Por Alberto Erazo Castro
Hay derrotas militares que se anuncian con trompetas y banderas arriadas. Y hay otras, mucho más humillantes, que se descubren cuando uno compara el objetivo proclamado al comienzo de una guerra con el lugar desde donde debe contemplarse al enemigo después de una década de esfuerzos, bombardeos, alianzas, dinero, inteligencia y superioridad tecnológica.
Yemen ofrece ahora una de esas escenas que ningún propagandista sensato querría colgar en la pared de su despacho.
En 2015, Arabia Saudita encabezó una coalición que entró en la guerra con la pretensión de impedir que los hutíes consolidaran su poder y restaurar al gobierno reconocido internacionalmente. Washington, además, proporcionó armas, inteligencia y abastecimiento aéreo para sostener aquella campaña.
Años después, Estados Unidos volvería a organizar una fuerza marítima multinacional para proteger la navegación del mar Rojo. Junto con el Reino Unido y otros países, lanzaría ataques contra posiciones hutíes con el propósito declarado de reducir su capacidad y restablecer la libertad de navegación.
Pues bien: en septiembre de 2026 ocurre algo que habría parecido casi grotesco en los salones donde se diseñaban aquellas campañas. Los hutíes han tomado Moca, han avanzado hacia Dhubab y han capturado la isla de Mayun, en Bab el Mandeb. Reuters describe la operación como un control del paso marítimo vital.
Conviene detenerse un instante, porque la geografía tiene la desagradable costumbre de burlarse de los imperios que creen dominarla.
Roma podía enviar legiones; el Imperio británico podía desplegar escuadras; un presidente norteamericano puede reunir satélites, portaaviones, misiles guiados y una colección interminable de siglas militares. Pero un estrecho sigue siendo un estrecho, una montaña sigue siendo una montaña.
Una costa que se extiende frente a una ruta comercial seguirá teniendo importancia aunque los hombres de uniforme decidan ignorarla durante los primeros capítulos de una guerra.
Bab el Mandeb comunica el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye una de las grandes puertas marítimas del planeta. Por allí pasan rutas que conectan el océano Índico con Suez y, por extensión, los mercados de Asia con Europa.
Cuando una fuerza local consigue instalarse sobre la costa vecina, tomar una isla situada en el propio paso y avanzar sobre Dhubab, no ha conquistado solamente unas coordenadas en el mapa: ha adquirido una palanca sobre el movimiento de mercancías, hidrocarburos y buques.
Reuters y AP coinciden en señalar que la ofensiva hutí ha llevado la amenaza directamente hacia Bab el Mandeb. También recogen que la navegación por el mar Rojo ya venía sufriendo una fuerte reducción debido a los ataques de los últimos años. La geografía acaba cobrando sus deudas.
Aquí aparece la primera gran ironía de la guerra yemení. Durante años, Washington y Riad actuaron bajo la convicción de que la superioridad aérea, la capacidad económica y la concentración de medios militares terminarían quebrando a un movimiento armado nacido en las montañas del norte de Yemen.
Aquella confianza no era enteramente irracional: pocas potencias han disfrutado de una combinación semejante de recursos. El problema es que las guerras no se ganan acumulando instrumentos, como quien amontona herramientas en un taller, cuando el adversario conserva la voluntad de combatir, conoce el terreno, puede replegarse, adaptarse y esperar.
Los hutíes sobrevivieron a una campaña que tenía muchas más posibilidades materiales que ellos. En lugar de desaparecer, conservaron Sanaa, mantuvieron bajo su dominio amplias zonas del oeste y ahora extienden su influencia hacia una de las rutas marítimas más codiciadas del mundo.
El fracaso, por tanto, no consiste solamente en que los hutíes hayan resistido. Consiste en algo peor para quienes iniciaron la guerra: después de tantos años, el adversario posee una posición que antes no tenía con semejante amplitud. Han querido reducirlos y los han fortalecido.
¿No resulta acaso conmovedora esa fe ingenua en que la potencia de fuego puede sustituir a la inteligencia política? ¿No recuerda un poco al hidalgo que, después de recibir una paliza, concluye que el problema no era haber confundido una posada con un castillo, sino haber llevado una espada demasiado pequeña?
El paralelismo no es gratuito. Washington participó durante años en el esfuerzo saudí sin haber definido con claridad, al comienzo de la campaña, qué resultado político concreto debía producir la guerra.
Un análisis del Council on Foreign Relations recogía incluso que el propio comandante del CENTCOM, al inicio de la intervención de 2015, reconocía no conocer con precisión los objetivos de la campaña saudí.
Así comienza una de las enfermedades más viejas del poder: creer que los medios poseen por sí mismos la capacidad de producir un fin. Se lanzan bombas, se entregan armas, se forman alianzas, se crean patrullas marítimas. Y luego alguien descubre, con la misma cara de desconcierto de un notario al que le han escondido la escritura, que el enemigo todavía existe.
