona que intenta comprender el mundo que le ha tocado vivir. Me interesan la sociedad, la historia, la política y, sobre todo, las relaciones de poder que terminan influyendo en nuestra vida cotidiana y en el destino de los pueblos.
Estudiar, analizar y escribir forman parte de mi manera de comprender esa realidad. Escribir no es para mí solamente una profesión o una actividad intelectual; es también una forma de ordenar mis ideas, cuestionar lo que observo y expresar aquello en lo que creo.
Me define también mi manera de pensar y mi posición ante las cosas. Tengo convicciones propias y procuro mantener coherencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Soy reservado, tengo una forma particular de ver el mundo y también una manera propia de hablar y expresarme.
No intento parecerme a nadie. Creo que parte de lo que uno es consiste precisamente en conservar su propia personalidad, sus propias ideas y su propia forma de entender la vida.
En pocas palabras, soy alguien que intenta vivir de acuerdo con sus convicciones, comprender la realidad que lo rodea y, mediante la palabra, aportar algo a la comprensión de su tiempo.
¿Cuál es tu razón de ser en esta vida?
Entendí eso cuando comencé a manifestar mis ideas y a darle un norte a lo que pensaba y a lo que quería aportar a la gente de mi país. Desde entonces comprendí que mi trabajo no debía limitarse únicamente al presente, porque sé que los cambios históricos son graduales y que posiblemente muchas de las transformaciones que considero necesarias no llegue a verlas durante mi vida. Aun así, creo que uno tiene la responsabilidad de dejar algo detrás de sí, y especialmente dejar palabra escrita, porque una persona puede desaparecer, pero sus ideas pueden permanecer, ser discutidas, retomadas y quizá trascender con el tiempo. Por eso mi razón de ser es sumar a Honduras, a su pueblo y a América Latina en general; poner mis conocimientos, mi pensamiento y mi palabra al servicio de este continente y de quienes lo habitamos. Si algún día mis escritos sirven para que alguien comprenda mejor su realidad, se haga una pregunta que antes no se hacía o encuentre una idea que pueda continuar desarrollando, entonces sentiré que mi trabajo tuvo sentido. No sé cuánto de lo que hoy pienso llegará a realizarse, ni siquiera sé si estaré aquí para verlo, pero sí sé que quiero contribuir mientras pueda y dejar algo que permanezca después de mí.
¿Cómo fuiste descubriendo tu interés por todo?
Vi cómo la evidente desigualdad desfiguraba a mi país en aras del progreso.
Creo que mi curiosidad comenzó con algo muy sencillo: la naturaleza. Siempre he tenido un gran cariño por ella y una curiosidad muy fuerte por saber cómo funcionan las cosas, especialmente el mundo natural. Donde crecí tenía las montañas prácticamente al lado, y eso me permitía acercarme a la naturaleza de una manera muy directa. Crecí viendo iguanas, pájaros y otros animales; muchas veces me tomaba el tiempo de sentarme y observarlos. Aquello despertó en mí algo que todavía conservo: la necesidad de observar, hacerme preguntas y tratar de comprender lo que tengo delante. Antes de interesarme por la sociedad, creo que aprendí a mirar el mundo precisamente observando la naturaleza.
Años después comencé a presenciar lo que todos llamaban “progreso”. Las montañas y los espacios naturales donde había crecido empezaron a ser desplazados para construir colonias y urbanizaciones. Los animales fueron desapareciendo y aquel mundo natural que había formado parte de mi infancia comenzó a reducirse. Entonces empecé a preguntarme qué significaba realmente ese progreso, porque desde mi experiencia no significaba necesariamente una mejora de la vida. Significaba muros, urbanizaciones cerradas y personas separándose de otras personas por miedo, por inseguridad y por la necesidad de proteger sus bienes. Incluso para llegar a lugares naturales que antes tenía cerca, ahora tenía que dar grandes vueltas porque el espacio había sido ocupado por construcciones. Todo aquello me hacía preguntarme qué clase de sociedad estábamos construyendo y por qué aceptarla como normal una realidad marcada por la inseguridad, la incertidumbre y la desigualdad.
Con el tiempo empecé a comprender que detrás de esas transformaciones había algo más profundo. Veía en los medios cómo funcionaban Europa, Japón y otros países que aparecían como ejemplos de desarrollo, y comparaba esas imágenes con la realidad que yo observaba en Honduras. Durante un tiempo pensé que quizá nuestro camino consistía en reproducir aquellos modelos. Pero mientras más estudiaba y observaba, más comprendía que yo no era europeo ni japonés: era hondureño y latinoamericano. Podíamos aprender de otros pueblos, estudiar sus experiencias y tomar aquello que nos sirviera, pero no teníamos por qué convertirnos en una copia de ellos. Ahí comenzó a formarse una de las ideas que después marcarían mi pensamiento: América Latina tiene que ser capaz de pensar su propia realidad y construir algo propio. Creo que de esa curiosidad inicial por la naturaleza nació, poco a poco, mi necesidad de comprender la sociedad, la historia, la política y el mundo en el que vivimos.
¿Cuál fue la primera ideología formativa en tu infancia?
La primera formación que tuve en mi hogar fue religiosa. Durante mi infancia asumía que muchas de las respuestas a las injusticias y a esas cuestiones extrañas que veía en mi país, situaciones inusuales, pero completamente normalizadas por la gente, debían encontrarse en la Biblia, en Dios o en la propia Iglesia. Cuando algo no comprendía, mi primera referencia era espiritual; pensaba que detrás de aquello debía existir alguna explicación que todavía no alcanzaba a comprender.
Con el tiempo empecé a descubrir los matices entre las distintas religiones y, también desde muy niño, percibía una contradicción que me resultaba difícil ignorar: veía instituciones religiosas profundamente vinculadas al dinero y a determinadas formas de poder. Me decían que yo iba a la iglesia para encontrar a Dios y que debía sentirlo, experimentar ese famoso «fuego de Cristo» del que hablaban los pastores. Pero yo no sentía nada de aquello. Mientras veía a otras personas saltando, llorando o realizando manifestaciones que para ellos eran expresiones de fe, yo permanecía observando. No podía fingir una experiencia que sencillamente no tenía. Y muchas veces esos mismos pastores terminaban haciéndome sentir mal por no experimentar la fe de la manera que ellos consideraban correcta.
