Por Varinia de la Cruz
«y sin embargo
somos culpables del dolor de la patria»
«Ahora salgo de mí misma
para sentirme ajena
a la muerte / al dolor / al hambre / a la injusticia»
Xiomara Bu.
Honduras no es solamente la hermosura de sus montañas, el azul profundo de sus mares, ni la fertilidad de sus valles; Honduras es una patria hecha de memorias sangrientas, de raíces y esperanza tímida a la denuncia, donde la verdad oficialista y la realidad no coinciden en nada, llevando al pueblo con alma de caribe a la oscuridad, en la angustia, como cuando el sol se mete y la ansiedad de verlo de nuevo se hace una espera eterna.
Su pueblo humilde y cabizbajo vive en la montaña que guarda la queja de los antepasados, viven cerca del río que atraviesa la tierra como una vena antigua y se gana la vida con las manos ajadas por el trabajo que salva el día.
Es la mujer y madre, fiel creyente que madruga para alimentar, el campesino que abre la tierra y le saca el maíz y el frijol con su esfuerzo, el obrero que levanta y dialoga con la dura máquina que le quita la vida de a poco, el niño que vive con el miedo de desaparecer mañana, y el joven que sueña con una patria donde la dignidad no tenga precio
.
Hoy el país y sus resultados denuncian una racha de pésimos gobernantes inmiscuidos con la mano negra, opresora de Estados Unidos, quien día a día despoja al pueblo hondreño de su historia identitaria.
Honduras país ubicado en América central,hoy presenta una de las tasas de pobreza más altas de América Latina, le pega con mayor intensidad a la niñez: “79% de los niños y adolescentes son pobres», mientras «55.8% vive en pobreza extrema» esto se reduce en una cifra preocupante; alrededor de 6.4 millones de hondureños viven en pobreza».
El salario mínimo más bajo vigente es de «L9,053 mensuales». Esto significa que el salario cubre alrededor del 70% del costo de la canasta básica. La población en su mayoría sobrevive de las remesas de familiares desde EU, las cuales constituyen una de las principales fuentes de divisas del país y superan ampliamente los ingresos provenientes del turismo y la inversión extranjera. La informalidad alcanzaba aproximadamente a 7 de cada 10 trabajadores.
El pueblo es agricultor y desgraciadamente el país es importador neto de maíz, frijol, arroz, trigo, lácteos y combustibles y por si fuera poco el país enfrenta una de las mayores tasas de criminalidad y desapariciones forzadas de niños e infantes avanzan de cientos a miles en este año.
Honduras es la herencia de sus pueblos originarios hoy casi perdida, la voz de sus muertos que ya no se recuerdan, es la resistencia de quienes nunca dejaron de amar su suelo; una tierra herida pero no vencida, que lleva en el corazón la fuerza ancestral de levantarse, cada hondureño que trabaja, que lucha, al final entiende la urgencia a que la patria vuelva a esa luminosidad que tuvo ayer y no deja de pertenecer por derecho y le ofrezca a su pueblo una mejor vida.
Hoy, hablamos con el sociólogo, hijo de la resistencia hondureña, Alberto Erazo Castro, quien plantea con visión la urgencia de que su país salga de la oscuridad y se aleje de quienes lo sobajan y le roban su identidad. Y aquí empezamos.
¿Cuéntame, qué poema te gusta sobre tú país?
Son varios los escritores importantes, pero uno de mis preferidos es Xiomara Bu, con su poema Mi patria. Es un poema que habla de un país herido por la pobreza, la injusticia y la corrupción, pero que también plantea una pregunta incómoda: cuál es nuestra responsabilidad frente a todo eso que ocurre en Honduras.
Ese poema me toca particularmente porque para mí el amor por un país no puede reducirse a una declaración sentimental, a decir que uno ama su patria y después mirar hacia otro lado. Querer a Honduras significa tener la capacidad de mirarla de frente, reconocer lo que está mal y preguntarnos también si nosotros hemos contribuido, de alguna manera, a llegar hasta este punto. Amar un país también implica tener el valor de criticarlo cuando es necesario.
Lo que más me interesa de Mi patria es que, a pesar de todo el dolor que expresa, no abandona al país. No es un poema de renuncia ni de desprecio hacia Honduras. Al contrario, todavía existe una esperanza, una mirada hacia el futuro y la posibilidad de reconstruir aquello que ha sido destruido. Y eso me parece muy importante, porque uno puede estar profundamente decepcionado de sus políticos, de sus instituciones y de muchas cosas que ocurren aquí, pero eso no significa que tenga que renunciar a su patria.