La pólvora no redacta tratados.
Arabia Saudita merece un capítulo todavía más áspero, porque Yemen debía ser, en teoría, un escenario donde la superioridad material del reino pudiera imponerse con rapidez. También donde su frontera meridional dejara de ser vulnerable a una fuerza armada mucho más pobre.
Ocurrió lo contrario. El reino ha gastado enormes recursos, ha movilizado aliados y ha recibido durante años apoyo norteamericano. Sin embargo, los hutíes no solo permanecieron en pie: ahora han llevado la presión hasta las rutas marítimas esenciales para la salida del petróleo saudí hacia el mar Rojo.
La situación resulta casi sarcástica. La potencia que quería alejar la amenaza de sus fronteras contempla ahora cómo el adversario aumenta su capacidad de presión sobre un paso marítimo que resulta vital para sus propios intereses energéticos.
Y mientras Riad sufre ataques y ve disminuir su producción, su príncipe heredero ha pedido asistencia militar estadounidense, sin obtener hasta ahora una intervención directa equivalente a la magnitud del problema. Washington ha ofrecido principalmente cooperación en inteligencia y apoyo para localizar objetivos. A veces la historia tiene un sentido del humor bastante cruel.
Pero sería un error atribuir toda la responsabilidad a Arabia Saudita y absolver a Estados Unidos con la vieja fórmula según la cual Washington simplemente ayudó a un aliado equivocado. No.
Estados Unidos convirtió Yemen en una pieza de una política regional más amplia. Suministró medios para la guerra saudí, participó en la protección marítima del mar Rojo y después atacó posiciones hutíes directamente.
El Pentágono declaró en 2024 que una coalición multinacional integrada por veintidós países había sido reunida para proteger la navegación. Mientras tanto, las fuerzas estadounidenses y británicas bombardeaban objetivos hutíes con el propósito de reducir sus capacidades.
¿Cuál es el resultado que puede exhibirse ahora? Los hutíes sobreviven, conservan un extenso territorio, han conquistado Moca, han llegado a Dhubab y poseen Mayun, precisamente en las proximidades del estrecho que esas campañas pretendían mantener fuera de su alcance. La superpotencia no ha conseguido borrar a la milicia.
Y aquí conviene separar dos cuestiones que la propaganda suele mezclar hasta convertirlas en una sopa de palabras. Una cosa es que los hutíes sean políticamente y militarmente autónomos, y otra muy distinta que Irán no obtenga beneficio alguno de su ascenso.
Teherán no necesita necesariamente manejar cada movimiento hutí como un titiritero que mueve una marioneta desde un sótano. Le basta con que exista, en el extremo suroccidental de Arabia, una fuerza capaz de presionar simultáneamente al reino saudí, a Washington y a las rutas que conectan el océano Índico con el Mediterráneo.
Reuters y otros medios señalan la alineación de los hutíes con Irán y el valor que posee para Teherán la presión sobre los corredores marítimos, aunque también recogen las negativas iraníes respecto a un control directo del grupo. La influencia no necesita uniforme.
Lo verdaderamente formidable de la coyuntura actual aparece cuando se contempla Yemen junto al estrecho de Ormuz. Durante décadas, los estrategas occidentales han tratado ambas puertas marítimas como problemas distintos, como si el golfo Pérsico perteneciera a una partida de ajedrez y el mar Rojo a otra.
Ahora resulta difícil mantener semejante comodidad mental. Reuters señala que la presión sobre Ormuz y la creciente amenaza sobre Bab el Mandeb están afectando simultáneamente las rutas energéticas, mientras el precio del petróleo ha vuelto a superar los cien dólares por barril.
Y, para añadir una dosis de ironía a la calamidad, Arabia Saudita ha tenido que cerrar temporalmente su oleoducto Este-Oeste, concebido precisamente como una vía para evitar Ormuz, debido a la creciente vulnerabilidad de sus rutas alternativas. Cuando una puerta se cierra y la salida de emergencia también empieza a arder, ya no queda mucho margen para la arrogancia.
Entonces aparece la imagen que resume todo el episodio. Estados Unidos posee la mayor maquinaria militar del planeta. Arabia Saudita dispone de una enorme capacidad financiera y militar. Durante años contaron con aliados regionales, armas occidentales, inteligencia, aviación y fuerzas navales.
Frente a ellos, los hutíes, un movimiento nacido en un país devastado y atravesado por una guerra civil, han llegado a una posición desde la cual pueden influir directamente sobre Bab el Mandeb.
No significa que hayan conquistado toda la guerra de Yemen, ni que su dominio vaya a permanecer intacto, pues el gobierno reconocido internacionalmente prepara una contraofensiva y la lucha continúa. Pero sería intelectualmente mezquino negar la magnitud del revés: una fuerza que Washington y Riad intentaron contener posee ahora más capacidad de presión que hace años.