Pasé así de una religión a otra, siempre intentando encontrar respuestas. Con el tiempo me acerqué más al catolicismo y descubrí algo que para mí resultó importante: su tradición intelectual y su doctrina social ofrecían explicaciones sobre cuestiones como la pobreza, la desigualdad, el trabajo, la propiedad y la dignidad humana que iban mucho más allá de una simple respuesta espiritual. En algún momento también descubrí aquella tradición social católica que llegó a establecer diálogos y tensiones muy interesantes con ideas de raíz socialista y comunista. Considero que buena parte de esa tradición ha sido desplazada o debilitada por las corrientes liberales contemporáneas, hasta el punto de que muchas de sus formulaciones más críticas parecen haber quedado relegadas.
Por eso, cuando pienso en mi infancia y adolescencia, la espiritualidad fue mi primera herramienta para intentar comprender el mundo. Mis dudas comenzaron allí. Primero buscaba respuestas en Dios y en la religión; después empecé a preguntarme por qué las personas creían, por qué existían determinadas injusticias, por qué algunas instituciones actuaban de una manera y no de otra y por qué ciertas cosas eran aceptadas como normales. Sin darme cuenta, esas preguntas fueron desplazando mi mirada desde lo espiritual hacia lo social, y terminaron convirtiéndose en una de las raíces de mi interés posterior por la Sociología.
¿Cómo definiste tu ideología filosófica de vida?
Muy joven empecé a comprender que tenía que fijarme en los problemas sociales, observarlos con detenimiento y, sobre todo, sacar mis propias conclusiones. Durante mucho tiempo ni siquiera me define como alguien de derecha o de izquierda. Había algo particularmente revelador en ser hondureño: uno podía mirar alrededor y comprobar que tanto la derecha como la izquierda habían tenido tiempo suficiente para demostrar lo que eran capaces de hacer, y el resultado, al menos para el país, era bastante poco alentador. Ninguna de las dos había conseguido transformar de manera profunda la realidad hondureña. Y cuando uno observa eso desde muy cerca, las etiquetas políticas empiezan a perder parte de su encanto.
Con el tiempo entendí que tampoco podía atribuir todos esos fracasos a las ideologías. El problema, muchas veces, estaba antes: en las personas. Una ideología puede hablar de justicia, igualdad, libertad o solidaridad, pero ninguna de esas palabras sirve de mucho cuando quien las pronuncia es un miserable en su vida cotidiana. Me resultaba particularmente llamativo encontrar personas que se presentaban como izquierdistas, progresistas o defensoras de determinadas causas y que, en su vida privada, maltrataban a sus parejas, eran infieles, abusaban de la confianza de otros o actuaban con una mezquindad que difícilmente podía conciliarse con aquello que proclamaban en público.
Aquello me hizo desconfiar bastante de las etiquetas. Es muy fácil declararse progresista, revolucionario, conservador, liberal o cualquier otra cosa; basta con abrir la boca. Lo difícil es comportarse de acuerdo con aquello que uno dice creer cuando nadie está mirando y cuando hacerlo no produce aplausos. Hay personas capaces de recitar durante horas sobre justicia social y después tratar como basura a quien tienen al lado. También hay quienes hablan de libertad mientras pretenden controlar la vida de los demás. En esos casos, la ideología parece ser apenas un disfraz bastante conveniente.
Por eso terminé entendiendo la ideología de una manera distinta. Para mí no se define únicamente por los libros que uno lee, las consignas que repite o la etiqueta que decide colocarse. Se define por la congruencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Una persona puede equivocarse en sus ideas, cambiar de posición o incluso sostener planteamientos que yo considere equivocados; lo que me interesa es que exista una correspondencia entre sus principios y sus actos. Al final, la verdadera ideología de una persona se revela menos en sus discursos que en su conducta. Las palabras pueden mentir con bastante facilidad; las acciones suelen tener menos talento para hacerlo.
¿Honduras es un pueblo definido ideológicamente?
Honduras es un país bastante particular en ese sentido. Como te decía antes, hasta 2022 nunca habíamos tenido un gobierno que se presentara como propiamente de izquierda. Yo mismo, durante buena parte de mi infancia y adolescencia, apenas tenía una idea concreta de qué significaba el comunismo o el socialismo, porque eran corrientes que prácticamente no formaban parte de nuestra experiencia política cotidiana. Nuestras dictaduras, nuestras transiciones democráticas y nuestros gobiernos civiles se movieron dentro de una misma tradición liberal. Aquí no hubo una gran revolución social que partiera la historia en dos, ni una transformación profunda que obligara al país a preguntarse qué quería ser. Hubo, más bien, una larga continuidad.
Y ahí aparece una de las grandes ironías hondureñas: llamamos estabilidad a muchas décadas durante las cuales no conseguimos construir demasiado. Los primeros veinte años del siglo XX fueron probablemente uno de los períodos más convulsos de nuestra historia; después vino una especie de calma prolongada que terminó vendiéndose como virtud nacional. Pero la paz, por sí sola, no construye países. También puede servir para esconder que un país lleva décadas sin hacerse las preguntas importantes. Honduras consiguió algo bastante peculiar: fracasar durante mucho tiempo sin necesidad de estar permanentemente en guerra. Esa debería ser una de las paradojas más estudiadas de nuestra historia. ¿Cómo puede un país tener décadas de relativa paz y seguir acumulando pobreza, desigualdad y frustración? Quizá porque confundimos la ausencia de grandes convulsiones con la existencia de progreso.
Por eso no creo que el problema hondureño pueda explicarse simplemente diciendo que aquí faltó una ideología determinada. Tampoco creo que la derecha o la izquierda, por el mero hecho de llamarse así, tengan una solución automática. Honduras permite observar algo más incómodo: durante mucho tiempo, el sistema liberal republicano fue prácticamente el único horizonte político imaginable, y los distintos grupos se disputaron el poder dentro de ese mismo marco sin producir una transformación sustancial del país. Hubo liberales que quisieron hacer cosas importantes, por supuesto. No sería serio negarlo. El problema es que aquí demasiados caudillos descubrieron que era mucho más rentable subirse al caballo del liberalismo, posar para la fotografía y esperar que el país siguiera funcionando por inercia.
El desencanto político también explica mucho. Históricamente, una parte enorme de la población ha dejado de participar en las elecciones porque sencillamente no espera demasiado de ellas. Millones de hondureños han terminado entendiendo la política como una función ajena, un espectáculo que ocurre cada cierto tiempo mientras la vida continúa por otro lado. Y cuando la gente deja de creer que su participación puede modificar algo, aparece la apatía, que quizá sea una de las formas más silenciosas de derrota política. Aquí la izquierda, además, ha tenido que enfrentarse a una paradoja particular: llegó al gobierno, pero no consiguió convertirse en una fuerza hegemónica y terminó perdiendo buena parte de aquel entusiasmo inicial. Mientras en otros países latinoamericanos las izquierdas ocupan desde hace décadas el primer o segundo lugar del escenario político, en Honduras han permanecido como una tercera fuerza.