Podemos estar cansados, indignados o incluso profundamente decepcionados, pero mientras exista la voluntad de imaginar una Honduras distinta, todavía existe algo por lo que vale la pena luchar. Para mí, ese es precisamente el valor de Mi patria: recordar que amar a Honduras no consiste en negar sus problemas, sino en reconocerlos y, aun así, negarnos a abandonarla.
¿De qué manera hay que intervenir analizando la historia contemporánea como sociólogos?
Creo que hay que hacer las dos cosas. Primero, interpretar la realidad, porque esa es una de las responsabilidades fundamentales de un sociólogo: observar lo que ocurre, buscar las causas, relacionar los hechos y tratar de comprender qué está pasando realmente. Pero ese conocimiento no debería convertirse en un ejercicio encerrado entre especialistas que escriben para otros especialistas mientras afuera la sociedad sigue enfrentando exactamente los mismos problemas. El conocimiento pierde buena parte de su sentido cuando se queda encerrado.
Un sociólogo tiene herramientas para comprender lo que ocurre y también puede participar en la discusión pública. Eso no significa necesariamente militar en un partido político ni convertir la Sociología en propaganda. Significa tener la capacidad de decir lo que uno piensa, defender un análisis y asumir las consecuencias de hacerlo. Si estudias una sociedad, detectas sus problemas y luego decides guardar silencio por comodidad, ¿qué sentido tiene todo ese conocimiento? Para mí, la Sociología debe tener una relación directa con la sociedad que estudia.
Por eso no creo en una Sociología completamente aislada de la realidad. El sociólogo tiene que ser una persona activa, proactiva y capaz de salir de los límites de su propio espacio profesional. Hay que investigar, escribir, discutir, divulgar y también atreverse a intervenir intelectualmente cuando la realidad lo exige. No para tener la razón, sino para aportar una mirada que permita entender mejor lo que está ocurriendo.
Al final, estudiar la sociedad también implica una responsabilidad frente a ella. No basta con describir los problemas como si fueran fenómenos ajenos que uno observa desde una ventana. Hay que interpretarlos, explicarlos y llevar ese conocimiento a la discusión pública. Para mí, ahí está una de las funciones más importantes del sociólogo: comprender la realidad, pero también atreverse a hablarle a la sociedad sobre aquello que ha comprendido.
¿Por qué es importante que un comunicador, un estadista, un dirigente, un sociólogo, se adentre en la profundidad y el origen de los fenómenos sociales?
Es necesario, y además es una tarea colosal. Honduras es un país bastante oscuro en muchos sentidos y, peor todavía, los propios hondureños tenemos muchas veces una idea profundamente equivocada de lo que ocurre dentro de nuestro país. Nos acostumbramos a determinadas anomalías hasta el punto de considerarlas parte del paisaje. Y ahí es donde investigar deja de ser una curiosidad intelectual y se convierte en una obligación. Si solo observas la superficie, puedes terminar describiendo los síntomas sin comprender jamás qué está ocurriendo debajo.
Algo que he señalado en varios de mis videos y escritos es la cantidad de niños desaparecidos en Honduras. Si las cifras que se han venido reportando son correctas, la diferencia con otros países de la región resulta demasiado grande como para despacharla con un simple «son cosas que pasan».
Cuando aparecen semejantes diferencias, lo responsable es preguntar qué está ocurriendo, qué redes pueden estar detrás, qué instituciones están fallando y por qué determinados casos terminan sin respuestas claras. A mí me parece inaceptable mirar cifras de esa magnitud y responder con indiferencia. Eso obliga a investigar fenómenos como la trata de personas, la explotación infantil y otras formas de criminalidad que pueden estar operando de manera mucho menos visible de lo que el ciudadano común imagina.
Eso además rompe con una imagen demasiado cómoda que muchos hondureños tienen de su propio país. Nos gusta pensar en Honduras como un país tranquilo, cálido, hospitalario, con sus defectos y sus problemas habituales, pero esa imagen puede convertirse en una manera de no mirar aquello que resulta desagradable.
Hay cosas bastante oscuras que ocurren aquí y que muchas personas prefieren ignorar, minimizar o simplemente no preguntar. Y cuando una sociedad llega al punto de acostumbrarse a lo anormal, investigar se vuelve todavía más importante. Porque una realidad incómoda no deja de existir porque decidimos no mirarla.
