Por Mariana Cerda Madrid
Foto: Eréndira Negrete
Unos cuantos kilómetros de distancia pueden hacer la diferencia. En cultura, idioma, costumbres, leyes y educación. Aunque en este caso, esos kilómetros de diferencia, esas costumbres diferentes, y la educación, fueron más significativos que cualquier otra cosa.
Fin de semana. Los días ideales para descansar del trabajo pesado de la semana. Relajarse en casa y olvidarse de todo, o al menos eso fue lo que pensó Antonio Saldate, quien jamás imaginó lo que podría ocurrir.
En México el “sueño americano” tiene varias interpretaciones. Hay quienes piensan que pasando a Estados Unidos tendrán una vida más digna y llena de oportunidades. Otros piensan que pueden llegar de ilegales y en unos años gozar de la ciudadanía americana. Los más pobres y sinceros, saben que a Estados Unidos se va a hacer el trabajo sucio, el que los estadounidenses no quieren hacer, pero que les garantiza un sueldo más justo que si se quedan y lo hacen en México.
Para el 2016, la cifra de inmigrantes mexicanos que pasan a Estados Unidos, ya sea legalmente o de “mojados” era de 12 millones 50 mil. Antonio Saldate, Toñito, como lo conocen sus amigos y familiares, cayó en la trampa del “sueño americano”.
Uno de los mayores retos que Toño tuvo fue el idioma. “Uno se va pensando que será fácil, que el idioma se aprende en un par de meses, y que al cabo de un año ya se tendrá un hogar digno para vivir”, pero la vida te enseña que el camino no es tan fácil para cumplir esos sueños.
Después de seis años viviendo “del otro lado”, Antonio ya tenía un casa digna. Más que una casa, tenía un hogar. El idioma ya era su otra lengua materna. Además, tenía una novia con quien vivía, planes de casarse también. La nacionalidad ya estaba en proceso, aunque siempre lo detenían por algún papel. Era un estadounidense con sangre mexicana.
“Nunca lo imaginé, pero allá hay más seguridad y mi barrio era muy tranquilo. Todos los vecinos dejaban la puerta sin seguro y nada pasaba. Ningún robo, asalto, nada pasaba. Todos nos conocíamos y nos llevabámos bien.”, explica Toño después de dar profundo suspiro.
Sábado a mediodía, aproximadamente. Toño se encontraba arreglando cosas en su garage. Su novia no estaba. La puerta abierta. El ambiente tranquilo, con música de fondo y un clima agradable. De esos días en que no hace frío, pero el calor no es abrasador. Algo templado para comenzar el fin de semana.
Ruidos en la casa, se caen cosas. Sube y todo desacomodado, voltea y un extraño en su hogar.
Un hombre alto, de tez blanca y rubio, el estereotipo clásico de estadounidense. Lo ataca y Toño se defiende. La tensión aumenta, la pelea se alarga. Los golpes cada vez más profundos. Después de unos minutos, el ruido de sirenas de patrullas se escuchan en el fondo.
Sábado por la noche. Toño detenido por agresión física y lesiones de hasta tercer grado en contra de un joven. Al cabo de un mes, se encuentra en una prisión. Lo mandan a la zona de alta seguridad, por considerarlo un reo de alto riesgo. Moretones aún visibles, piel quebrada y el alma rota. Es todo lo que Toño refelajaba en ese momento.
Juicios, declaraciones, demandas, todos los días era lo mismo. Pruebas y pruebas, pero el culpable siempre era él. Después de unos meses, su abogado le informa que ya no se puede hacer nada. Agresión física y aunado a esto, la falta de nacionalidad americana. El veredicto eran más de diez años de cárcel.
La vida se define por esos momentos en que uno decide seguir luchando, y Toño no perdió la esperanza. Uno tras otro, y por fin, encontró un abogado que quiso tomar su caso y le juró jugarse el todo por el todo, con tal de esclarecer el caso.
Después del análisis de la situación, de presentar más pruebas y de entrevistarse con varias personas involucradas en la demanda contra Toño, el abogado le tenía un veredicto más claro.
El joven que lo atacó en su casa ya era mayor de edad y, en ese momento, estaba bajo el influjo de alcohol y drogas, sin embargo, era hijo de personas con la capacidad económica para comprar a quien fuera. Ni consumo de sustancias ilegales, ni allanamiento de morada, ninguna demanda procedía contra ese joven. Pero el abogado seguía en pie.
La corte se iba haciendo un lugar cada vez más conocido para Toño, pero cada vez salía con la mirada menos esperanzada.
Otro factor que jugó en contra: fue el racismo. Antonio mexicano, sin papales, y su abogado, un integrante de la comunidad negra que se dedicaba a resolver casos de injusticia en contra de los grupos más vulnerables. Ya era muy conocido en los juzgados y también ya era muy despreciado por los jueces. Pese a eso y pese a todo buen pronóstico, se continuó.
Aislado, con poca comida y malos tratos, era el pan de cada día de Toño. “Cada vez podía recordar menos la sensación de llegar a casa y verla, o de llegar y percibir el aroma a hogar.”
Meses difíciles y pruebas interminables, hasta que un día se dio la orden de aquello que lo sacaría de aquel infierno terrenal, la extradición.
De madrugada, con traje de reo y esposas, fue trasladado al aeropuerto para poder llegar a México. Junto con él, iban otros reos, con destinos diversos de América Latina, únicamente dos llegarían a tierra azteca. “Nunca lo pensé, pero la extradición fue lo mejor que me pudo pasar, fue la salida más rápida, después de casi un año encerrado.”
Antes de subir al avión, la despedida con su abogado. Después de trabajar más de seis meses juntos, y compartiendo las mismas injusticas y discriminaciones públicas, se había formado un pequeño lazo de amistad. La extradición fue lo mejor que el abogado pudo lograr por Toño, sabía que al llegar a México, alguien más tomaría su caso, pero tampoco podía continuar. Había recibido un par de amenazas por llevar este caso y lo mejor para él y su familia, era guardar silencio unos meses.
Llegando a casa, después de casi ocho años, sintiendo su tierra natal. Inmediatamente fue trasladado a un penal de máxima seguridad, pero acá hubo suerte. En un par de meses ya estaba libre. Al parecer, cuando el joven que atacó a Toño ese día en su casa se enteró que había sido extraditado, se dio por bien servido y retiró algunos cargos y pruebas, por lo que la libertad se dio sin mayor problema.
Hoy llega con un saludo sonriente. “Buenos días señora, perdone la tardanza, ¿por dónde empezamos?”, siempre es el saludo característico en él, siempre llegando media hora tarde. Y no importa de qué se trate: una fuga de gas o un lavabo roto, a todo le encuentra solución, siempre con una plática amena y opinando sobre cualquier tema, en especial su famila. Casado y con un hijo.
“Al llegar a México, pensaba mucho en mi novia, estuvo todo el proceso conmigo. Todos los abogados y trámites salieron de los ahorros de ambos. Poco más de cien mil dólares, y al final, regresé a mi tierra, sin ganas de volver allá. Sé que ya se casó también, me alegra, es una buena mujer”.
Al verlo trabajar, contar chistes y reír, uno jamás se imaginaría todo el dolor que puede haber detrás. Cuantas historias, cuantas injusticias, ocurren en el día a día, y la gente no se entera, no le importa.
Toño es uno, pero realmente no sabemos de cuántos inocentes en cárceles extranjeras estarán en la misma situación. Toño es uno, que logró salir, pero todos los recuerdos siempre quedarán.