El Sueño de Valentín, una promesa de afecto

Por Begoña García Iturribarría

 

En El Sueño de Valentín, el duodécimo filme del director argentino, Alejandro Agresti (La Casa del Lado) y con guión del mismo, se narra la historia de Valentín (Rodrigo Noya), un niño de ocho años que vive con su abuela (Carmen Maura —Chica Almodóvar–), desde el divorcio de sus padres. El pequeño, con aspiraciones de convertirse en astronauta y llegar a la luna, sotiene una personalidad perspicaz y curiosa, y que bajo sus circunstancias, el pequeño actúa como un adulto –lo que podría ser el efecto del padre ausente o en este caso, madre ausente.

La incomprensión del abandono, una espera que figura en contar los azulejos del piso en casa de su abuela, con la ilusión de que el timbre anuncie la llegada de su madre, es parte de su rutina incesante. Mientras que su padre (Alejandro Agresti) atraviesa por esa puerta ocasionalmente para ver a su hijo quien, famélico por cariño, corre a sus brazos para recibir migas de afecto.

Bajo los constantes regaños de su abuela y un padre que se interesa más en salir con mujeres, el niño se desenvuelve en un entorno de adultos, inexorablemente de su condición. Lleno de ímpetu, encuentra un escape en la creatividad y los cohetes espaciales. En uno de sus viajes espaciales en el patio conoce a su vecino Rufo (Mex Urtizberea),  joven maestro de piano que se convierte en un amigo y su antítesis: un hombre con alma de niño (el síndrome de Peter Pan).

Por otro lado el cariño de su tío Chiche (Jean Pierre Noher) y sobre todo la comunicación enmohecida –dada la ausencia de la figura paterna– logran el equilibrio en la historia para esquivar el retrato del desamparo.

En uno de los paseos y acompañado de su tío, el chico va a la iglesia, donde por primera vez durante la narración nos sitúa en la Argentina de 1960. La muerte del Che Guevara y un país carente de valores claros, sin rumbo y frenecida durante la dictadura de Onganía, una República Argentina. Atmósfera con todas las características de la década, que no son acentuadas en la historia debido a la óptica infantil.

El incidente principal ocurre cuando el papá del muchacho quiere que conozca a su novia,  Leticia (Julieta Cardinali), una mujer joven y trabajadora, con la promesa de que podría ser su “nueva madre”. Inquieto y con muchas expectativas queda de verse con la mujer para salir a pasar el día juntos. Al conocerla queda atónito y de inmediato empieza a imaginar su vida de nuevo en familia. Sin embargo, la valoración infundada, prejucios como única herencia de su padre, y la ingenuidad del protagonista, lo ponen entre la espada y la pared.

La furia y el maltrato de su padre hacia con él, junto con los problemas de salud de su abuela, quien se vuelve más vulnerable, Valentín se ve sumergido en la angustia que comenzó como una ilusión. Una vez, el pequeño debe enfrentar los problemas en el mundo de los adultos y pelear contra su antagonista: la soledad.

El recurso del niño que madura a corta edad debido a la ausencia de la figura paterna o materna da un paralelismo que es fácil de empalmar con el público. Además, la participación de Rodrigo Noya es primordial dada su simpatía y peculiares lentes clásicos de la época.

Dentro de la fórmula del niño narrador, el humor es un elemento que se puede explotar desde la inocencia. Esto logrado en las peripecias del protagonista al tratar de inferir entre los adultos. No se puede esperar que un niño comprenda las decisiones de un mayor que no concibe lúcidamente, es por ello que durante la cinta se logra un equilibrio entre lo carismático, insólito y por momentos funesto –sin caer en lo sensiblero o en imortalizar al joven como un mártir.

El papel del padre es también uno de los personajes polémicos en el desarrollo del filme. A pesar de ser un hombre irascible y violento, indudablemente Valentín lo ve con admiración, al grado de que sus asperezas y prejuicios los hace suyos también, porque en ese amor también existe una admiración que impide cuestionar; la de los hijos hacia con los padres.

Sin movimientos de cámara presuntuosos y con música (Luis Salinas) sobria –piano, canciones del la época y de moda en aquella región (La Joven Vanguardia)–, son parte de la composición que recrea a contrapelo una década en el Buenos Aires de los 60.

Un guión de estructura elíptica, que si bien deja cabos sueltos y presenta inconsistencias poco sustanciales, propone una moraleja tácita: el vacío en la puericia. Una narración nostálgica y con un ápice de surrealismo, en el que convergen el entretenimiento y la reflexión de la condición humana. Una promesa de afecto.

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