Cozzaglia: arriesgarlo todo para cumplir un sueño

Texto y fotos: Brenda Ramírez Padilla

A unos cuantos metros de la Escuela de Periodismo Carlos Septién, sobre la avenida Rosales, se encuentra el Cozzaglia: Casa de la Pasta. Junto a un terreno abandonado, logra darle luz y antojo a la calle. Dentro, se encuentra Elizabeth Telles, que con 33 años me platica cómo es atender y supervisar su propio negocio. Cabello recogido, lentes de armazón rojo y sonrisa cálida me reciben sin hacerme esperar, ofreciéndome un menú.

Sus hijos hacen tarea en la mesa pegada a la barra del restaurante y hacen como que no escuchan la conversación. Mientras, su papá los observa de la cocina, de donde invade un olor a salsa arrabiata y queso fresco. El lugar está completamente ambientado con música, manteles y pinturas italianas. Al preguntar qué inspiró el tipo de comida que se serviría en su propio local, Elizabeth me cuenta un poco de su historia.

Por ahí de 1998, Elizabeth y su esposo vivían allá en el gabacho, en la ciudad de San Francisco. Ya con su primer hijo, los dos trabajaban con familias italianas. Ella, en una panadería; él en un restaurante. Es de ahí de donde surgió el sueño, la idea y la preparación para seguir sus instintos y poner su propio negocio.

Me cuenta que su esposo se encarga por completo de la cocina, ella es más mujer de clientes. Lo suyo, lo suyo, es estar con la clientela. Aunque me asegura que “empezó desde la loza”, así que si un día se queda sola, sabe arreglárselas.

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Pasaron ocho años para que decidieran venirse para la gran capital, donde con la ayuda de los primos de su esposo se montó el primer restaurante. “Un local chiquito, acá en Balderas”, me aclara.

Después de mucho trabajo y sobretodo mucha organización, se logró el lugar que tienen ahora.

Le pregunto qué pasa con la zona, si es difícil de mantener, si por las noches es segura, en qué consistió su éxito. Elizabeth lo piensa por un momento y me afirma: -La verdad es que cuando vivíamos allá las cosas salían más baratas. Yo creo las cosas ya están igual que aquí ahorita, ¿verdad? Pero cuando uno se dedica a la comida, se alimenta como rico.

De la seguridad de la zona no me cuenta mucho. Me dice que gracias a dios nunca les ha pasado nada y que si sí, pues tienen sus cámaras. Al contrario, me platica de la historia del cliente al que venían siguiendo y se refugió en su restaurante, lo cual la llena de orgullo y responsabilidad como propietaria.

Si llegara a pasar algo, me contesta, llamaría a la patrulla porque le dijeron que “según llega rápido.”

Su éxito consiste en que la clientela no es de la zona, va de paso y se le antoja el concepto.

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El lugar es cálido, tranquilo y ambientado. Elizabeth me dice que todo es cuestión de innovar, de plantearse nuevas ideas y llevarlas a cabo. Es una mujer creativa, fuerte de carácter. Se acomoda los lentes, me sonríe y revisa que sus hijos continúen sus tareas.

–¿Y cómo escogieron el nombre?

–Pues mira, queríamos algo italiano, mas no común. Entre los primos de mi  marido y nosotros, decidimos Cozzaglia. Es algo así como echar relajo, desmadre.

Y así es como se construyó Cozzaglia, desde dejar un país que no era suyo, pero no se sentía ajeno, hasta arriesgarlo todo por cumplir el sueño. Es además que en lo que a comida respecta, la realidad supera la expectativa y que “gracias a dios”, vuelve a decir Elizabeth, cada vez tienen más clientes.

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