Pero hay algo todavía más profundo. Honduras ha ido perdiendo la idea de comunidad y ha abrazado un individualismo bastante cómodo. A mucha gente parece preocuparle más la posibilidad de terminar en el infierno que la realidad que tiene delante. Es una imagen dura, pero creo que describe algo: resulta más sencillo temer un castigo después de la muerte que enfrentarse a los responsables, las estructuras y las costumbres que producen miseria mientras estamos vivos. Así se puede dormir tranquilo. El problema es que los países no se transforman con tranquilidad espiritual.
Y quizá ahí está la mayor pobreza ideológica del país. No me refiero a que todos tengan que pensar igual, sino precisamente a lo contrario: sería saludable encontrar conservadores que defendieran seriamente sus principios, liberales capaces de explicar y defender los suyos, socialistas o comunistas que supieran por qué sostienen lo que sostienen. Sería incluso interesante poder discutir con ellos y terminar en desacuerdo. Lo preocupante es encontrarse con personas cuya posición cambia según dónde esté el dinero, quién tenga el poder o qué discurso resulte más conveniente esa semana.
Durante décadas, Honduras ha recibido buena parte de las agendas políticas, culturales y económicas que vienen del mundo liberal europeo y estadounidense con una resistencia sorprendentemente escasa. No porque exista una conspiración omnipotente que obligue a todos a aceptarlas, sino porque demasiadas veces no hubo siquiera interés en discutirlas. Aquí la ideología puede cambiar con una facilidad extraordinaria cuando aparece una oportunidad económica. Y entonces uno comprende que el problema no es que Honduras carezca de una ideología dominante; el problema es que demasiadas personas han aprendido a vivir sin principios firmes. Se acomodan donde haya espacio, cambian de discurso cuando cambia el viento y, si hace falta, venden hasta la convicción que juraban tener ayer. Eso también es una forma de ideología: la ideología de la conveniencia.
¿Qué personas marcaron tu formación durante tu infancia y juventud?
El pequeño universo que me rodeaba tuvo una influencia mucho mayor de la que quizá comprendí en aquel momento. La primera persona que marcó profundamente mi forma de ser fue mi abuela. Ella formó buena parte de mi carácter: me enseñó a mantener la serenidad, a pensar antes de hablar y a contener las ideas cuando era necesario. De ella aprendí que no todo tiene que decirse inmediatamente y que, en ocasiones, observar en silencio permite comprender mucho más que hablar por hablar.
Mi tía Claudia, la menor de todas, también tuvo una influencia importante. Siempre fue una mujer muy seria, recta y reservada, y de ella heredé buena parte de esa manera de relacionarme con los demás. Mi madre, en cambio, influyó en algo diferente y quizá todavía más importante: la bondad hacia los demás, la empatía y la generosidad. Ella y yo tenemos algo en común: podemos dar algo sin esperar absolutamente nada a cambio. En mi familia siempre se entendió que ser generoso no te hace ingenuo; simplemente significa que todavía conservas algo que el dinero no puede comprar.
La adolescencia fue otra historia. Como le ocurre a casi todo el mundo, fue una etapa difícil, pero para mí tuvo además el efecto de mostrarme, de una manera bastante desagradable, la distancia que podía existir entre la crianza que había recibido y el mundo que encontraba fuera de mi casa. Estudié en escuelas públicas y allí conviví con jóvenes provenientes de toda clase de entornos. Descubrí el egoísmo, la violencia, la crueldad y comportamientos que para mí resultaban completamente ajenos. El ambiente muchas veces era pesado y llegué a comprender que algunas de las personas con las que convivía podían hacerme daño.
Aquello fue importante porque por primera vez entendí que no todos habían recibido la misma educación ni habían aprendido las mismas cosas en casa. Hay familias que transmiten valores y otras que transmiten heridas; hay quienes enseñan a respetar al prójimo y quienes enseñan, consciente o inconscientemente, a sobrevivir pisando al que tienen delante. Yo tuve la suerte de contar con una familia que me sostuvo y que, incluso en los momentos complicados, continuó influyendo positivamente en mí. Con el tiempo comprendí que muchas de las cosas que entonces consideraba normales eran, en realidad, privilegios de la educación que había recibido.
Cuando llegué a la universidad ocurrió algo completamente distinto. Allí encontré un grupo de personas de una calidad humana e intelectual que me permitió respirar un poco mejor. Tenía amigos de ingeniería, medicina, psicología, pedagogía, matemáticas, odontología, arquitectura, literatura y otras disciplinas. Curiosamente, terminé relacionándome muchas veces más con personas de otras carreras que con compañeros de la mía. Teníamos intereses comunes: cine, anime, música, arte, videojuegos, juegos de mesa, pero también historia y política nacional. Podíamos pasar de hablar de una película a discutir sobre un acontecimiento histórico o sobre lo que estaba ocurriendo en Honduras, y ninguna conversación parecía demasiado extraña.
Para mí aquello fue extraordinario. Por primera vez tenía cerca a personas con quienes podía hablar de las cosas que llevaba tiempo pensando y que muchas veces resultaban incómodas para los demás. Encontré gente con la que podía discutir, discrepar, aprender y también descubrir que yo estaba equivocado en algunas cosas. Eso me hizo crecer enormemente, no solo intelectualmente, sino también como persona. Aprendí a interactuar mejor, a defender mis ideas y, sobre todo, a perder el miedo a expresarlas.
De hecho, una de las cosas que más les agradezco es haberme ayudado a desenvolverme con mayor rapidez frente a otras personas. Gracias a esas amistades desarrollé una confianza que antes no tenía. Hablar en público dejó de ser un problema y conversar con periodistas nunca llegó a intimidarme demasiado. Esa seguridad no apareció de la nada: fueron mis amigos de la universidad quienes, sin proponérselo quizá, plantaron esa semilla. Mi familia me dio el carácter; ellos me ayudaron a encontrar la voz con la que podía expresarlo.
¿Quiénes influyeron en tu formación cultural como investigador y sociólogo?
Antes, cuando la calidad de los profesores en Honduras todavía era bastante buena, mi abuela llegó a ser mi maestra durante un tiempo. Y no se limitaba a enseñarme a leer; tenía una dinámica bastante particular para comprobar qué tan rápido podía una persona leer, cuánto podía retener y, sobre todo, si realmente había entendido lo que acababa de leer. Conmigo funcionaba muy bien. Desde niño podía leer con rapidez, comprender lo que estaba leyendo y después explicar con mis propias palabras aquello que había entendido. Esa capacidad nació en buena medida allí, en aquellas clases con mi abuela.
