La cocina también habla

Por Teófilo Emilio Zonana Garavito

Foto: Eréndira Negrete

Un pequeño rayo de luz entra por la rendija que deja la cortina al borde de cerrarse por completo. La licuadora resuena en las paredes con un sonido parecido a un toque de queda, que representa esa guerra por el último pedazo de salmón con salsa de mostaza y miel de la abuela. Es tan suculento que ni el mejor restaurante del mundo podría competirle.

Hay olores tan particulares que hasta los sartenes lo perciben. Algunos son parecidos a la madera recién cortada del bosque y otros te remontan a una tarde de verano en alguna de las fantásticas playas mexicanas.

Los cuchillos salen para afilarse. Centímetro a centímetro se escucha el parecido a una espada saliendo del atuendo de un samurái. La gente entra y sale a lo largo del día, intercambian un saludo o preguntan si todavía hay cualquier cosa que haya causado antojo en ese preciso momento.

El agua cae desde el dispensador hacia una jarra, como las cataratas del Iguazú, después empieza a caer el jarabe que pinta el agua de un color rojizo. Hay tantos misterios detrás del cochambre que queda en alguna olla, tras una larga caminata para la preparación del menú que eligió mamá.

Las cuatro estaciones de Vivaldi se escuchan con el sonido del microondas que anuncia que en un minuto saldrá una pizza recalentada, uno de mis sabores favoritos.

Los kilómetros de nostalgia transforman en metros la puerta de entrada a la cocina. Está la alacena que guarda las reservas para la batalla. Hay un mueble en el que resalta el frutero, tan colorido como un clásico español entre el Barcelona y el Real Madrid.

En la estufa se cocina lentamente el previo de una gran cena familiar, es tan pausado que lo disfrutas como una obra de Gabriel García Márquez. Siempre el agua y el jabón son parte del desenlace, se resbalan por los platos como reclamando un instante en un parque de diversiones.

El viejo llega a la casa. Abre las puertas algo desesperado por un día de tráfico y saca un plato, después busca algo y se encuentra con algo de lo que quedó en la tarde. Lo disfruta tanto como si fuera el último que comería en su vida.

Los chicos entran más en busca de algo pasajero que complemente ese momento de gula que alguien reprochará más tarde. Quizá el más importante en ese recinto sea el perro, que va en la expedición de encontrar agua o escucha el original silbido de mi madre que lo llama a comer.

Ahí estoy yo, sentado en la mesa, con la computadora al lado, acompañado de música esperando… una historia más de la cocina.

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