Meterse en la historia de Honduras es otro problema enorme. Ahí hay que escarbar, revisar archivos, contrastar fuentes y preguntarse por qué determinados documentos siguen siendo de acceso tan difícil. He encontrado fuentes historiográficas y documentos vinculados a alcaldías e instituciones públicas que no están disponibles con facilidad para el público.
Incluso un historiador mexicano especializado en Centroamérica me hizo comentarios que reforzaron varias de las preguntas que ya tenía. Eso no significa que cualquier sospecha quede demostrada automáticamente, pero sí demuestra que hay suficientes vacíos como para seguir investigando.
Por eso considero indispensable conversar con historiadores, sociólogos, periodistas, especialistas y personas de otras áreas. Muchas veces uno comienza con una duda y termina descubriendo que el problema era mucho más grande de lo que imaginaba. Y ahí está precisamente la importancia de profundizar: descubrir aquello que no es visible a primera vista y tratar de entender por qué permanece oculto. La realidad no siempre grita; muchas veces simplemente espera a que alguien tenga la paciencia de escarbar.
¿Cómo materializas el amor hacia tu patria y hacia tu identidad Latinoamericana?
El primer afecto que tengo hacia esta región es, sin duda, hacia la niñez. La niñez representa el futuro de Centroamérica y de América Latina en general. Son ellos quienes primero deberían recibir una idea clara de futuro, una infancia feliz, tranquila y digna. Cuando pienso en mi país y en nuestra región, pienso en los niños antes que en los políticos, porque ahí está lo que todavía puede salvarse y lo que todavía merece ser construido. Para mí, amar una patria también significa preocuparse por aquellos que todavía no pueden decidir qué país van a recibir.
Yo sé que hay gente buena, dentro y fuera de Honduras. Mi rechazo no está dirigido contra el hondureño común; mi resentimiento está dirigido contra el modelo de Estado republicano liberal y contra quienes lo han utilizado para mantener al país en una situación que considero injusta.
Ese Estado se convirtió, en una máquina incapaz de sacar a Honduras de la pobreza, la desigualdad y la dependencia. Y eso lo rechazo completamente. No tengo ningún compromiso sentimental con una estructura política solo porque lleve el nombre de República. Mi compromiso está con la gente, con la tierra y con la posibilidad de construir algo distinto.
Porque si aceptamos que Honduras debe continuar siempre abajo, viviendo entre pobreza, miseria y desigualdad, entonces estamos aceptando que nuestro destino ya fue escrito por otros. Yo me niego a aceptar eso. Por eso utilizo mi palabra para cuestionar esa veneración casi religiosa hacia el Estado republicano liberal actual.
No le tengo ninguna admiración. Lo considero una herramienta que ha fallado y que ha terminado perjudicando a buena parte de la población. Y sí, el rechazo que muchas veces se escucha en mis palabras es fuerte, porque también me duele profundamente ver un país tan joven hundirse en pobreza, necesidades y desigualdad. Me cuesta permanecer indiferente frente a eso. Hay cosas que realmente me sacan de mis casillas.
Pero mi amor por Honduras existe y es profundo. Está en la tierra donde nací, en la naturaleza que me rodea, en las montañas, en la memoria, en la gente y en todo aquello que forma parte de nuestra historia. Tengo arraigo hacia ese país real, no hacia una estructura de poder determinada.
Al Estado republicano actual no le tengo ese afecto, porque considero que durante mucho tiempo ha sido un adversario de los intereses de mi pueblo, y que también lo fue de generaciones anteriores, aunque cambiara de color político.
Mi patria es mucho más grande que cualquier gobierno, partido o modelo de Estado. Por eso puedo rechazar profundamente la forma en que Honduras ha sido gobernada y, al mismo tiempo, quererla con una intensidad enorme. De hecho, precisamente porque la quiero, no estoy dispuesto a aceptar que siga condenada a lo mismo.
¿Qué sucesos históricos te marcaron?