Quizá por eso mi formación cultural comenzó mucho antes de que yo pudiera llamarla investigación o Sociología. Siempre tuve una curiosidad bastante amplia. En la universidad empecé a discutir sobre cultura general con mis amigos y fui entrando en terrenos muy distintos: historia romana, Napoleón Bonaparte, ciencias naturales y todo aquello que tuviera relación con las criaturas históricas y prehistóricas que desde niño me fascinaban. No tenía todavía una ruta perfectamente definida; tenía, más bien, una curiosidad que se negaba a quedarse quieta. Me interesaba prácticamente todo aquello que pudiera ayudarme a entender cómo había llegado el mundo a ser lo que era.
Después conocí a otro grupo de amigos que llevó esas conversaciones a un nivel mucho más profundo: Eduardo, Kevin y César. Con ellos ya no se trataba simplemente de hablar de cultura general o intercambiar datos. Empezamos a discutir sobre metapolítica, análisis político, religión, teología, historia y los procesos mediante los cuales las sociedades construyen sus ideas y sus formas de poder. Ellos tenían una capacidad muy particular para buscar información, relacionarla y llevar una discusión mucho más allá de la superficie. Eso me obligó a hacer algo que considero fundamental para cualquier investigador: aceptar que siempre hay otra capa debajo de aquello que uno cree haber entendido.
Ahí fue cuando comencé a comprender realmente qué podía significar la metapolítica: ir más allá de la política inmediata, más allá de las consignas, de los partidos y de los acontecimientos visibles; preguntarme de dónde vienen las ideas que terminan gobernando una sociedad, qué valores las sostienen, qué concepción del ser humano existe detrás de ellas y cómo esas ideas terminan convirtiéndose en comportamientos colectivos. Lo mismo ocurrió con la religión. Ya no me interesaba únicamente saber qué decía una doctrina, sino comprender por qué las personas creían, cómo se construían esas creencias y qué papel desempeñaban dentro de la sociedad.
Todo esto ocurrió aproximadamente entre 2016 y 2017. Para mí fue una especie de ascenso a la madurez política e intelectual. Había pasado de simplemente consumir información a buscarla deliberadamente, contrastarla, discutirla y tratar de comprenderla. Empecé a leer cada vez más autores y a dedicar una cantidad considerable de tiempo a estudiar cuestiones que, en principio, no tenían ninguna relación entre sí, pero que poco a poco comenzaron a formar un mapa dentro de mi cabeza.
Llegó un momento en que entendí que ya no podía seguir acumulando ideas indefinidamente. Tenía demasiadas cosas dando vueltas y necesitaba sacarlas de algún lugar. Entonces apareció la escritura. Comprendí que todo aquello que había leído, discutido y pensado durante años tenía que convertirse en algo más que conversaciones entre amigos. Había llegado el momento de redactarlo, darle forma, someterlo a mis propias preguntas y ponerlo por escrito. Ahí comenzó, realmente, el investigador que soy hoy.

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
Los primeros libros que conocí fueron religiosos, algo bastante idiosincrático de la formación que recibí y, probablemente, de la sociedad hondureña. En mi casa tenía que aprender un versículo nuevo de la Biblia cada día. Esa fue mi primera aproximación a la lectura: no comenzó con novelas ni con grandes tratados, comenzó con las Escrituras. Antes de entender qué era la literatura, ya estaba memorizando palabras y tratando de comprender lo que significaban.
Después llegaron los libros de literatura clásica para jóvenes y, poco a poco, los escritores hondureños. Recuerdo especialmente El vampiro, de Froylán Turcios; Cuando las tarántulas atacan, de Longino Becerra, y Prisión Verde, de Ramón Amaya Amador. Este último tuvo un efecto particular en mí. Amaya Amador era un escritor marxista hondureño y Prisión Verde retrata la explotación de los trabajadores de las compañías bananeras en Honduras. Cuando lo leía, aunque todavía era muy joven, empecé a comprender que detrás de la historia oficial de mi país había episodios bastante menos decorosos. Aquello me permitió intuir que la literatura podía hacer algo que los discursos políticos muchas veces no consiguen: mostrar aquello que una sociedad preferiría mantener debajo de la alfombra.
También llegaron los clásicos de la fantasía: Drácula, de Bram Stoker; Frankenstein, de Mary Shelley, y las obras de El Señor de los Anillos. Eran lecturas que alimentaban mi imaginación, pero también mi curiosidad. Sin embargo, hubo un libro que terminó marcándome de una manera diferente: Don Quijote de la Mancha. La obra de Cervantes me impresionó especialmente por la lengua. Yo todavía no tenía conciencia de la profundidad del castellano ni de todo lo que podía hacer un idioma cuando alguien realmente sabía utilizarlo.
Leer a Cervantes fue descubrir que el español no era simplemente el idioma que hablábamos todos los días. Había detrás de cada palabra una historia, una tradición y una capacidad expresiva enorme. El castellano del Siglo de Oro me produjo una fascinación particular. Cervantes me hizo descubrir una lengua mucho más profunda de lo que yo imaginaba. Y quizá ahí empezó también mi preocupación posterior por la manera de escribir: cuando uno descubre lo que puede hacer un idioma, empieza a notar lo mal que muchas veces se utiliza.
Eso fue, en esencia, lo que leí durante mi infancia y juventud: religión, literatura hondureña, clásicos, fantasía y cultura popular. Puede parecer una combinación bastante extraña, pero precisamente de ahí salió buena parte de mi curiosidad. La Biblia me enseñó a memorizar y a buscar un significado; los escritores hondureños me acercaron a la realidad de mi propio país; la fantasía alimentó mi imaginación, y Cervantes me mostró que las palabras podían ser mucho más profundas de lo que uno sospechaba.
Y creo que ese recorrido explica bastante bien mi forma posterior de investigar: nunca aprendí a mirar el conocimiento como un territorio dividido en pequeñas habitaciones. Siempre tuve la impresión de que todo estaba relacionado. La literatura podía hablar de política, la historia podía explicar una sociedad, una novela podía revelar una injusticia y una palabra podía contener siglos enteros de cultura. Quizá por eso sigo leyendo de la misma manera: con la sospecha de que detrás de cada libro hay algo que todavía no he descubierto.
¿Qué autores han influido en tu pensamiento?
