Por Raul Anthony Olmedo Neri
En el Monumento a la Revolución puedes encontrar de todo un poco; desde niños mojándose en la fuente, pasando por los muchachos que practican su rap en grupo, hasta los jóvenes que no tienen un hogar y que viven entre el monumento y las drogas…
Enfrente de este emblema histórico, sin embargo, se encuentra un elemento poco inusual: es una persona que está parada sin moverse. Su vestimenta verde oscura y el casco negro que la protege hacen voltear a cualquier transeúnte que pasa por el sitio característico de la Ciudad de México.
No es un militar, pero se mantiene erguida como uno. Muchos buscan que otras autoridades se encuentren en el monumento, pero sólo hay un policía que habla en su radio, utilizando esas palabras clave que sólo sus homónimos entienden.
Cuando te acercas a aquel militar, se puede notar que sujeta algo entre sus manos. Los que pasan se detienen a leer, no obstante, se movilizan cuando el militar habla o se intenta acercar a ellos. No quieren que los asocien con este retractor del ejército mexicano.
Pero conforme pasa el tiempo y uno se acerca más y más, se va dando cuenta de la realidad: no es un militar, es una de nosotras. Es una mujer de piel blanca que está pintada de la cara, cual militar con camuflaje que está en la guerra.
Es Julia Mercedes Klug, mujer que desde hace años denuncia en la capital del país las diferentes injusticias que se realizan a lo largo y ancho de México, desde el encubrimiento que se hace de los padres pederastas, hasta las reformas estructurales del “copetón”.
“Fui violada por el padre de mi pueblo…”, así inicia su relato cuando se le pregunta su historia, cómo llegó a México y por qué sigue aquí…
“Cuando llegué a México, me di cuenta que eso [la violación de niños por padres y curas] era el pan de cada día”. Ella deja en claro que no está en contra de la fe, sino de la gente que se aprovecha de ella para cometer sus crímenes.
Y no es de en balde que sea conocida por sus protestas fuera de la catedral capitalina, vestida como cura y mostrando un cartel con el número de niños violados en México por clérigos mexicanos.
Su historia, aunque trágica, no es nueva para esta sociedad. Las familias marcadas por este tipo de eventos se están volviendo cada vez más, pero sigue habiendo una complicidad entre el crimen organizado y el gobierno.
“A mí me mataron a mi hijo de 24 años”, mientras lo dice, un escalofrío recorre la piel de los tres o cuatro individuos que se han acercado para escuchar lo que Julia tiene que decirnos:
“Antes era [luchaba] por el pueblo, ahora lucho por la sangre de mi hijo”, palabras que dejan entrever que muchos de los que protestan tienen suficientes argumentos para salir a la calle y gritar la injusticia de la que fueron, son y siguen siendo en este país.
En su cartel menciona el repudio que se debe tener ante la Ley de Seguridad, pero el problema, afirma Julia, es que aquí en México nadie se queja. ¿Será necesario pasar por el asesinato de un familiar para poder asumir la responsabilidad que como ciudadanos nos corresponde en el ámbito político?
Ella menciona que esta Ley de Seguridad es una violación a los derechos humanos y aunque ha estado en las instancias correspondientes para denunciarlo, la respuesta ha sido la misma, desafortunadamente para nosotros y afortunadamente para ellos.
Cuando ella marcha y la gente le grita frases como lárgate a protestar a tu país; tú ni eres mexicana, ella responde con un orgullo lastimoso: “Debería darte vergüenza de humillar a alguien que, sin ser mexicana, está luchando por ti y tus hijos…”, sentencia plagada de verdad y tristeza.
En este país no se ‘escarmienta en cabeza ajena’ aunque con esta Ley, esperamos no contar historias como las que cuenta Julia. Terminando la entrevista, se acerca un sujeto que le cuchichea en el oído. Ella afirma “sí iré a la marcha”.
El hombre replica la respuesta por su radio… “Desde que mataron a mi hijo, el Gobierno de la Ciudad de México me da seguridad. Una patrulla visita mi casa dos veces al día y firman si mi hija y yo estamos vivas o muertas…”
Así es como se vive después de querer ser feliz en un mundo plagado por ‘pequeños detalles’ y uno que otro ‘daño colateral’.