Sin duda, el golpe de Estado de 2009 en Honduras. Fue un antes y un después en mi vida. Ese día se acabó mi inocencia política. Todavía recuerdo lo ocurrido: se fue la energía eléctrica, comenzó la incertidumbre y empezaron a circular las primeras noticias de que el presidente de mi país había sido expulsado del poder. Apenas un día antes se discutía una consulta popular relacionada con una posible reforma constitucional y la reelección presidencial. Al día siguiente Honduras amaneció con militares, calles tomadas y una democracia que de repente descubrió que tenía una puerta de salida bastante fácil, aquel golpe tampoco puede entenderse separado de la influencia de Washington y de la administración de Barack Obama. Para mí, 2009 abrió una etapa que todavía no hemos terminado de pagar.
El país quedó profundamente dividido, la violencia aumentó y unas instituciones que ya eran débiles quedaron todavía más deterioradas. Después de aquello quedó demostrado que en Honduras las reglas pueden romperse y que, cuando quienes tienen poder las rompen, casi nunca ocurre nada.
Para mí, 2009 también sirvió para quitarle la máscara al sistema político hondureño. Hasta entonces todavía podía imaginar que nuestras instituciones tenían algún margen de autonomía. Después del golpe entendí que el país podía funcionar como una hacienda política administrada por un grupo reducido de familias con dinero, tierras, contactos y una sorprendente capacidad para decidir por los demás.
Y eso es precisamente lo más revelador: no hacía falta una revolución, una guerra civil ni una gran insurrección. Bastó una consulta popular para que buena parte de la clase política demostrara cuánto le incomodaba que el pueblo pudiera opinar sobre asuntos que consideraban patrimonio exclusivo de las élites. El discurso sobre la democracia quedó desnudo. Cuando el ciudadano intenta tocar una pieza del tablero, resulta que las piezas ya tienen dueño.
También recuerdo las imágenes de la gente corriendo hacia sus casas. Miles de personas tratando de ponerse a salvo mientras el país entraba en una crisis que iba a marcar a toda una generación. Aquello me produjo una sensación muy amarga.
Pensé que mi pueblo se había acobardado cuando más falta hacía reaccionar. No hablo de defender a un caudillo concreto; hablo de aprovechar aquel momento para cuestionar de raíz el orden que nos había llevado hasta allí. La historia no suele conceder demasiadas oportunidades y, cuando las desperdicia un pueblo entero, después llega la factura. Y la nuestra llegó.
Después del golpe vino la destrucción de buena parte de lo poco que todavía conservaba el país, la apertura todavía mayor a intereses extranjeros y aquella campaña de Honduras Open for Business. Todavía recuerdo que, cuando comenzó aquella campaña de Honduras Open for Business, alguien se me acercó y me dijo una frase que se me quedó grabada: «Honduras abriendo las piernas». En ese momento parecía una expresión vulgar, incluso exagerada. Hoy, después de todo lo que hemos visto con las ZEDE y con empresas extranjeras tomando decisiones sobre el territorio y recursos que deberían pertenecer a los hondureños, la frase adquiere otro sentido.
Llegaron proyectos que terminaron afectando nuestra soberanía y hasta nuestros recursos naturales; llegaron al punto de disponer de nuestra agua mientras aquí seguíamos mirando todo como si se tratara de una simple oportunidad de inversión. En 2011 nadie podía imaginar hasta dónde llegaría aquello. Hoy sabemos que aquella apertura no era tan inocente como nos la vendieron y que las consecuencias podían ser mucho más graves de lo que cualquiera de nosotros alcanzaba a imaginar.
Y quedaron también las víctimas, que muchas veces desaparecen de la memoria nacional con una facilidad escalofriante. Hubo personas que salieron a protestar y enfrentaron a las Fuerzas Armadas, y muchas de ellas quedaron relegadas al olvido.
Existen investigaciones, documentos y testimonios sobre lo ocurrido, pero todavía considero insuficiente el esfuerzo para esclarecer todos los abusos cometidos contra la población. Yo no comparto esa imagen casi sagrada del ejército como institución situada siempre por encima de la sociedad y dedicada exclusivamente a protegerla.
El Estado concentra la fuerza mediante las Fuerzas Armadas, pero mi lectura de la historia hondureña es que esa fuerza ha respondido demasiadas veces a los intereses de las élites nacionales y a influencias extranjeras antes que a las necesidades de la población. Y cuando un ejército termina defendiendo antes los intereses de quienes mandan que a quienes viven en el país, ya no estamos hablando de una simple institución de seguridad. Estamos hablando del brazo armado de un orden que exige obediencia.