Son varios escritores y pensadores. No los considero un grupo homogéneo ni comparto necesariamente todas sus ideas; precisamente por eso me resultan interesantes. Algunos me ayudaron a comprender la política, otros la historia, la cultura, la psicología de masas, y otros me enseñaron a mirar al ser humano desde ángulos completamente diferentes. Nunca me interesó construir una biblioteca de autores que pensaran exactamente como yo. Eso sería demasiado cómodo y, francamente, bastante aburrido.
El primero que voy a citar es uno de esos autores que realmente me revolvieron la cabeza para siempre: el filósofo y sociólogo ruso Aleksandr Dugin. Su crítica al mundo unipolar occidental me cambió la manera de mirar la geopolítica. Me interesó especialmente su forma de entender el mundo como un conjunto de civilizaciones: China como civilización, Rusia como su propia civilización, Irán como otra civilización y América Latina como una civilización joven que, según su planteamiento, también tendría que encontrar una forma propia de existir y dejar de mirar permanentemente hacia Occidente para saber qué hacer con su futuro. Dugin me llevó a pensar el mundo más allá de cualquier mirada exclusivamente occidental y a preguntarme qué podría construir América Latina desde sus propias categorías.
Después está Marcelo Gullo, que para mí fue fundamental porque me llevó a replantearme muchas ideas habituales sobre la historia de Hispanoamérica, nuestras relaciones con España, nuestra región y nuestras relaciones con las grandes potencias. Su libro Argentina y Brasil: la gran oportunidad me interesa especialmente porque plantea que la unión entre Argentina y Brasil podría convertirse en el punto de partida para arrastrar a Sudamérica hacia un verdadero bloque geopolítico e impulsar una integración latinoamericana. Esa idea me inspira mucho cuando pienso en Centroamérica: si ellos pueden imaginar una articulación continental desde el sur, nosotros también deberíamos preguntarnos por qué seguimos siendo una colección de países pequeños que apenas consiguen ponerse de acuerdo para cosas elementales.
Pero Gullo también me interesa por su teoría de la insubordinación fundante, porque explica cómo determinadas potencias lograron desarrollarse mientras otras se quedaron persiguiendo fórmulas ajenas. La idea es bastante incómoda: una potencia puede decirte que la fórmula de su éxito consiste en hacer exactamente lo que ella te recomienda, cuando en realidad llegó a ser poderosa haciendo prácticamente lo contrario. Inglaterra se industrializó y después vendió a América Latina la idea de que el libre mercado nos haría ricos. El resultado fue bastante conveniente para Inglaterra y bastante menos para nosotros. La cuestión, según Gullo, es que un país necesita desarrollar su industria, construir riqueza y crear un mercado capaz de proyectar sus productos hacia el exterior. América Latina, en cambio, terminó abriendo sus mercados mientras acumulaba deudas. Leer a Gullo me hizo cuestionar seriamente esa vieja costumbre latinoamericana de copiar la receta del vecino rico sin preguntarnos primero cómo llegó a ser rico.
Después está Lenin. Me interesa por su extraordinaria capacidad para comprender la política. Tiene una claridad y una lucidez que todavía me sorprenden. La lucha por el poder, la organización política, el Estado, el imperialismo, las relaciones de poder: hay una cantidad enorme de herramientas analíticas en su obra. Eso no significa que comparta necesariamente sus conclusiones. Han pasado más de cien años y el mundo cambió. Pero una cosa es discrepar de Lenin y otra muy distinta negar su capacidad intelectual. Para mí, leerlo es importante precisamente más allá de cualquier cuestión ideológica.
Hay textos suyos que siguen siendo especialmente interesantes para comprender procesos posteriores. Cuando aborda Asia oriental y las relaciones entre las grandes potencias, por ejemplo, aparecen análisis que permiten entender mejor determinados acontecimientos que ocurrieron después. Incluso anticipó la posibilidad de un enfrentamiento entre Estados Unidos y Japón, entendiendo que dos potencias marítimas con intereses imperiales podían terminar chocando. Esa capacidad para mirar más allá del acontecimiento inmediato es lo que me interesa de él.
Luego tenemos a Wang Huning, uno de los grandes intelectuales y teóricos políticos chinos contemporáneos. Me interesa especialmente por su reflexión sobre la cultura, el Estado, la organización política y la manera en que las ideas y los valores terminan influyendo en el poder. Su obra me permitió aproximarme a la experiencia política china desde una perspectiva distinta de la habitual en Occidente, y también comprender cómo una sociedad puede pensar su propio desarrollo desde categorías propias. En particular, me llamó la atención su análisis de Estados Unidos y de las contradicciones internas de su modelo político, social y cultural, mucho antes de que muchas de esas tensiones se hicieran tan visibles. Su capacidad para observar la decadencia de determinados aspectos del poder estadounidense y anticipar algunas de sus contradicciones me parece extraordinaria.
Luego está Alain de Benoist, un francés de derecha antiliberal. Me llevó a reflexionar sobre la identidad, la cultura, la formación de las tradiciones europeas y sobre cómo podía estudiar las tradiciones de América Latina desde nuestros propios matices. También me interesó por su cuestionamiento de determinadas categorías políticas que damos por sentadas. La división entre derecha e izquierda liberales muchas veces resulta demasiado pequeña para explicar la complejidad del mundo actual. De ahí mi interés por su concepto de una «nueva derecha». No porque quiera copiarla, sino porque me obligó a preguntarme por qué en América Latina seguimos importando categorías políticas europeas y estadounidenses como si nuestras sociedades fueran una fotocopia defectuosa de ellas. Y tampoco veo que exista una nueva izquierda verdaderamente pensada desde los problemas latinoamericanos: demasiadas veces se copian ideas europeas o estadounidenses y se pretende introducirlas aquí como si fuéramos lo mismo.

Después tenemos a Karl Marx, que es imposible de ignorar para alguien que estudia Sociología. Más allá de que uno comparta o no sus conclusiones políticas y sociales, Marx ofrece herramientas fundamentales para analizar las clases sociales, el capital, la economía, las relaciones de poder y el materialismo histórico. Hay personas que dicen que Marx está muerto, desactualizado o que ya no sirve para comprender el mundo. Yo siempre les hago una pregunta bastante sencilla: ¿Marx se sigue leyendo en China? Sí. Y sigue siendo una referencia fundamental dentro de la formación ideológica del Partido Comunista Chino. Por tanto, resulta un poco precipitado declarar muerto a un autor cuya obra continúa siendo estudiada por una de las principales potencias del mundo. Marx sigue siendo intelectualmente relevante, aunque uno pueda discrepar profundamente de muchas de sus conclusiones.
