“Somos seis, ayúdanos…”

Por Denisse Torres/Amira Ortiz Azuara

Una mañana nublada. Típico escenario en el mes de lluvias. Un ambiente tranquilo, distinto del caótico lunes a viernes. Conversaciones cualquieras. Algunas risas. Largas filas de personas encabezadas por un letrero con el número de un piso. La gente habla y habla: una armonía de voces y cuchicheos.

Otros prefieren guardar silencio, como él. Él, que es una parte más de una imagen cualquiera. Uno más entre la multitud. Un hombre de 48 años. Piel blanca y de estatura promedio. Una barriga cubierta por una playera con una ilustración de Don Quijote y Sancho Panza. Pantalones de mezclilla y lentes de sol negros. ¿Por qué resalta entre los demás?

Su nombre es Germán Villarreal. Es uno de los sobrevivientes del sismo que azotó a la Ciudad de México la mañana del 19 de septiembre de 1985. Por esos días, él era un joven estudiante de reciente mayoría de edad, que vivía a unas cuantas cuadras del famoso Hotel Regis.

Eran las 7:19 hrs cuando el movimiento de la tierra se sintió. Los registros señalaron una magnitud de 8.1 grados en la escala de Richter. Pero en aquel momento los números no importaban. La gente salía a toda velocidad de los lugares en los que se encontraban: algunos ya activos y otros recién despiertos. Germán se preparaba para el día cuando todo comenzó.

No puede explicar qué hizo o cómo se movió. Él y su familia salieron ilesos. “Todo un milagro”, dice. Y no exagera, ya que la zona centro de la Ciudad fue la más lacerada por el terremoto. Fueron poco más de dos minutos los que bastaron para que todo se redujera a ruinas.

– ¿Cómo inició la movilización para rescatar personas?

– Fue algo inmediato. Había gente que sin recibir instrucciones o solicitarle ayuda, se puso a trabajar. Al poco rato ya había policías y bomberos moviéndose para organizar. Yo fui uno de esos voluntarios. Aquí me tocó servir.”

Hoy, en la Plaza de la Solidaridad, construida sobre el espacio donde estaba aquel hotel de gran atractivo, en memoria de los fallecidos de esa catástrofe natural, Germán llora. Se lleva ambas manos a cara. Se quita los lentes y se limpia las lágrimas con la mano. Se trata de controlar.

“Es una mezcla de sentimientos y de recuerdos que están escondidos, que viven conmigo. Cuando llega la fecha… Se siente más real, es revivir todo, volver a sentir”. A 30 años de lo sucedido, la tragedia sigue doliendo.

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Aquel día de septiembre, la atención de Villarreal se puso en el Regis, antes de que comenzara el incendio que terminó por destruirlo. Él estaba en la parte superior del lugar, cerca del anuncio de las letras doradas. Parado sobre una pequeña parte de losa, dio un salto de sorpresa. “Sentí unos dedos que tomaban mi pantalón. Ella me dijo: ‘Somos seis, ayúdanos’…”

Un sollozo. Saca aquello que ha estado guardando desde hace mucho. Alrededor las personas conversan, ajenos al sentir de este hombre. Ellos comienzan a romper las filas que formaron cuando las alarmas sísmicas sonaron a las 11:30 de la mañana, este sábado 19 de septiembre de 2015. Todo como parte del megasimulacro organizado por el gobierno capitalino, para concientizar e informar a la población sobre la cultura de la prevención. Un policía con un megáfono dice que “cuando llegue un momento así no vamos a estar tan tranquilos”.

Germán, lo escucha y asiente. Se pasa ambas manos por la cara y ofrece una mueca torcida. Vuelve a su historia: “Yo le dije ‘¡voy por ayuda!’. Baje lo más rápido que pude y fui por más hombres. Podía haber gritado, o moverme yo solo, pero no lo hice. Me fui a buscar a más gente”. Y así, mientras buscaba refuerzos, llegó la segunda réplica.

“Comenzó la segunda réplica, hubo un desplazamiento del concreto”. Con la mirada gacha y la respiración entrecortada, cuenta el desenlace: “Ya nunca vimos a los seis. No los encontramos… porque yo me fui”.

Él habla de aprender a vivir con la culpa, de cosas que no se pueden superar. De situaciones con las que se aprende a vivir. Cuenta su historia en el mismo lugar donde sucedió. El lugar donde unas horas antes el jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera, encabezó una ceremonia en memoria de los de que murieron y reconociendo el valor y la solidaridad de los capitalinos, hombres y mujeres como Germán.

Él dice que viene a “honrar y rezar por la memoria de aquellos que ya no están”. Sus ojos se vuelven a llenar de lágrimas. Se le corta la voz y respira profundo antes de producir cada palabra. Viene a recordar a aquellos que perdieron la vida en una mañana soleada de septiembre. Aquel jueves 19 de septiembre de 1985 en el que, a diferencia de hoy, el sol brillaba resplandeciente.

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