Por eso 2009 me marcó para siempre. Hasta entonces todavía podía mirar la política hondureña con cierta ingenuidad; después de ese día, esa ingenuidad murió. Descubrí que la democracia podía convertirse en una decoración muy bonita mientras las decisiones importantes se tomaban lejos de la mirada de la mayoría.
Un país puede tener elecciones, partidos, discursos patrióticos y ceremonias oficiales y, al mismo tiempo, estar sometido a intereses que casi nadie conoce. Desde entonces dejé de aceptar esa versión cómoda de Honduras como un país que simplemente tenía problemas, mala suerte o malos gobernantes.
Lo que vi fue algo mucho más incómodo: un país donde las élites habían concentrado una cantidad enorme de poder y donde demasiada gente había terminado aceptando esa situación como si fuera el orden natural de las cosas.
Ahí fue cuando comprendí que 2009 no había sido simplemente una crisis política, sino la revelación de algo mucho más profundo. El poder de la fuerza lo tiene el Estado a través del ejército, pero el poder omnímodo, es anglosionista.
Y cuando unes ambas cosas, entiendes por qué un país entero puede ser llevado hasta el límite mientras sus ciudadanos observan cómo les arrancan el derecho a decidir sobre su propio destino. Yo ya no podía mirar aquello con la misma inocencia.
El golpe me enseñó quién estaba dispuesto a defender sus privilegios hasta las últimas consecuencias y quién estaba dispuesto a aceptar que Honduras continuara pobre mientras unos pocos permanecieran arriba. Desde ese momento, la clase criolla que sostuvo aquel orden dejó de ser para mí una simple adversaria política. En 2009, conmigo, se ganó algo mucho más serio: ser mi enemigo eterno.
¿Cuál es la problemática esencial que enfrenta Honduras?
Creo que el principal problema de Honduras, y de ahí se desprende buena parte de lo demás, es que nunca hemos conseguido construir un proyecto nacional propio. Somos un país con enormes posibilidades, con recursos, territorio, una posición geográfica privilegiada y gente capaz, pero seguimos avanzando sin una visión clara de hacia dónde queremos llevar la nación.
Existen problemas económicos, sociales, políticos y de seguridad, por supuesto, pero detrás de todos ellos hay una pregunta mucho más profunda: ¿quién decide el rumbo del país y en función de qué intereses? Mientras esa pregunta continúe sin respuesta, cualquier discurso sobre desarrollo será apenas una decoración.
Honduras lleva aproximadamente doscientos años respondiendo a circunstancias externas y a intereses particulares en lugar de desarrollar una idea propia de nación. El Estado republicano que nació de aquella supuesta independencia terminó funcionando, como un proyecto al servicio de un grupo minúsculo de personas acompañado por intereses internacionales. Y hasta ahí llegó la gran promesa republicana.
No existe una verdadera visión nacional al servicio de las mayorías. Eso se puede observar a lo largo de nuestra historia: Honduras no ha sido un país de grandes revoluciones, tampoco de grandes transformaciones sociales ni de grandes proyectos nacionales. Incluso las luchas que alguna vez consiguieron conquistas importantes han sido enterradas poco a poco. Leyes que ayer protegían al trabajador hoy son letra muerta. Conquistas sociales que costaron años de lucha pueden desaparecer mientras buena parte del país ni siquiera se entera.
Y ahí aparece una contradicción que para mí resume bastante bien nuestra desgracia. La Honduras que imaginamos no coincide con la Honduras que existe. Yo tengo una frase que perfectamente podría dejar como palabra bíblica: la realidad y el hondureño son incompatibles. Nos hablan de que la economía está creciendo, de que el país repunta, de que vienen inversiones, de que ahora sí vamos hacia el desarrollo, y después aparece la realidad para destruir el relato.
A principios de los años 2000 había mucha gente convencida de que Honduras finalmente iba a despegar. Nadie imaginaba lo que vendría después con la crisis de 2008, el golpe de 2009 y todo lo que ocurrió posteriormente. La Honduras soñada nunca llegó. La realidad siempre termina pasando por encima de la ilusión. Y aquí uno aprende algo bastante amargo: en Honduras puedes construir cualquier fantasía sobre el futuro, pero tarde o temprano llega la realidad a cobrarte la factura.
Lo más preocupante es que no veo una lucha verdaderamente desinteresada en favor de las mayorías. Hay intereses políticos, empresariales, extranjeros y personales, pero cuesta encontrar una voluntad sostenida de construir algo pensando primero en el país.
