Vivimos en un cuento de hadas

Por Astrid Perellón

 

Todos los cuentos de hadas comienzan con jóvenes incomprendidos. Todavía no son grandes y ya no son realmente pequeños, por eso son más propensos a una aventura. Una especie de decepción de los adultos y una nostalgia de la infancia los lleva a embarcarse en lo desafiante.

Pero también los cuentos de hadas refieren a papás que no dan crédito a lo que sus jóvenes ven, crean o enfrentan (ya sea en forma de madrastras o de brujas; los adultos de las historias no son aliados de los protagonistas). Dichos adultos, precisamente como el protagonista ya no es niño, no le permiten ser crédulo y, como no es adulto, no consideran heroísmo su travesía. ¿Qué pasaría en un cuento de hadas si los papás sí creyeran lo que los hijos narran? Quizá entonces la señora Darling hubiera preparado ella misma las maletas para largarse a Nunca Jamás, o el papá de Bastián Baltazar Bux hubiera trasnochado para terminar de ayudar a Atreyu mientras su hijo, tiernamente, se quedaba dormido junto a su padre frente al libro.

¿Qué pasaría en nuestras dinámicas familiares si escucháramos a los niños no con compasión o ternura, sino con seriedad? Tomando sus enamoramientos de kínder no como matrimonios o caprichos sino como verdaderos intentos de comprender la sensación de querer compartir con una sola persona todas las alegrías y tristezas. Que tuviéramos la seriedad para reconocer en sus rabietas un intento por comprender por qué el mundo pone cosas fuera de nuestro alcance y no nos dice cómo obtenerlas inmediatamente.

Si apreciáramos nuestro propio cuento, la seriedad no lo volvería trágico ni sombrío sino divertido. Entenderíamos que las travesías nunca acaban, no todos los dragones se deben matar, ni los finales felices garantizan permanencia. Podríamos recuperar la alegría de vivir con nuestros hijos sus caminos, en lugar de dictarles los pasos que se supone sigan hacia cierta recompensa.

Podríamos convertir nuestra vida entera en una fábula del aquí y del ahora donde el niño preguntaría a altas horas de la noche “¿Puedo quedarme despierto para seguir jugando al monstruo?” y papá tranquilamente podría responder “Entiendo tu deseo, hijo, ¿qué hace tan interesante tu monstruo?” El niño admite: “Ah, pues me hace más rápido y listo para vencerlo ¿y el tuyo papá?” Aquel confiesa: “El monstruo que me desvela me da información interminable que me hace más miedoso y lento para tomar decisiones. ¿Cómo se llama tu monstruo, hijo?”

 

“Grkuññ ¿y el tuyo, pa?”

“Facebook”.

Related posts