También está Lev Gumiliov, pensador ruso que me interesó por su interpretación de las civilizaciones, los pueblos y los procesos históricos de larga duración. Me gustaba esa capacidad de mirar mucho más allá del acontecimiento inmediato. Su pensamiento sobre el eurasianismo también me llevó a preguntarme qué formas propias de integración podrían existir en América. Si Rusia podía pensar su espacio histórico como Eurasia, nosotros también podíamos preguntarnos qué significa realmente una Patria Grande latinoamericana. Evidentemente, con nuestros propios matices y sin convertirnos en una copia de nadie. Esa comparación me resultó muy provocadora.
Después está Eduard Limónov, una figura particularmente interesante. Fue uno de los fundadores del nacional-bolchevismo ruso y tenía un carácter irreverente que me llamó mucho la atención. Pero más allá de la etiqueta política, me interesaba su capacidad para observar determinadas tendencias antes de que fueran evidentes para los demás. Después de la disolución de la Unión Soviética ya advertía sobre el futuro conflicto alrededor de Ucrania y sobre la posibilidad de una confrontación con Occidente. Hay registros de aquella época en los que hablaba de eso cuando buena parte de las élites rusas celebraban el supuesto triunfo definitivo del liberalismo. Que alguien pudiera mirar aquel momento y pensar que vendría una nueva confrontación me resulta intelectualmente impresionante.
Además, Limónov hablaba de Rusia como una civilización mosaico, compuesta por múltiples pueblos y etnias. Esa expresión me gusta mucho. Yo creo que nosotros deberíamos poder hablar de América Latina de una manera semejante: como un mosaico de identidades que, pese a sus diferencias, pueden formar parte de una misma civilización. Esa es precisamente la belleza de leer una amalgama tan extraña de pensadores: uno encuentra conceptos en lugares inesperados y después empieza a preguntarse qué podrían significar para su propia realidad.
Otro de mis históricos es Napoleón Bonaparte. Me interesa desde el fenómeno histórico y político, mucho más allá de su dimensión militar. Estudiarlo permite comprender el poder, el Estado, la guerra, la ambición política y la transformación de Europa. Incluso lo veo a veces como una figura casi mística, extraordinariamente singular. Me interesa su claridad mental, su capacidad para reconocer errores y entender cuándo había fallado. También me llama la atención que identificara con tanta claridad a su principal enemigo: Inglaterra. Tenía perfectamente definido contra quién estaba luchando y por qué. Esa claridad política es algo que valoro mucho.
Después está Byung-Chul Han, el filósofo coreano. Él me ayudó a comprender fenómenos mucho más cercanos a nuestra época: la modernidad, la posmodernidad, la sociedad del rendimiento, el agotamiento y la hiperconexión. Sobre todo, me interesa su explicación de cómo el individuo contemporáneo puede terminar sometiéndose a sí mismo. Puedes tener una computadora, una conexión permanente y cientos de formas de comunicarte con otras personas y, aun así, terminar completamente agotado. El sistema actual no necesita necesariamente imponerte una cadena visible; muchas veces consigue que tú mismo te exijas hasta destruir tu propio tiempo. Por eso me gusta tanto Byung-Chul Han: porque entiende cómo la sociedad contemporánea termina devorando a las personas y arrebatándoles algo que no recuperan jamás: su tiempo de vida.
También está Alberto Buela, argentino y muy importante para mi formación porque me llevó a profundizar en una reflexión propia de Hispanoamérica: la identidad y la necesidad de pensar desde nuestra realidad, en lugar de repetir automáticamente ideologías extranjeras y categorías fabricadas en otros lugares. Me interesó particularmente su concepto de ecúmene, esa idea de que existen distintas formas de comprender el mundo: una ecúmene persa, una china, una rusa, una europea occidental, una anglosajona y también una hispanoamericana. Me gusta porque permite pensar nuestra realidad sin tener que meterla a la fuerza dentro de una única idea de civilización. Es otra manera de decir: quizá no tenemos que pedirle permiso a nadie para pensar quiénes somos.
Luego está Augusto Zamora, nicaragüense y centroamericano, algo que para mí tiene un peso especial. Me ha servido para comprender las relaciones internacionales, la geopolítica, la soberanía y las relaciones de poder desde una perspectiva mucho más cercana a nuestra realidad latinoamericana. También me gusta su manera de escribir. Tiene una forma bastante jocosa de referirse a Europa occidental; recuerdo especialmente esa imagen suya del «gallinero» europeo y Estados Unidos como el gallo. Me hace gracia porque demuestra que se puede hablar de geopolítica sin escribir como si uno estuviera redactando el manual de instrucciones de una lavadora. Además, siendo un hombre de izquierda, sostiene que la izquierda debería recuperar una perspectiva internacionalista. Esa combinación entre análisis y sentido del humor también ha influido en mi propia manera de escribir.
Después está Oswald Spengler, que me enseñó a mirar las civilizaciones desde una perspectiva histórica mucho más amplia. Su idea de los ciclos civilizatorios me parece profundamente provocadora: las civilizaciones nacen, se desarrollan y finalmente mueren. Spengler ya hablaba, desde las primeras décadas del siglo XX, de una civilización occidental que había entrado en su etapa final. No veía el futuro de Occidente como una línea ascendente infinita, sino como el agotamiento de una civilización. Esa imagen me interesa porque obliga a abandonar la idea bastante infantil de que una civilización poderosa lo será eternamente.
Incluso la imagen de Occidente como un gran museo al aire libre, que también aparece en Julius Evola, me resulta sugerente: un lugar lleno de monumentos, obras y recuerdos, donde todavía se puede pasear y tomar fotografías, pero donde quizá cada vez resulta más difícil encontrar una idea capaz de producir algo nuevo. Es una imagen dura, pero precisamente por eso me interesa. La decadencia histórica no siempre llega acompañada de ruinas visibles; a veces llega cuando una civilización conserva magníficos edificios, pero deja de saber qué hacer con ellos.
Ernst Jünger es otro autor que me interesa mucho por su reflexión sobre la guerra, la tecnología, el individuo, la máquina y las profundas transformaciones de la modernidad. Su obra literaria y ensayística me parece extraordinaria. De vez en cuando vuelvo a leerlo porque me interesa esa fidelidad que tenía a su propia mirada y su capacidad para mostrar cómo los grandes cambios históricos terminan afectando experiencias absolutamente individuales. Jünger consigue convertir la experiencia personal en una ventana para observar transformaciones históricas enormes. Eso, para mí, es una belleza literaria.