Por eso yo he defendido la necesidad de romper con Occidente y reducir nuestra dependencia de Estados Unidos, no necesariamente eliminando toda relación comercial, porque eso sería absurdo, sino dejando de vivir como si nuestro destino tuviera que ser decidido siempre desde afuera. Pero casi nadie propone algo así de manera seria. Resulta más cómodo aceptar las reglas existentes y esperar que algún día produzcan un milagro.
Yo no creo en el sistema hondureño. Me resulta imposible creer en un modelo que durante tanto tiempo ha producido pobreza, desigualdad, criminalidad, corrupción, abuso y frustración y después pretende presentarse como la única opción racional. Es un sistema que, está diseñado para reproducir miseria antes que riqueza.
Y ahí está el problema esencial: no estamos ante una serie de errores aislados que puedan corregirse uno por uno. Estamos ante un país que nunca terminó de decidir qué quiere ser. Mientras Honduras no construya una idea propia de nación, seguirá atrapada en la misma rueda: dependiente hacia afuera, fragmentada hacia adentro y dirigida por intereses que casi nunca coinciden con los de la mayoría. Por eso no creo en el sistema hondureño: porque después de dos siglos todavía no me ha demostrado que exista para construir el país que prometió construir.

Sobre la presencia militar de Estados Unidos.
La presencia militar de Estados Unidos en Honduras no es un detalle secundario ni una simple anécdota dentro de nuestra historia. Su principal enclave se encuentra en la Base Aérea Soto Cano, en Palmerola, Comayagua, donde opera la Fuerza de Tarea Conjunta-Bravo.
A eso se suma una relación de décadas de apoyo estadounidense a las Fuerzas Armadas hondureñas, ejercicios conjuntos, cooperación en materia de seguridad y otras formas de presencia militar. Todo esto lleva tanto tiempo que muchos ya lo consideran parte del paisaje, como si tener fuerzas de una potencia extranjera dentro del territorio nacional fuera tan normal como tener una carretera o un aeropuerto.
Y ahí está lo incómodo. Honduras ha llegado a un punto en el que la presencia militar de Washington dentro de nuestro territorio se presenta como algo completamente normal mientras el país continúa enfrentando pobreza, bajos ingresos y una enorme subordinación económica frente a Estados Unidos.
Es una relación bastante peculiar: Honduras aporta territorio, posición geográfica y condiciones para esa presencia; Washington obtiene un punto privilegiado para ampliar su radio de acción en la región. Después alguien lo llama cooperación y asunto resuelto. La palabra suena bastante bien, pero la realidad tiene mucho menos romanticismo.
Y la historia podría no terminar ahí. Se han reportado negociaciones para una posible instalación militar en Roatán, aunque esa información todavía no ha sido confirmada oficialmente. De concretarse, Honduras volvería a mostrar algo que conoce demasiado bien: cuando una potencia necesita espacio para ampliar su presencia en el Caribe, nuestro territorio parece estar siempre disponible.
Y mientras unos hablan de inversión, seguridad y cooperación, habría que formular una pregunta bastante más incómoda: ¿qué obtiene realmente Honduras a cambio de entregar una y otra vez su territorio y su posición geográfica?
Así, el sometimiento hondureño no termina en el dinero que llega desde el extranjero. Está en la economía, en las remesas, en la energía y, de la manera más sensible, también en la presencia militar de una potencia extranjera dentro de nuestro propio territorio. Honduras no solo aprendió a vivir mirando hacia Washington; también terminó acostumbrándose a verlo instalarse dentro de sus propias fronteras.
Y cuando la presencia de otro país deja de parecernos una anomalía, quizá el problema ya no sea únicamente la potencia que entra, sino el país que dejó de preguntarse por qué la dejó entrar.
¿Cuál es la importancia de tener conciencia de clase?
Yo tengo muy claro que jamás voy a pertenecer a los criollos. Para ellos, uno siempre será parte del pueblo, una entidad marginal que puede ser tolerada mientras permanezca en su lugar. Y lo más grave es que muchas veces ni siquiera ocultan el desprecio. He escuchado esa frase de que «a un indio lo pueden comprar con una cerveza y un pollo», y ese tipo de expresiones dicen muchísimo sobre cómo ciertos sectores privilegiados miran a la población hondureña.
