“Si ya lo están matando, termínenlo de matar”

Por Mónica Monserrat Ramírez Rivera

Alameda Central de la Ciudad de México. Camino bajo la brisa que invita a una tormenta común como las de estos días. Lo decía el estorboso y grande impermeable azul que traía encima la mujer policía que se negó  rotundamente a platicar, como si fuese a ser víctima de un experimento escolar que yo haría. No insistí, no me lo permitió la fuerza que se notaba en su quijada afilada.

Después de mi primer “no», que tantos nervios me había costado, caminé sólo unos metros sobre Avenida Hidalgo, donde se encontraban dos policías que me veían de forma conocedora desde lejos, adelantándose a tener que lidiar conmigo y mi petición.

Me presenté con el oficial Herrera, un hombre de unos 35 años con esposa y dos hijos. Blanco, perfectamente uniformado. Ligeras arrugas. Suman ojeras pronunciadas bajo esos ojos que han visto cómo es el sistema policíaco en México. Él ahora perteneciente al agrupamiento de la Policía Turística. Empezó a contarme su historia como si no fuera la primera vez que lo hacía.

El oficial Herrera se unió al agrupamiento de la Policía Federal en 2008. Recuerda la presidencia de Felipe Calderón y el inicio de la guerra contra el narcotráfico que causó caos en la región norte del país, donde lo asignaron recién salió de la academia, específicamente en Ciudad Juárez, Chihuahua.

Apenas dibujaba en su rostro una sonrisa, dejando asomar el sarcasmo e impotencia. Recuerda el día en que lo asignaron en la patrulla donde iba su jefe, el Comandante que estaba a cargo de ellos. Mientras movía sus pies como si quisiera despegarlos del pavimento húmedo, Herrera Carmona cuenta que ese día, por la frecuencia policíaca, recibieron orden de detener una camioneta  blanca que se caracterizaba como “sospechosa”.

Él y su tripulación detuvieron a la camioneta que pertenecía a sicarios de un cártel de Ciudad Juárez. Con la mirada fija al árbol detrás de mí, narra que al abrir la puerta trasera de la camioneta se encontraba una persona secuestrada que lo miró fijamente a los ojos y le suplicó mientras era apuñalada por la espalda:

“Por favor, por favor, ayúdenme, ustedes son los buenos”. Sin quitar los ojos del árbol, como si fuera un espejo al pasado, su cara tornó frustrada al rememorar su sentimiento de querer ayudar a la persona y hacer su labor como policía federal, pero no pudo:

“Me quedó marcado eso porque ves el sufrimiento de la gente y no puedes hacer nada porque enseguida mi Comandante le dijo a los sicarios: << A ver cabrones, lo vienen matando, no se hagan pendejos. Si ya lo están matando, termínenlo de matar y a mí denme lo mío, cualquier paro me marcan. >>  Después se subió a la patrulla con una mochilita llena de fajos de billetes.”

“¡Aaay wera!” me exclamó como si fuera rubia y desconocedora de la vida… “Aquí te das cuenta cómo el sistema del gobierno, de cabeza a los pies, es puritita corrupción. Le entras o le entras. No te echas para atrás y no dices nada porque tienes familia, y tienes vida, y ya nadie quiere morir por su hermano.”

fa-siyalo

Se nota la pasión de J.C. Herrera C. (como dice su gafete), por su trabajo. La adrenalina, el peligro y la labor humanitaria por su semejante, por la sociedad. Misma pasión ha sido lastimada, moreteada por los golpes de la realidad a la que se enfrentó y enfrenta todos los días. 28 horas seguidas de trabajo por 24 horas de descanso.

El oficial Herrera es uno más, sólo un policía más de muchos a quien se le quitaron las ganas de ayudar, gracias a quienes gobiernan el país nuestro de cada día.

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