Luego tenemos a Antonio Gramsci. Para estudiar la cultura me parece fundamental comprender la relación entre cultura, poder y sociedad. Su concepto de hegemonía permite entender que el poder no se mantiene únicamente mediante la fuerza, sino también mediante las ideas, los valores y la manera en que una sociedad aprende a interpretar la realidad. Eso es fundamental para alguien que quiera comprender cómo funciona una sociedad. Gramsci es de esos autores que uno puede leer para discutir con él, para estar en desacuerdo con él o para cuestionarlo, pero difícilmente puede ignorarlo.
Después está Jack London, que demuestra que no todo lo que me ha formado intelectualmente proviene de tratados políticos o sociológicos. Me enseñó la fuerza de la literatura para hablar de la supervivencia, la voluntad, la lucha y la naturaleza humana. Sus historias sobre la naturaleza tienen una crudeza que resulta muy diferente de cualquier tratado académico. Y El talón de hierro me parece especialmente interesante porque imagina una futura revolución socialista y construye la narración desde un futuro en el que esa revolución ya ocurrió. Es una novela política, pero también una demostración de que la literatura puede anticipar escenarios y discutir ideas sin convertirse en un tratado.
También está Vladímir Mayakovski. Para mí representa la potencia de la palabra. Leerlo es encontrarse con una literatura que no parece pedir permiso para existir. Su poesía demuestra que la literatura puede convertirse en una forma de confrontación con su tiempo. También me interesa su actitud y la manera en que utilizaba la expresión artística como una forma de intervención política y cultural. Su historia posterior y sus conflictos con el poder soviético han generado muchas interpretaciones, pero lo que más me interesa es esa voluntad de expresarse sin miedo. Esa decisión me inspira.
Y están los Hermanos Flores Magón, una referencia que me interesa mucho por su lucha contra las estructuras de poder de su época, la defensa de las libertades y su propuesta de transformación social. Me parece que forman parte de una tradición política latinoamericana que debería conocerse mucho más. He leído sus textos, sus discursos y buena parte de su literatura, y encuentro en ellos una claridad que todavía resulta estimulante. Evidentemente, pertenecen a otro período y el Porfiriato fue una realidad histórica específica, pero eso no les quita valor. Al contrario: me interesa precisamente encontrar personas de otras épocas que tuvieron la claridad suficiente para enfrentarse a aquello que consideraban injusto.
Después está Pentti Linkola, el finlandés, un ecologista radical. Es un autor que me obliga a enfrentar cuestiones bastante incómodas sobre nuestra relación con la naturaleza, el crecimiento económico y los límites de la civilización. Sus ideas pueden resultar radicales y muy discutibles, precisamente por eso me interesan. No lo leo para aceptar todo lo que dice, sino porque obliga a pensar. Hay autores que te confirman lo que ya creías y autores que te obligan a detenerte y preguntarte si estabas equivocado. Linkola pertenece a los segundos.
Y finalmente está Karl Polanyi, fundamental para comprender que la economía no puede estudiarse como si estuviera aislada de la sociedad. Su análisis de las relaciones económicas y sociales permite cuestionar esa idea tan extendida de que el mercado puede organizarlo absolutamente todo. Polanyi mostró la profunda relación entre economía, sociedad y cultura, y cómo convertir la vida humana en una simple cuestión de mercado termina produciendo consecuencias bastante poco humanas.
Eso me interesa especialmente porque cuando arrancamos lo humano de la economía y dejamos que todo sea reducido a cifras, precios y transacciones, terminamos construyendo algo que funciona como una máquina, pero que ya no sabe para quién funciona. Polanyi me ayuda a recordar que la economía debe estar al servicio de la sociedad y no convertir a la sociedad en combustible para la economía. Por eso considero indispensable leerlo, especialmente para cuestionar muchas de las certezas con las que los liberales suelen presentarnos el mercado como si fuera una ley natural caída del cielo.
En fin, esos son algunos de los autores que recuerdo. No forman una escuela y probablemente se sorprenderían bastante al verse juntos en una misma lista. Pero justamente ahí está el punto. Mi formación intelectual no nació de seguir obedientemente una sola tradición, sino de atravesar muchas de ellas, encontrar contradicciones, quedarme con preguntas y tratar de construir mis propias respuestas. Si todos mis referentes pensaran igual, probablemente yo tampoco habría aprendido demasiado.
¿Qué valor le das a tu palabra escrita?
Para mí, la palabra tiene un valor enorme porque es una de las pocas herramientas que tenemos para enfrentarnos a la mentira, al olvido y también a la imposición de ideas ajenas. Poner por escrito lo que uno piensa permite dejar constancia. Cuando uno escribe está diciendo lo que vive, lo que observa y lo que cuestiona. La palabra tiene además un valor personal: muchas de las cosas que he escrito nacen de preguntas que llevo dentro desde hace años. Escribir me permite ordenar esas preguntas, enfrentarlas y, en algunos casos, encontrar respuestas; en otros, consigo algo todavía más incómodo: descubrir preguntas nuevas y mucho más difíciles. La palabra puede defender una idea, desmontar una mentira, recuperar una memoria o abrir una discusión que alguien preferiría mantener cerrada. Por eso hay que tener cuidado con ella, porque la palabra tiene consecuencias. Para mí, escribir también es una manera de dejar una huella. No me interesa demasiado que alguien recuerde mi nombre; me interesa más que algunas de las ideas que he puesto sobre la mesa puedan servirle a alguien para pensar de otra manera. Si un lector termina un texto mío y se queda con una pregunta que antes no tenía, considero que valió la pena escribirlo. Al final, eso es lo que más valoro de la palabra: su capacidad para despertar el pensamiento. Hoy me alegra comprobar que mi palabra no está siendo ignorada, porque eso quiere decir que hay personas a las que les importa lo que digo, lo que escribo y lo que pienso. También descubrí que, con esfuerzo y confianza, uno puede llegar a lugares que jamás imaginó. He llegado a espacios que antes parecían inaccesibles y, hasta ahora, no he perdido el norte. Sé que estoy recorriendo un camino poco transitado, un terreno incómodo, a veces inhóspito, pero precisamente por eso me interesa. No quiero caminar por donde ya camina todo el mundo; prefiero aventurarme por un camino propio, aunque sea más difícil.