Ellos conocen muy bien su posición, conocen sus intereses y saben perfectamente qué deben hacer para conservarlos. El problema es que la gente de abajo muchas veces ni siquiera comprende que también pertenece a una clase y que sus intereses pueden ser completamente contrarios a los de quienes están arriba.
Por eso tener conciencia de clase es fundamental. Cuando no sabes dónde estás parado, terminas adorando ídolos vacíos y defendiendo intereses que no son los tuyos. Puedes llegar a creer, por ignorancia, que los estadounidenses son nuestros hermanos mayores, cuando nuestra relación histórica con el mundo anglosajón ha estado marcada por intereses contrarios a los nuestros.
Aquí todavía existe una admiración casi infantil hacia todo lo que viene de Estados Unidos. Se copia su cultura, sus hábitos, sus formas de consumo y hasta su manera de pensar, mientras la propia cultura queda relegada. Y después nos preguntamos por qué Honduras no consigue construir una identidad propia.
El problema es todavía más evidente cuando observas nuestra realidad material. Eres hondureño, eres centroamericano y estás viviendo en uno de los países más pobres de América Latina, con enormes desigualdades y una productividad muy inferior a la de varios de nuestros vecinos.
Esa debería ser una razón suficiente para preguntarnos qué está fallando y quién se beneficia de que continúe así. Pero muchas veces ocurre lo contrario: en vez de estudiar nuestra realidad, preferimos refugiarnos en modelos ajenos y repetir que algún día seremos como los países que admiramos. Esa mentalidad termina convirtiéndose en una trampa porque nunca nos obliga a preguntarnos qué podríamos ser nosotros mismos.
Y aquí llego a algo que para mí es todavía peor: ¿sabes qué es peor que la modernidad occidental? Ser una copia mal hecha de ella. Eso es lo que Honduras ha intentado ser durante demasiado tiempo. No se imagina como algo original, no se imagina construyendo una propuesta propia; se imagina como una versión pequeña, tardía y defectuosa de la modernidad anglosajona occidental.
Copiamos instituciones, costumbres, modelos económicos, formas culturales y hasta aspiraciones ajenas, pero seguimos sin preguntarnos qué clase de país queremos construir desde nuestra propia realidad.
Por eso la conciencia de clase también tiene que estar acompañada por una conciencia nacional. Saber quién eres, dónde vives, qué intereses defiendes y quién se beneficia de las condiciones en las que estás viviendo.
De lo contrario, terminas defendiendo al que está arriba mientras crees que algún día podrás convertirte en él. Y quizá esa sea una de las grandes tragedias hondureñas: nos enseñaron a admirar al que nos desprecia y a avergonzarnos de aquello que somos.
El día que un pueblo comprenda su lugar, sus intereses y su propia dignidad, deja de ser una masa disponible para cualquier poder que llegue con dinero, propaganda o una promesa de modernidad.
Qué soluciones propones frente a la problemática de tu país.
Yo partiría de una ruptura profunda con Occidente. Honduras lleva demasiado tiempo intentando convertirse en una copia tardía de un modelo que no fue pensado para nosotros y que, después de dos siglos, todavía no ha conseguido sacarnos de la pobreza. No hablo de cerrar el país ni de dejar de comerciar con Estados Unidos o Europa; hablo de dejar de considerarlos como el centro de nuestra existencia.
Honduras necesita dejar de mirar hacia Washington, Londres o París para preguntarse qué debe hacer y empezar a construir una visión propia. Ya hemos probado durante demasiado tiempo la fórmula de obedecer, esperar inversiones y repetir modelos ajenos. El resultado está a la vista.
Eso exige una formación filosófica e intelectual propia, fuerte y beligerante. Necesitamos una generación de hondureños que conozca a nuestros pensadores, nuestra historia, nuestra literatura, nuestra realidad social y también las grandes corrientes de pensamiento del mundo, pero que no las estudie para convertirse en discípulos de nadie.
Hay que leer a Marx, Lenin, Dugin, Gullo, Spengler, Gramsci, Polanyi, Wang Huning, Buela, Zamora y a todos aquellos autores que puedan ayudarnos a pensar, pero después hacer algo mucho más difícil: producir nuestras propias ideas. No quiero una juventud que repita frases de izquierda o de derecha como quien repite oraciones religiosas.
Quiero jóvenes capaces de discutir, cuestionar, investigar y decir: esto nos sirve, esto no nos sirve y esto tenemos que inventarlo nosotros. Una nación que no produce pensamiento termina consumiendo pensamiento ajeno.
