Unos ojos color miel en la oscuridad de la mina

Por Mariana Cerda Madrid

 

Foto: Eréndira Negrete

 

Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Difiero de eso. Todas las vidas son diferentes. Cada persona vive su día a día desde perspectivas diferentes y, al final, el diablo sabe las cosas por lo que ha vivido, no por el tiempo que ha vivido.

 

A uno no lo enseñan a vivir. El nacimiento no viene incluido con instrucciones. La vida no es “peladita y a la boca”. Sólo nos toca nacer y encarar lo que viene. La ventaja de la vida es que no viene sola, siempre se encuentran personas en el camino, te aligeran la carga, te cambian la vida. Muchas personas los llaman ángeles, pero en mi caso no es un sentido metafórico, pues la persona que me cambio la vida se llama así, se llama Ángel.

 

Las primeras veces jamás se olvidan. Era día de examen, de una materia que me costaba trabajo. Había estudiado poco. Sentía nervios. Todos acomodados en el salón listos para examen, pero él irrumpió.

 

Alto, de cabello castaño claro y esos ojos tan llamativos. En el examen me fue bien, aunque aún no logro entender cómo, pues me la pase viéndolo. No podía dejar de hacerlo.

 

Después del examen alcancé a escuchar que era estudiante de la tarde, y pese a que no supe más de él, no pude sacarlo de mi día a día.

 

Sin embargo, el tiempo es buen amigo muchas veces, y lo pude conocer. En la estación de mi casa, a las once y media, fue la cita. Pantalón de mezclilla, suéter azul rey y tenis. No bastó más para captar la atención y quedarme ahí.

 

En la religión budista existe la creencia de que la persona correcta no es la que te pone nervioso y agita los latidos, sino la que te da paz y serenidad. Hasta ese momento me parecía algo absurdo, pero todo cambia. En cuanto toqué su mano y su mejilla para saludarlo, algo cambió, la sensación de nervios en el estómago se esfumó y de su mano todo me supo mejor. Aún hay veces en que me pongo nerviosa cuando lo voy a ver, pero cuando lo veo aparecer, con esa sonrisa, todo se esfuma, todo es paz.

Las primeras veces jamás se olvidan. Las experiencias físicas pueden ser vacías, pero el roce de sus labios trasciende las mejores adrenalinas. Besos tiernos, besos ardientes, besos coquetos, muchas clases de besos, pero éste fue diferente.

 

Sentados en una banca de la Alameda. Abrazados. Platicando de la vida. Y en un segundo todo se detiene. Su mirada fija en mí, sin mencionar palabra. Mis manos sudando. Mis ojos puestos en sus ojos. Mis brazos alrededor de su cuello. Los centímetros cada vez son menos entre ambos. Y el momento mágico llega.

 

Pocos han tenido la fortuna de experimentar algo así. Las primeras veces jamás se olvidan. Pantalón de mezclilla, playera y tenis blancos, y sus ojos, esos que siempre me cautivan. Fue el atuendo que bastó para que con una simple pregunta y un sí sin dudarlo, me cambiara el ánimo.

 

¿Cómo preguntarle a alguien si quiere estar contigo? ¿Cómo estar seguro de arriesgarlo todo? La vida es un riesgo. El amor oscila entre la aventura y el riesgo. Se tiene que vivir para saber qué es. Es inevitable. Es necesario.

 

Los días pasan y lo mejor de todo es encontrar a alguien que no te juzga y pese a todo está contigo. Problemas siempre hay, es normal, es rutinario, encontrarles siempre solución y seguir adelante es lo que sale del esquema.

 

Dificultades siempre hay, pero encontrar con quién superarlas de la mano, aligera la carga. Días buenos y días malos, es parte de la experiencia. Aprender a convivir con la complejidad de otra persona es un reto. Su compañía la recompensa.

 

Y dentro de todas las cosas que se pueden destacar hay algo que sobresale. Los ojos, y un poco más allá, la mirada. Mi abuela dice que los ojos son las ventanas del alma, pero yo nunca encontraba nada cautivante, pero esos ojos lo cambian todo.

 

Un poco de miel en el centro y verde cada vez más claro hacia las orillas. Claro que es un color llamativo. Raro y poco común, pero puede ser más que eso. La mirada dice más. Puede decir el estado de ánimo o si algo molesta. En este caso, esa mirada siempre me dice que todo estará bien. Cuando me abraza, dice que no prefiere estar en otro lugar. Cuando me besa, dice que puede vivir de eso. Cuando llora, dice que sólo quiere mi apoyo. La mirada cautiva y enamora.

 

Las primeras veces jamás se olvidan. Viaje escolar, pero al final de cuentas, primer viaje. Destino: Real del Monte. Salir con alguien puede dar una perspectiva diferente de la persona. Se conocen los más arraigados e incómodos hábitos.

 

Primera parada, el desayuno. Segundo destino, la mina. Túneles oscuros, frío el ambiente y todo el grupo por delante, detrás del guía, pero nosotros con calma, de la mano, abrazados, porque la vida corre muy rápido y hay que saber disfrutar los pequeños momentos que le dan significado a todo.

 

Las primeras veces jamás se olvidan. Y las mejores personas jamás se dejan. Y aunque el diablo sabe más por viejo, que por diablo, estoy segura que no importa cuánto tiempo se haya vivido. Las personas así, los sentimientos así, llegan a cualquier hora, en cualquier momento.

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