Hablemos de la libertad…
Hay una frase de Cervantes que para mí resume una concepción mucho más profunda de la libertad: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Cervantes entendió algo que nosotros seguimos olvidando: un hombre puede tener riqueza, comodidad, reconocimiento y poder y, aun así, ser un hombre cautivo. Cuando Don Quijote y Sancho hablan de la libertad, no están hablando simplemente de hacer lo que a uno le dé la gana. Esa es una concepción bastante pobre de la libertad, reducida a la posibilidad de elegir dentro de las opciones que otros ya establecieron. Cervantes apunta hacia algo mucho más profundo: conservar la propia voluntad, el propio criterio y la dignidad frente a aquello que pretende someternos. Piensa en lo que significa resistir frente a todo este sistema. Piensa en la inmensidad de las fuerzas que pesan sobre nosotros, en cómo determinadas ideas terminan imponiéndose en América Latina como si fueran verdades naturales e inevitables. Que todavía existan personas capaces de plantarse frente a todo eso, sostener lo que creen verdadero y decirlo en voz alta ya constituye una forma de libertad.
Hay algo todavía más interesante en ese pasaje. Don Quijote acaba de salir de un lugar donde tenía abundancia, comida, comodidades y privilegios; sin embargo, considera que todo aquello vale poco si no es verdaderamente libre. Cervantes plantea una pregunta que sigue siendo incómoda: ¿de qué sirve tenerlo todo si para conservarlo tienes que entregar tu libertad? Eso conserva una vigencia enorme. La libertad también consiste en poder pensar sin pedir autorización, decir lo que uno piensa, escribir lo que uno cree, equivocarse, rectificar y enfrentarse incluso a las ideas dominantes cuando uno considera que están equivocadas. También significa poder cuestionar el modelo económico, político o cultural de tu tiempo sin tener que someter tu pensamiento a la aprobación de quienes se benefician de él. Ahí encuentro una relación directa con mi manera de escribir. No quiero que mi pensamiento dependa de la aprobación de nadie. No quiero escribir para agradar a un grupo político, una institución o una corriente intelectual. Prefiero equivocarme siendo libre antes que acertar repitiendo lo que otro quiere que diga. Por eso la frase de Cervantes tiene para mí un valor enorme. La libertad de la mente es también una condición de la dignidad humana. Cuando una persona pierde la capacidad de pensar por sí misma, empieza a perder su libertad incluso aunque nadie la haya encerrado en una prisión. Y Cervantes introduce además algo fundamental: la libertad está unida a la honra. No basta con ser libre para hacer cualquier cosa. La libertad implica responsabilidad y exige estar dispuesto a defender aquello que consideramos digno, incluso cuando hacerlo tiene un costo. Por eso entiendo perfectamente esa frase: “por la libertad se puede aventurar la vida”.
Hay artistas que también han planteado esa lucha por la libertad desde otros terrenos. Por eso me agrada tanto David Lynch. Fue uno de esos cineastas que defendieron una libertad artística poco dispuesta a someterse al éxito comercial. Si una película ganaba dinero o no, parecía ocupar un lugar secundario frente a lo que él quería expresar, frente a lo que veía, sentía y quería transmitir. También tenía una mirada profundamente crítica hacia determinados aspectos de la sociedad estadounidense. Lynch veía debajo de esa superficie aparentemente idílica algo mucho más oscuro. De ahí esa imagen suya de los jardines perfectos de Estados Unidos bajo los cuales hay gusanos. Por eso me interesa Lynch: porque representa una idea de libertad artística que considero cada vez más escasa. No necesitaba acomodar su imaginación para complacer al público ni convertir cada obra en un producto diseñado para gustar. Tenía una visión propia y fue fiel a ella. Y, en un mundo donde tanta gente termina pensando, creando y hablando según lo que otros esperan de ella, conservar esa fidelidad a uno mismo ya es, en cierta medida, un acto de libertad.
¿Qué factores impiden a la juventud de tu país, ser libre?
Creo que el problema está en que se habla de la libertad como algo tan abstracto que ya ni siquiera sabemos qué es ser libre. Hay libertades que se pierden poco a poco y la gente no se da cuenta; no necesariamente porque alguien se las arranque por la fuerza, sino porque se van perdiendo gradualmente. Mira, los jóvenes aquí en Honduras tienen posibilidades que generaciones anteriores no tuvieron y, sin embargo, terminan entregando una buena parte de su tiempo, su atención y su capacidad de pensar a cosas en las que el sistema ha decidido por ellos: las redes sociales, el entretenimiento constante, la cultura del consumo inmediato, la necesidad de aprobación y la dificultad para desarrollar disciplina pueden terminar convirtiéndose en formas mucho más sutiles de sometimiento contra la juventud, y eso sucede.
Honduras es un país profundamente condicionado por la hegemonía occidental liberal. Decirte que el hondureño es una persona «libre» porque no hay vallas, porque no hay fronteras y porque te puedes ir caminando a cualquier país vecino, para mí no significa que esa persona sea realmente libre. Muchas veces estás huyendo, prácticamente estás escapando, porque no tienes las condiciones materiales para poder seguir viviendo aquí. El problema aparece cuando una persona deja de decidir sobre su propia vida y comienza a vivir de acuerdo con los estímulos que otro ente ajeno produjo para ella.
Para mí, la libertad significa poder decir: hoy voy a leer este libro, voy a estudiar esto, voy a levantarme a determinada hora, voy a entrenar, voy a aprender una nueva habilidad, voy a dedicar tiempo a mi familia, voy a pensar sobre este problema, voy a pagar el teléfono y después voy a estar solo con mis pensamientos. Esas también son libertades. Y si ves cuántas personas hoy se plantean realmente estas cuestiones, es muy difícil encontrar muchas. Son decisiones aparentemente pequeñas, pero ahí comienza la autonomía de una persona, la autonomía que deberíamos tener todos. Creo que debemos preguntarnos qué factores de nuestra sociedad están haciendo que los jóvenes pierdan esa capacidad para decidir dentro de las posibilidades reales que tienen a su alcance, porque nadie necesita ponerles una cadena para frenar su libertad; en muchos casos basta con conseguir que pierdan la voluntad de decidir.
Porque ser libre no consiste solamente en que nadie te diga qué hacer, sino en tener la disciplina, el carácter y la conciencia necesarios para decidir qué quieres hacer con tu vida. Si tú le preguntas a una persona aquí, en mi país, dónde se ve dentro de cinco años, muchas veces no te sabe decir, porque existe un pensamiento demasiado presentista; no se está planeando cómo estará su vida en el futuro, porque todo parece tan nebuloso, tan incierto. Y ahí aparece una cuestión fundamental: el enemigo mal entendido es el enemigo más difícil de combatir. Si no sabes quién es ni de qué se compone, se hace difícil enfrentarlo. Entonces, si tú ves el futuro como algo nebuloso o incierto, ¿puedes realmente decir que eres libre?
San Pedro Sula, Honduras. Tlaxcala, México.
Agosto 15 del 2026