En el plano internacional, yo propondría un acercamiento total al BRICS, Rusia, China, India, Irán y al conjunto de Asia. Honduras tiene que mirar hacia el Pacífico y convertir esa orientación en una prioridad nacional. Durante demasiado tiempo hemos mirado casi exclusivamente hacia el Atlántico y hacia Estados Unidos, como si nuestro futuro estuviera condenado a pasar siempre por ahí. El siglo XXI ofrece otras posibilidades.
China, Rusia, India y otras potencias asiáticas representan mercados, tecnología, ciencia, energía, infraestructura y nuevas posibilidades de cooperación. Honduras debería abrir relaciones mucho más profundas con ese mundo y diversificar completamente sus vínculos exteriores. No para cambiar un amo por otro, porque eso sería una estupidez, sino para dejar de tener un único centro de referencia.
Eso también implica fortalecer nuestras relaciones con América Latina. Yo quiero una Centroamérica mucho más unida y una América Latina capaz de hablar con voz propia.
Honduras debería participar activamente en proyectos de integración económica, energética, científica y comercial con México, Brasil, Argentina, Nicaragua, Venezuela, Bolivia y el resto de la región. Tenemos que dejar de comportarnos como pequeñas parcelas aisladas. Una Honduras sola tiene un margen reducido frente a las grandes potencias; una Centroamérica articulada ya puede negociar desde otra posición.
En el terreno económico, hay que abandonar la idea de que nuestro destino es exportar materias primas y recibir productos terminados. Honduras necesita industrializarse, desarrollar agricultura de alto valor, producir tecnología, fortalecer la ciencia, crear empresas nacionales y construir un mercado interno mucho más sólido.
Necesitamos energía suficiente, carreteras, ferrocarriles, puertos, sistemas de riego, centros de investigación y formación técnica de alto nivel. No podemos seguir esperando que alguien venga desde fuera a construir nuestra riqueza. La riqueza nacional tiene que producirse aquí y quedar aquí en una proporción mucho mayor.
También hay que recuperar nuestros recursos. Agua, tierras, minerales, energía y territorio no pueden ser tratados como mercancía disponible para cualquiera que llegue con dinero. Un país pobre que entrega sus recursos sin construir capacidades propias está vendiendo su futuro para poder sobrevivir el presente.
Y eso es exactamente lo que yo quiero romper. El capital extranjero puede participar, pero bajo condiciones definidas desde Honduras y de acuerdo con una visión nacional. El país tiene que decir primero qué necesita y después decidir quién puede participar.
En materia militar y de soberanía, también plantearía una revisión profunda de la presencia extranjera. No considero normal que una potencia como Estados Unidos tenga una presencia militar tan arraigada dentro de Honduras.
Una nación que pretende decidir su propio destino debe tener capacidad para defender su territorio, sus recursos y sus decisiones sin depender de fuerzas extranjeras. Eso requiere fortalecer nuestras propias Fuerzas Armadas, nuestra formación científica y tecnológica y nuestra capacidad de seguridad nacional.
Y hay algo todavía más importante: hay que recuperar a la niñez y a la juventud. No podemos construir una nación nueva mientras formamos generaciones sin horizonte, sin disciplina, sin conocimiento de su historia y completamente absorbidas por el consumo inmediato.
Quiero una educación que enseñe a leer profundamente, conocer filosofía, historia, ciencia, literatura, economía y geopolítica. Quiero jóvenes capaces de pensar durante horas sin necesitar una pantalla para llenar cada segundo de su vida. La autonomía intelectual también es una forma de soberanía.
En el fondo, mi propuesta es bastante simple: Honduras tiene que dejar de ser una periferia que espera instrucciones y convertirse en una nación que decide. Romper con el servilismo intelectual, ampliar las relaciones hacia Asia y el Pacífico, acercarnos a BRICS, Rusia, China e India, fortalecer la integración latinoamericana, industrializar el país, recuperar nuestros recursos, formar una juventud intelectualmente fuerte y construir una visión propia del mundo.
No quiero que Honduras sea una versión pequeña de Estados Unidos, ni una copia de Europa, ni una sucursal de ningún otro país. Quiero que Honduras descubra qué puede ser por sí misma.
Porque para mí la verdadera solución empieza ahí: dejar de preguntarnos cómo podemos parecernos a otros y empezar a preguntarnos qué clase de nación podemos llegar a ser.