El derrotado no siempre es quien retrocede; a veces es quien descubre que, después de vencer en cien informes, el mapa cuenta otra historia.
Yemen ofrece, además, una lección que debería ser incómoda para cualquiera que todavía crea que la política mundial puede reducirse a una sucesión de órdenes impartidas desde Washington.
El mundo contemporáneo está lleno de actores que, aun siendo inferiores en riqueza, armamento o población, pueden adquirir un peso desproporcionado cuando ocupan un lugar geográfico decisivo, cuando poseen una causa capaz de sostenerlos y cuando sus adversarios no encuentran una salida política después de agotar la vía militar.
El Imperio británico aprendió algo parecido cuando descubrió que las montañas afganas no leían los partes del Almirantazgo. Los soviéticos lo comprobaron décadas más tarde en el mismo país. Los estadounidenses volvieron a tropezar con la misma piedra. Cambian los uniformes, cambia la tecnología y cambian las banderas, pero la soberbia conserva una salud admirable.
Quien desprecia la geografía termina arrodillado ante ella.
Lo más incómodo de todo, para Washington y Riad, es que los hutíes ni siquiera necesitan cerrar completamente Bab el Mandeb para obtener buena parte de la ventaja. Les basta con demostrar que pueden interrumpir, amenazar o discriminar el tránsito, obligando a las compañías navieras a modificar recorridos, elevar seguros y asumir mayores costes.
AP señala que el tráfico marítimo por el mar Rojo ya había caído de forma pronunciada por los ataques anteriores, y el avance actual añade una presión todavía mayor sobre una ruta de importancia mundial.
El poder de un estrecho no reside únicamente en la capacidad de cerrarlo; reside también en la posibilidad de hacer que cruzarlo deje de parecer sensato. Un paso marítimo puede ser libre y, al mismo tiempo, políticamente intimidante.
Por eso conviene abandonar las frases triunfalistas de cualquiera de los bandos y mirar el episodio con la frialdad de quien sabe que las guerras rara vez terminan donde las imaginan sus iniciadores.
Los hutíes no son invulnerables, Irán no controla cada decisión tomada en Sanaa y Arabia Saudita todavía conserva medios enormes para intentar revertir la situación. Estados Unidos tampoco ha perdido su capacidad militar.
Pero hay algo que ya se ha perdido, y recuperar eso suele costar más que recuperar una ciudad: la apariencia de que la correlación de fuerzas era inmutable. Washington y Riad entraron en la cuestión yemení convencidos de que podían decidir el desenlace.
Ahora deben negociar con una realidad en la que sus adversarios ocupan posiciones que multiplican su poder de negociación. El que creía tener todas las cartas acaba descubriendo que también jugaba la geografía.
Y quizá por eso Yemen resulte tan revelador. Durante años, Washington y Riad confiaron en que la abrumadora diferencia de recursos terminaría imponiendo su voluntad. Los hutíes, en cambio, aprendieron a sobrevivir, a resistir y, sobre todo, a esperar el momento en que la propia dinámica de la guerra les ofreciera una posición más favorable.
Ahora han llegado hasta las proximidades de Bab el Mandeb y han tomado la isla de Mayun, mientras Arabia Saudita vuelve a solicitar respaldo estadounidense y las rutas comerciales soportan una presión creciente.
Lo que comenzó como una campaña destinada a doblegar a los hutíes ha terminado concediéndoles una capacidad de presión que difícilmente habrían imaginado sus adversarios al comienzo de la guerra. No estamos ante el final del conflicto yemení. Estamos ante el fracaso de una estrategia que creyó posible someter por la fuerza lo que nunca consiguió comprender.
La fuerza no siempre destruye al adversario.
A veces le enseña dónde golpear.
Fuentes documentales consultadas:
1. Ofensiva hutí en Moca, Dhubab y la isla de Mayun (septiembre de 2026): Cobertura de Reuters y AP.
2. Objetivos de la campaña saudí en Yemen (2015): Análisis del Council on Foreign Relations y declaraciones del comandante del CENTCOM recogidas en dicho informe.
3. Coalición multinacional para proteger la navegación en el mar Rojo (2024): Declaraciones del Pentágono sobre la fuerza de 22 países.
4. Reducción del tráfico marítimo en el mar Rojo: Informes de Reuters y AP sobre el impacto de los ataques hutíes en la navegación comercial.
5. Presión simultánea sobre Ormuz y Bab el Mandeb: Cobertura de Reuters sobre rutas energéticas y precio del petróleo.
6. Cierre temporal del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita: Informes de agencias internacionales sobre la vulnerabilidad de las rutas alternativas saudíes.
7. Alineación de los hutíes con Irán: Reportes de Reuters y otros medios internacionales, incluyendo las negativas iraníes sobre control directo del grupo.